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La discusión acerca de cuál sistema social debemos defender, se entrelaza con factores económicos. Discrepamos acerca de cuál modelo es más rentable, cuál aumentará el PIB o cuál disminuirá las tasas de inflación. Pero lo que dejan a un lado y fingen ignorar nuestros adversarios capitalistas, es que al escoger un sistema escogerán también sus parámetros asociados a la salud mental de la sociedad y de los individuos.

Al mismo tiempo que discutimos cómo hacer para aumentar el PIB, debemos preguntarnos ¿estaremos más sanos mentalmente como sociedad al final de la faena económica?

Erich Fromm hace más de 50 años, en su libro “Psicoanálisis de la Sociedad Contemporánea”, colocó el problema central de la salud mental como un problema de dimensiones sociales y no -como quieren hacerlo ver la mayoría de los psiquiatras y psicólogos - como un problema de unos cuantos individuos "inadaptados". Fromm denominó a esta locura social como patología de la normalidad y nosotros le agregaríamos un adjetivo:patología de la normalidad capitalista.

El ideal de vida propuesto por los capitalistas a la sociedad venezolana, es conformar una gran clase media similar a la de los países desarrollados. Aunque esa aparente prosperidad ha satisfecho las necesidades materiales de un sector social supuestamente privilegiado, llaman a la reflexión los altos índices de alcoholismo, drogadicción, demencia y suicidios. Los índices que veremos a continuación nos dan referencias sobre la sanidad mental de las sociedades que “disfrutan” actualmente de ese paradigma de existencia.

La OMS indica que cada 40 segundos, un ser humano pone fin, voluntariamente a su vida, unas 3.000 al día y un millón al año. Por cada una de estas, otras 20 lo intentan de manera fallida. Han proyectado que la tendencia seguirá aumentando en el futuro.

El suicidio es la causa # 13 de muerte en el mundo (Informe de la OSM 2002) y la # 3 de muerte en adolescentes (Organización Panamericana de la Salud, 2003). Se producen más muertes por suicidio que por la suma de homicidios y guerras.

Los métodos más empleados para suicidarse son los plaguicidas, las armas de fuego, medicamentos como los analgésicos, estimulantes y antidepresivos, que pueden resultar tóxicos si se consumen en cantidades excesivas. Los plaguicidas son una causa especialmente frecuente de las muertes por suicidio en las regiones rurales de China.

Por otra parte, más de 30% de los estadounidenses, es decir, uno de cada tres adultos, han abusado del alcohol o sufrido de alcoholismo en algún momento de su vida, y pocos han recibido tratamiento.

El Washington Post publicó en el 2004, que cerca de 17 millones de personas han sufrido problemas mentales hasta el punto de no poder funcionar normalmente por un mínimo de tres meses. La fuente de la información fueron Thomas Insel, jefe del Instituto Nacional de Salud Mental, la mayor autoridad nacional sobre este tópico y, Ronald Kessler, profesor en Harvard de salud pública, quienes informaron que se invirtieron 20 millones de dólares para financiar un estudio, realizado por la Universidad de Michigan, titulado Réplica y Medición Nacional de Comorbidez.

"Estas cifras sugieren que USA debe ocupar el primer lugar mundial por su abundancia de enfermos mentales, somos los primeros en muchas cosas, pero también lo somos en este aspecto, y preferiríamos no serlo”.

El estudio indicó que las minorías inmigrantes residentes en USA, tienden a sufrir menos enfermedades mentales a pesar de su "menor estado económico", lo que sugiere que el apoyo social que dan y reciben les protege de tales males. Viven en familia, se apoyan unos a otros, evitan la soledad y el abandono que aqueja a la clase media y a la clase alta: ocho de cada diez neoyorquinos viven solos y tienen un carro de último modelo.   

Otros estudios realizados por la Dirección de Salud del ejército norteamericano indican que los soldados que regresan de Irak y Afganistán, padecen serios problemas de ansiedad, depresión, pesadillas, furia e incapacidad para el desenvolvimiento social. Las recaídas tienen vaivenes durante una guerra y a veces están relacionados con el sentimiento de éxito que puede experimentar un soldado luego de los ataques. Es por ello que el ejército norteamericano posee alrededor de 200 psiquiatras en Irak, agrupados en "equipos de control del estrés de combate", cuya función es hablar con las tropas, a fin de prevenir suicidios, convencerlos de que son hombres exitosos y de no conseguir disuadirlos deciden, por medio del diagnóstico, qué soldados deben ser evacuados del país debido a problemas de salud mental.

El hecho de que millones de personas padezcan las mismas patologías mentales, no hace de ellas gente sana, ni las enfermedades se convierten en virtudes; ni el acuerdo social de luchar infatigablemente por los mismos egoísmos, convierte esas luchas en legítimas.

Los Estados Unidos, uno de los países más “prósperos” del mundo, presenta los síntomas más graves de perturbación mental. De igual forma, China cuenta con 63 millones de enfermos mentales de los que cerca de 16 millones padecen psicosis severa. Esos síntomas deben suscitar al más acérrimo defensor de esos sistemas, la pregunta de que si no habrá algo fundamentalmente equivocado allí.

Escuchamos a muchos comentar que están deprimidos, pero ese término no es más que un crónico aburrimiento, ya que se han detenido nuestras potencialidades productoras y creativas. Entre todos los males de la existencia hay pocos tan penosos como el aburrimiento y, en consecuencia, comienza la búsqueda de qué hacer para evitarlo. Es allí donde entran en acción las drogas, los tranquilizantes, el alcohol y, por qué no, alistarse a un ejército invasor. Estos últimos intentos caracterizan la carrera tras algún vestigio de placer con poco esfuerzo. El hombre del capitalismo puede tener una buena cantidad de diversión y de placer, pero, a pesar de eso, está fundamentalmente deprimido. El miedo al aburrimiento y a la confrontación íntima consigo mismo y con los más allegados, tienen lugar predominante entre los miedos del hombre del capitalismo.

El cambio de las relaciones económicas, hacia fuerzas socialmente integradas con objetivos planificados, no son caprichos de ultraizquierdistas o hiperortodoxos. Este cambio de relaciones y aspiraciones de las grandes masas desposeídas, dará la posibilidad de salir del tedio inercial que las abruma. El sentido de pertenencia, de metas y objetivos concretos, mesurables y posibles, permite romper el cerco interno que aísla a los individuos. Eso sólo es posible en el Socialismo. Conquistar el Socialismo es redefinir el concepto de salud mental.

La salud mental en el Socialismo debe darnos la posibilidad de sentir la felicidad, como un estado de intensa actividad interior, como un aumento de energía vital y cuya expresión final es una relación productiva o creativa entre el mundo y nosotros. La creación desarrollará las potencialidades de cada ser humano, que se expresarán a través de los factores productivos convencionales o a través del estudio, del arte o de la espiritualidad. Las personas mentalmente sanas vivirán por el amor, la razón o la fe, respetarán su  vida, la de sus semejantes y la del planeta. No será lícito, bajo ninguna excusa desarrollista, la depredación de miles de especies, incluyendo la humana.

La finalidad de la vida es vivirla intensamente, nacer plenamente, estar plenamente despierto. Liberarse de las ideas de grandiosidad infantil, para adquirir el convencimiento de nuestras verdaderas aunque limitadas fuerzas.

Este tipo de sociedad necesitará hombres que se sientan libres o independientes, pero con una disciplina conciente, guiados por el deber con la sociedad, concientes de su papel como humanos, dispuestos a ir al máximo de sus potencialidades creativas.

En contraste, el hombre del capitalismo vive y muere consumiendo, y en un delirio productivo que lo convierte en un desquiciado, un sarcasmo de humano, una caricatura de sí mismo, con la única ninguna meta de continuar en movimiento, de avanzar hacia ninguna parte, de generar ganancia para el patrón, de consumir y gastar, producir y producir como en un tío vivo infernal.