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Hombres de buena voluntad de todas las épocas dedicaron parte de su pensamiento a soñar con el perfeccionamiento de su sociedad. Todos dedicaron su vida a ello: inmolándose como santos, escudriñando los registros de la historia en las bibliotecas o ensimismándose en su faena diaria… pero todos soñaban.

Los soñadores en su angustia, buscaban la pieza que lograra completar el rompecabezas al que nombraron Socialismo. No era una figura fija, pero su rasgo principal era el mismo: liberar a los desposeídos de su destino de miseria.

Cada soñador dejaba sobre la mesa de la historia el enigma a medio resolver, hasta donde sus fuerzas, sus capacidades o circunstancias le permitían avanzar en su búsqueda.

El primero que descubrió que no hacía falta comenzar de nuevo por ensayo y error, fue Hegel, y a este proseguir sobre lo encontrado le llamó pensamiento dialéctico. Su aporte para los revolucionarios del mundo fue, contemplar la historia de la humanidad no como un caos lleno de guerras absurdas y repentinas, sino como un proceso gradual (que incluye también extravíos) con leyes sociales que guían todo aquello que a primera vista parece azaroso. Hegel nos reveló la historia como una búsqueda constante de soluciones a las contradicciones existentes, a partir del aprendizaje que dejan los errores.

Dentro de esta visión, Engels, en su libro “Del socialismo utópico al socialismo científico”, publicado en 1880, mostró la evolución del pensamiento socialista. Para ello analizó las propuestas de los llamados socialistas utópicos. Con este término, Engels definió aquellas propuestas de transformación social a través de la concepción y puesta en práctica de comunidades ideales desde el punto de vista económico industrial. Engels demostró que estas comunidades rentables y con condiciones de vida superiores para los obreros, pero desconectadas del resto de la sociedad y que no atacaban la propiedad privada, estaban destinadas a ser arrasadas por el capitalismo, y por lo tanto, no representaban el rumbo al Socialismo.

Engels denominó a estos ensayos como socialismo utópico, y trató en primer término de revindicar estos esfuerzos aislados, por ser prefiguraciones de un estadio superior de sociedad, pero al mismo tiempo los colocó en su justa dimensión: en ese momento histórico eran insuficientes para derrotar el sistema capitalista.

Trataremos de correlacionar esos ensayos de los socialistas utópicos con algunas tendencias dentro de la Revolución Bolivariana para demostrar que todos los recursos que se inviertan en formas económicas aisladas y de pequeña magnitud, estarán destinadas al fracaso y extraviarán la posibilidad de consolidación del Socialismo.

Finalmente llegaremos a las mismas conclusiones a las que llegó Engels, las adaptaremos a nuestras condiciones, a nuestro tiempo y las usaremos como argumento de por qué el rumbo al Socialismo tiene una sola vía, y lo demás son meras distracciones.

LOS UTÓPICOS: Un equivalente a las buenas intenciones de construir unidades de producción y de organización social aisladas

La producción es el socialismo: Saint Simon

En 1816, Saint-Simon afirmaba que la política es la ciencia de la producción, y que por ello, la política debía ser absorbida completamente por la economía. Con esta máxima proponía que la situación económica es la base de las instituciones políticas, y que el gobierno político debía estar en manos de hombres que administraran los procesos de la producción, garantizando así la prosperidad de la agriculturacomercio y la industria. Introducía sutilmente la idea de la «abolición del Estado» por ser innecesario.

Para Saint-Simon existían dos clases sociales «obreros» y «ociosos». Los «ociosos» eran no sólo los antiguos privilegiados, sino todos aquellos que vivían de sus rentas, sin intervenir en la producción ni en el comercio. En el concepto de «no ociosos» estaban los obreros asalariados, los fabricantes, los comerciantes y los banqueros.

El salario de los trabajadores debía ser una medida de su productividad. Su propuesta fue reorganizar la sociedad sobre las bases de la ciencia y la industria, para alcanzar una sociedad sin clases por el camino de una renovación ético-religiosa. No tocaba la propiedad privada de los medios de producción social.
           
Una buena gestión y buen trato al obrero hace el socialismo: Robert Owen

Dirigió una fábrica de de hilados de algodón de más de quinientos obreros, desde 1800 a 1829, la gran fábrica de New Lanark, en Escocia, de la que era socio y gerente. La población de esta colonia creció hasta 2.500 personas, y en ella no se conocía la embriaguez, la policía, los asilos para pobres, ni la beneficencia pública. Entre sus ideas principales estaban que sólo bastaba colocar a los obreros en condiciones más humanas de vida, que una comunidad ejemplar puede servir de sustento de un cambio social profundo y que las reformas sociales eran independientes de las acciones políticas y de la toma del poder.

Con el tiempo Owen entendió que a pesar de todas las reformas sociales, aquellos hombres seguían siendo sus esclavos. Estaban todavía muy lejos de desarrollarse, racionalmente, en todos los aspectos del carácter y la inteligencia, y lejos de desenvolver libremente sus energías. Es así como llega a la conclusión de que la propiedad privada, la religión y la forma vigente del matrimonio eran los tres principales obstáculos sociales para la liberación de los obreros. Al llegar a esta conclusión fue desterrado de la sociedad oficial, ignorado completamente por la prensa que hasta entonces lo había alabado y finalmente cayó en la ruina. Su experimento social aclaró que aunque el capitalista compre la fuerza de trabajo de su obrero por todo su valor que representa como mercancía en el mercado, saca siempre de ella más dinero y que de esa diferencia proviene la masa cada vez mayor del capital acumulada en manos de las clases poseedoras. También expuso, que aunque el obrero esté en mejores condiciones de vida, mientras los medios de producción pertenezcan al “patrón” y no a la sociedad, su espíritu y su intelecto continuarán desequilibrados, presos del egoísmo del sistema.

LA UNICA VÍA AL SOCIALISMO

El socialismo planteado por los utópicos criticaba el capitalismo pero no había logrado destruirlo ideológicamente, lo único que podía lograr era repudiarlo como malo. Siguiendo las enseñanzas de Hegel, Carlos Marx, comprendió que el Socialismo no era el descubrimiento de unos cuantos buenos hombres, ni surgiría de las buenas intenciones industriales locales, sino que era el producto inevitable de la lucha entre dos clases formadas históricamente: el proletariado y la burguesía, cuya relación principal es la apropiación del  trabajo obrero. Tomó las enseñanzas de Saint-Simón, Owen y otros utopistas, para plantear soluciones de mayor envergadura, puso las piezas finales al rompecabezas.

La gran industria y la implantación del mercado mundial capitalista dan carácter universal a la lucha, a la par que le imprimen una inaudita violencia a la que las soluciones aisladas y locales no podrán hacer frente, estas serán arrolladas por la competencia del mercado, sin piedad. Es la lucha darwinista del mas fuerte pero multiplicada a la n potencia por la furia del egoísmo social.

Los socialistas han dejado un legado histórico de lo mejor del hombre a la Revolución Bolivariana, y plantean a la Clase Obrera y a los desposeídos del mundo, el siguiente reto:

Reconocer que las fuerzas productivas tienen magnitudes sociales y deben ser arrancadas a los capitalistas y ser puestas en manos del Estado Revolucionario para conformar las Zonas Socialistas. Una vez dado este paso, la producción social seguirá a un plan que buscará la satisfacción de necesidades y no la superproducción creadora de crisis y competencia de precios o el desabastecimiento intencional. La sociedad, dueña por fin de su propia existencia social, se convertirá en dueña de la naturaleza, de sí mismos, en hombres libres.

«… a la acumulación del capital corresponde una acumulación igual de miseria. La acumulación de la riqueza en uno de los polos, determina en el polo contrario, en el polo de la clase que produce su propio producto como capital, una acumulación igual de miseria, de tormentos de trabajo, de esclavitud, de ignorancia, de embrutecimiento y de degradación moral». (Marx, "El Capital", t. I, cap. XXIII.)