FAMILIA MONOGÁMICA
PILAR DE LA MISERIA CAPITALISTA
Algunos estudiosos como Morgan, Engels, Marx y Reich entre otros, se interesaron en el estudio de algunas comunidades primitivas remanentes en la sociedad contemporánea, consiguiendo valiosísimos datos para tratar de encontrar el camino perdido.
En esta primera entrega estudiaremos parte de lo expuesto por Engels en su libro Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, donde se expone el nacimiento de la monogamia y el patriarcado como fundamentos de la sociedad capitalista y en la segunda entrega veremos los planteamientos de Wilhem Reich acerca de las consecuencias conductuales y represivo-sexuales imprescindibles para la instauración del sistema económico capitalista.
POR: ROSA TRISTÁN
No sería excesivo afirmar que las revoluciones de nuestro siglo están determinadas por la lucha de la humanidad por el restablecimiento de las leyes naturales de la vida amorosa. Habría que preguntarse en qué momento la humanidad quebró el orden natural de aquella especie de Edén para iniciar su camino hacia el caos.
La familia, dice Morgan, es un elemento activo; nunca permanece estacionada, sino que cambia en la medida que la sociedad lo hace. Lo mismo -añade Carlos Marx- sucede en general con los sistemas políticos, jurídicos, religiosos y filosóficos.
Comienza Engels explicando que lo primero que encontraron los estudiosos fue, registros que indicaban que en las comunidades primitivas la característica principal del matrimonio era que se efectuaba por grupos. Hombres y mujeres se pertenecían recíprocamente. Cada mujer junto con sus hermanas hembras podía conformar núcleos familiares con maridos en común, lo que daba muy poco margen para los celos y la búsqueda compulsiva de mujeres fuera del núcleo familiar. La filiación sólo podía contarse por la línea femenina según el derecho materno, y por ende, las mujeres disfrutaban de una profunda estima, aprecio y respeto.
A pesar de que muchos podrían catalogar este tipo de familias como inmorales, estos grupos se regían por una moralidad estricta: so pena de infamia, todo comercio sexual fuera del grupo estaba prohibido con la consecuente pérdida de todo tipo de prerrogativas de protección. Las mujeres administraban la casa; las provisiones eran comunes, pero ¡desdichado del pobre marido o amante que era demasiado holgazán!, porque la casa se convertía para él en un infierno. Las mujeres de ser necesario, no vacilaban en destituir a un jefe y rebajarle a simple guerrero. Por lo tanto, una de las ideas más absurdas y falsas que se nos ha transmitido es que, en el comienzo de la sociedad, la mujer era esclava del hombre.
En el régimen de matrimonio por grupos, se fueron conformando parejas conyugales para un tiempo más o menos largo; el hombre tenía una mujer principal, y la mujer un esposo principal entre todos los demás. De este prevalecimiento de la pareja voluntariamente monógama, se observa que la evolución de la familia desde los tiempos prehistóricos, consistió en una reducción del círculo familiar, primero con la exclusión progresiva de los parientes cercanos y después de los lejanos.
Finalmente el matrimonio por grupos quedó reducido a la molécula biatómica: un hombre y una mujer, unida por vínculos frágiles, con cuya disolución concluía el matrimonio en general. La selección natural había realizado su obra reduciendo cada vez más la comunidad de los matrimonios. Por tanto, si no hubieran entrado en juego nuevas fuerzas impulsivas de "orden social", no hubiese habido ninguna razón para que surgiera otra nueva forma de familia. Pero entraron en juego otras fuerzas impulsivas que dieron origen a la familia autoritaria, monogámica y patriarcal.
Al introducirse la cría de ganado que era propiedad particular de las familias, las cosas tomaron otro aspecto. La familia no se multiplicaba con tanta rapidez como el ganado. Ahora se necesitaban más personas para su custodia: los esclavos o los prisioneros de guerra. Con el nuevo arreglo de la división del trabajo, correspondía al hombre procurar la alimentación y los instrumentos de trabajo necesarios, era, por derecho, el propietario de dichos instrumentos y en caso de separación del matrimonio, se los llevaba consigo, de igual manera que la mujer conservaba los enseres domésticos.
Así, pues, a medida que las riquezas aumentaban, el hombre iba adquiriendo una posición dominante frente a la mujer en la familia y, por otra parte, hacían que naciera en él la idea de valerse de esta ventaja para modificar en provecho de sus hijos el orden de herencia establecido. Pero esto no podía hacerse mientras permaneciera vigente la filiación según el derecho materno. Este tenía que ser abolido, y lo fue. Aquella revolución -una de las más profundas que la humanidad ha conocido- no tuvo necesidad de tocar ni a uno solo de los miembros vivos de la familia. Todos los miembros de ésta pudieron seguir siendo lo que hasta entonces habían sido. Bastó decidir sencillamente que en lo venidero solo los descendientes de un miembro masculino permanecerían a su familia. Así quedaron abolidos la filiación femenina y el derecho hereditario materno, siendo sustituidos por la filiación masculina y el derecho hereditario paterno.
Ahora, en esta familia monogámica sólo el hombre, podía romper los lazos del matrimonio y repudiar a su mujer. De igual forma se le otorgó el derecho de infidelidad conyugal, y ese derecho se ejerció cada vez más ampliamente, a medida que progresaba la evolución social. Si la mujer se acordaba de las antiguas prácticas sexuales y quería renovarlas, era castigada rigurosamente.
La monogamia en esta fase de la historia no representó una reconciliación entre el hombre y la mujer ni tampoco una expresión más elevada de matrimonio. Por el contrario, entró en escena el esclavizamiento de un sexo por el otro y el conflicto entre los sexos, desconocidos hasta entonces en la prehistoria. En un viejo manuscrito inédito, redactado en 1846 por Marx y por Engels, se encuentra esta frase: "La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos". Engels añade posteriormente: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino.
La monogamia fue un gran progreso histórico, pero al mismo tiempo inaugura, juntamente con la esclavitud y con las riquezas privadas, aquella época que dura hasta nuestros días y en la cual cada progreso es al mismo tiempo un regreso relativo y el bienestar y el desarrollo de unos beneficiarse a expensas del dolor y de la represión de otros. La monogamia es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual podemos estudiar ya la naturaleza de las contradicciones y de los antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta sociedad.
El gobierno del hogar perdió su carácter social. La sociedad ya no tuvo nada que ver con ello. El gobierno del hogar se transformó en un servicio privado ; la mujer se convirtió en la criada principal, sin tomar ya parte en la producción social. Sólo la gran industria de nuestros días le ha abierto de nuevo -aunque sólo a la proletaria- el camino de la producción social. Pero esto se ha hecho de tal suerte, que si la mujer cumple con sus deberes en el servicio privado de la familia, queda excluida del trabajo social y no puede ganar nada; y si quiere tomar parte en la gran industria social y ganar por su cuenta, le es imposible cumplir con los deberes de la familia. Lo mismo que en la fábrica, le acontece a la mujer en todas las ramas del trabajo, incluidas la medicina y la abogacía. La familia individual moderna se funda en la esclavitud doméstica franca o más o menos disimulada de la mujer, y la sociedad moderna es una masa cuyas moléculas son las familias individuales sin conexión entre sí. El hombre en la familia es el burgués; la mujer representa al proletario.
Pero la Revolución Socialista que transformará los medios de producción en Propiedad Social, reducirá al mínimum todas esas preocupaciones por la herencia, desaparecerá el trabajo asalariado, el proletariado, la prostitución, así como la mayoría de las compulsiones y perversiones sexuales. Se anularán en la psiquis femenina todas aquellas consideraciones económicas en virtud de las cuales tienen que aceptar la infidelidad habitual de los hombres por la preocupación de su propia existencia y aún más por el porvenir de sus hijos.
En cuanto los medios de producción pasen a ser propiedad común, la economía doméstica se convertirá en un asunto social; el cuidado y la educación de los hijos, también. La sociedad cuidará con el mismo esmero de todos los hijos, sean legítimos o naturales. Así desaparecerá el temor a "las consecuencias", que impiden a una joven soltera entregarse libremente al hombre a quien ama. Se desarrollarán progresivamente relaciones sexuales más placenteras y la opinión pública dejará de su intransigencia acerca de la honra de las vírgenes y la deshonra de las mujeres.
El matrimonio no se concertará con toda libertad sino cuando, suprimiéndose la producción capitalista y las condiciones de propiedad creadas por ella, se aparten las consideraciones económicas accesorias que aún ejercen tan poderosa influencia sobre la elección de los esposos. Entonces el matrimonio ya no tendrá más causa determinante que el amor y su expresión sexual plena y voluntaria.