
¿Cuántas veces hemos sentido que el trabajo es un suplicio?
A cuántos hemos escuchado decir que: ... “ojala y me saque la lotería para no tener que ir mas a ese nido de serpientes de la oficina”. “Que ojala se vaya el caporal temprano hoy para irme también” “que ¿qué se creerá fulano que yo soy su esclavo?...y montones de quejas con el mismo sentido..
Algunos creerán que es una actitud exclusiva de los venezolanos, pero lo cierto es que millones en el mundo piensan igual. Millones esperan ansiosamente que llegue la hora de salida para vivir solo un poco en el día, como una especie de fianza temporal, a la condena perpetua que es la vida en el capitalismo.
El problema que a simple vista pareciera un problema de conducta de unos cuantos pillos, es mucho más profundo y para nosotros los revolucionarios debe ser un tema de estudio, de política, un asunto social. Al analizarlo bajo estas magnitudes nos preguntamos a nosotros mismos, ¿cómo es mi relación con mi trabajo? ¿es una actividad que no tiene nada que ver conmigo, que me hace sentir impotente, castrado, o es una actividad intrínseca a mí, que me apasiona desde el punto de vista físico y espiritual? ¿Siento que mi trabajo me pertenece o es independiente de mí, es mi enemigo?
Seguramente en la mayoría de los casos de los que leen este artículo las respuestas nos conducirán a ubicarnos dentro de un trabajo enajenado.
Esta ubicación nos colocaría en un mundo capitalista, donde el trabajo enajenado es la principal perversidad, de ella se originan la gran mayoría de la sociedad, y es la lucha por rescatar un trabajo sano la razón principal de la revolución.
Marx, fue el primero en describir ampliamente el trabajo enajenado, es decir, el proceso mediante el cual la sociedad, entrega el beneficio de su trabajo a unas pocas personas, mientras la vida de las mayorías transcurre en medio de la miseria material y espiritual. Tomaremos de su libro Manuscritos de economía y filosofía, escrito en 1844, la descripción de la enajenación del trabajo y del hombre trastornado del capitalismo, como un primer paso para retratarnos, identificarnos, para tocar suelo con nuestra realidad histórica.
De lograr esta conexión con nuestra verdadera situación personal y social lograremos desmontar parte de las ideas que permiten que la apropiación de nuestro trabajo, del trabajo social se haga posible.
La falsa creencia que “solo con nuestro esfuerzo personal podremos salir de abajo” fundamenta ideológicamente esta renuncia diaria de grandes masas humanas a su energía de vida, incluso la entrega de su vida sexual y familiar. El “Marx joven” intuyó a sus 26 años, que el centro de sus investigaciones y de su lucha política debía tener como fin último el reencuentro del ser humano con el fruto de su trabajo, el reencuentro consigo mismo y el reencuentro con la naturaleza.
Este legado de Marx, no es un trabalenguas de teóricos, que por sus casi 170 años debiera ser desechado, no. Es ni más ni menos, la justificación de por qué los planes económicos de la Revolución Bolivariana, empeñada en el Socialismo deben tener como verdadero objetivo, métodos y medios, la facilitación de estos tres reencuentros.
EL PRODUCTO DE NUESTRO TRABAJO COMO ALGO QUE NOS ES AJENO
La forma en que se concreta nuestro trabajo, tiene forma de objetos. Así cada uno de nosotros trabaja haciendo computadoras, carros, lápices, empacando alimentos etc. Pero en el capitalismo, gran parte de esos objetos son inaccesibles para las mayorías, bien por su precio o por su disponibilidad. Entonces, el trabajador se relaciona con el producto de su trabajo como un objeto ajeno a él. En cuanto estén terminados en su procesamiento, manufactura o confección para entrar al mundo de las mercancías, estos objetos, aunque son fruto de su trabajo, no serán suyos, ni estarán a su alcance. Y lo que es más importante le serán extraños, su función dentro de la sociedad le será extraña. Explicamos: un producto cualquiera que el obrero fabrica, es para beneficio del capitalista, el obrero en cuanto obrero y en cuanto miembro de la sociedad queda extrañado, ausente de ese producto.
Cuanto más se vuelca el trabajador a su labor, más poderoso es el mundo de los objetos y más pobre se hace su mundo interior, menos dueños de sí mismos. La vida que ha prestado al objeto se le enfrenta como cosa extraña y hostil.
Utilizando una analogía extrema, sería algo así, como engendrar un hijo, llevarlo nueve meses en nuestro seno y al nacer, entregarlo para su venta. Luego de tener varios hijos habremos decidido no involucrarnos afectivamente para que al final no nos importe mucho su partida. Incluso su formación nos resultaría algo penoso.
Los objetos que podemos crear con nuestras manos o con nuestro intelecto son la objetivación de nuestro ser, su materia prima proviene de la naturaleza y son la síntesis de miles de años de acumulación de conocimiento y técnica de la especie humana. En principio esos objetos no tienen por que ser propiedad de unos cuantos privilegiados.
Tal como está planteada la vida del ser humano, está destinada a ser un homo oeconomicus sin mayor horizonte que lucrarse para acumular o para sobrevivir según sea su clase social. El ser humano puede ser medido, pesado, cuantificado, igual que una mercancía y en base a esas medidas ser respetado.
¿Cómo hacer para que el trabajo sea gratificante para la mayoría? ¿Cómo hacer que el entusiasmo colme cada mañana el inicio de la jornada? El llamado hombre nuevo pasa por esa compenetración y comprensión espiritual del trabajo.
¿Qué relación existe entonces entre el sistema y la sensación permanente de que nuestro trabajo es un sacrificio?
Supongamos que alguien es un obrero en una constructora privada. La obra que se adjudicó es un conjunto residencial. Cada día el obrero irá a la obra, durante ocho horas hará lo pertinente: pegará bloques, mezclará cemento, medirá cabillas y su trabajo producirá riqueza para la constructora. Al final de la obra el seguirá siendo igual de pobre, irá a dormir a su rancho, será un poco más viejo y le estará negada la entrada a ese conjunto residencial. Su obra ya no tendrá ninguna vinculación con él, lo desconocerá, será ajena.
Le habrá quitado parte de su energía vital, dependiendo del caso habrán pasado incluso años. Al día siguiente de apertura del conjunto residencial, el obrero deberá volver a ponerse a la orden de quienquiera comprar a destajo su fuerza de vida, mientras la tenga. En el capitalismo mientras más trabajamos más nos empobrecemos.
PRODUCIR PARA LA SOCIEDAD ENTERA
Los animales también son capaces de producir: construyen viviendas, como las abejas, los castores, las hormigas, etc., pero el animal produce únicamente lo que necesita inmediatamente para sí y para su prole. El humano en cambio, puede producir para sus necesidades físicas pero también puede llegar a producir universalmente, libre de la necesidad, y según la medida de muchas especies. El humano puede imponer a los objetos la medida y la belleza.
En el Socialismo, ese obrero ira a la construcción conciente de que trabaja para la sociedad, de que con ese edificio está dando su contribución, se sentirá orgulloso de su trabajo, y los habitantes del edificio estarán también orgullosos de él. No solo construirá edificios, sino que simultáneamente estará construyendo una nueva manera de relacionarse, una nueva sociedad.
Cuando ese obrero se viste, se mueve en el transporte colectivo, come, se divierte, lee, estará conciente de que todos trabajan para todos. El beneficio de uno es el beneficio de todos, y todos se importan por la vida de cada uno.
En el Socialismo el trabajo es para satisfacción de las necesidades de la sociedad, pertenece material y espiritualmente a toda la sociedad, su producto no le es extraño a ninguno, a todos favorece.
En ese constante dar, desaparecerá el miedo a la entrega, las parejas tendrán más tiempo para amarse y las madres de amar a sus hijos. Cesará el desgaste que produce ir al trabajo con desagrado. De esta manera se fundará la base material para la sociedad del amor donde el trabajo será un goce.