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¿Qué provoca la emoción de las masas, qué fuerzas motrices son capaces de movilizarlas y cuáles son capaces de domesticarlas hasta anularlas como fuerza social?

Wilhem Reich estudioso de las fuerzas psíquicas que movilizaron las masas a favor del fascismo de Hitler, nos invita a enfrentarnos con estas preguntas difíciles que tenemos que tener en consideración si queremos que la Revolución permanezca.

Resumiremos sus planteamientos en cuanto a la relación existente entre las clases sociales y la ideología, y de cómo el estudio y entendimiento de ésta relación, permite el triunfo y duración de una Revolución o el avance del más cruel de los fascismos. Para ello comenzaremos definiendo ideología.

Ideología es toda creencia que controla el comportamiento de los individuos en momentos determinados. Estas creencias pueden estar fundamentadas en elementos objetivos y realizables, o en creencias infundadas irracionales e irrealizables.

La sociedad que conocemos está claramente dividida en clases sociales y profesiones. Según los conceptos economicistas, la ideología de una clase está en relación directa con su estatus económico. Si esto fuera cierto Ocariz (representante del partido de derecha Primero Justicia) no hubiese ganado como alcalde del Municipio Sucre, donde se encuentra José Félix Ribas, el barrio pobre más grande de Venezuela y uno de los mas grandes de Latinoamérica.

Hay pobres con mentalidad reaccionaria en nuestro país. Entonces, ¿en qué ha fallado la Revolución Bolivariana? ¿En qué nos hemos equivocado?

Lo primero es aceptar que no existe una relación mecánica entre la situación social y la forma en que el hombre toma posición frente al mundo. Ni la pobreza ni el hambre son factores decisivos para la participación de las mayorías a favor del Socialismo; de haber sido así, a la crisis mundial de 1929, le habría seguido la revolución internacional.

El fascismo penetra en los pobres y en las clases medias, recurriendo a la corrupción material directa. La propaganda revolucionaria tiene la tarea principal de “esclarecer al proletariado”, no basta con hacer llamados a la “conciencia de clase” ni con hacerle ver continuamente su situación económica y política objetiva, y mucho menos con descubrirle constantemente el fraude del que es víctima. La primerísima tarea de la propaganda revolucionaria debe ser la consideración comprensiva de las contradicciones internas del pobre y del clase media. Del hecho de que lo revolucionario en su estructura psíquica, o bien está poco desarrollado, o está entremezclado con elementos reaccionarios contrarios a la Revolución.

En los períodos “tranquilos” o de acumulación de fuerzas, o sin elecciones, de las Revoluciones Pacíficas (donde existe una sociedad de clases), al pobre y clase media le pueden ocurrir dos cosas: que se identifique con la burguesía, que se encuentra en un nivel social superior, o que adquiera conciencia de su propia posición social.

En la primera opción envidia al reaccionario, lo emula, lo imita, y si se le da la posibilidad material, asume por completo su idiosincrasia. Es así que al darse la posibilidad de aprobársele un micro crédito, la conformación de PYMES, una cooperativa, el pobre o clase media, automáticamente se convierte en un aspirante a burgués, y para ello debe asumir: formas de vestir, de hablar, de relacionarse con los subordinados y con los superiores, todo, a fin de integrarse, al menos mentalmente, a su nueva clase social -a la que por cierto nunca llega a pertenecer- y a costa de la cual, abandona la posibilidad de participar en una revolución moral, que verdaderamente le permitiría liberarlo a él y al resto de los pobres del mundo, del oprobio y la ignorancia.

En el supuesto de que ocurriera una disminución en el nivel económico de las mayorías, entonces su sensibilidad revolucionaria se distorsionaría como producto de diez años de formación ideológica indirectamente conservadora al estimular esas costumbres y sus formas económicas.

En la segunda opción, el pobre y clase media, se distancian del burgués, lo niegan, y comienzan a realzar su propia forma de vida, su identificación con sus compañeros de clase, con su trabajo, con el resto de los marginados del mundo y no con una ilusión. Esto no significa que dejen de alimentar su amor propio, sino que, ese amor propio debe estar entrelazado con el saber que se pertenece a la masa internacional de los no burgueses, de los no explotadores, de los no fascistas.

Ambas posibilidades, la de identificarse con la burguesía o la de identificarse con su clase, tienen la misma fuerza y ambas están abiertas para todos.

En los períodos de relativa abundancia, el movimiento revolucionario ha subestimado la importancia de los pequeños hábitos cotidianos aparentemente inofensivos, y a menudo ha hecho mal uso de ellos: endeudarse para manejar un carro nuevo. Apenas les queda un saldo mínimo para alimentarse. Realizar visitas obligadas y periódicas a los grandes mall como el Sambil, comprar ansiosamente el último blackberry y otras mil “menudencias” que a fuerza de ser casi crónicas, tienen una influencia reaccionaria incomparablemente superior que miles de arengas y periódicos revolucionarios.

La vida conservadora actúa sin cesar y penetra cada resquicio de vida cotidiana; mientras que el mitin solo actúa durante unas horas. Por eso, ha sido un grave error, organizar “fiestas” para llegar a las masas, fiestas para convocar a la juventud, fiestas que por cierto el fascismo organiza mucho mejor y en las que es mucho más hábil. En estos pequeños y grandes detalles es donde se mide concretamente el progreso o el retroceso político y no sólo en actos en teatros que sólo pueden suscitar un entusiasmo pasajero.

La evidencia ha probado que sólo la tribuna anti imperialista aunque es necesaria y muy importante, ha resultado estrecha.

De modo que aunque se ha avanzado en la satisfacción material de la población, la irresponsabilidad social burguesa con su conducta consumista, ostentosa y superficial, que predomina en la ética egoísta y consumista difundida por oligarcas y revolucionarios, se ha reflejado en forma de mal ejemplo en las masas. Estas graves contradicciones llevan al pobre a permanecer en actitud vacilante entre las tendencias revolucionarias y las conservadoras, si ocurre alguna decepción de su dirigente más cercano, sigue la línea del menor esfuerzo, más cómodo con sus intereses cotidianos, encuentra un dirigente de derecha y así se va perdiendo uno a uno de los 7 millones 200 mil electores del Socialismo.

Es por eso que hoy, es urgente el trabajo de psicología de masas. Aumentar las campañas de trabajo voluntario unido al sector productivo de las empresas de Propiedad Social. Evitar todo tipo de fiestas y rifas que fomenten el azar y las posturas burguesas dentro del partido. Realzar el ahorro de gasolina, de agua, de luz, con argumentos globales. Incluir a la población en el cumplimiento de metas productivas y de consumo direccionado. Esa sería nuestra mejor campaña electoral. El rescate de las posturas de los individuos frente a hechos sociales, de hacerlo sentir responsable en el proceso productivo, es decir, conciente e integrado.

Reich en su libro psicología de masas del fascismo, lanza una sentencia lapidaria y alarmante:

…Cuando no hay organizaciones revolucionarias, decepcionado por la socialdemocracia y sometido a la contradicción entre la depauperación y el pensamiento conservador, el trabajador debe terminar por adscribirse al fascismo”…