
La Revolución Bolivariana desde sus inicios, se planteó la solución de varias incógnitas: ¿Cómo sembrar por fin el petróleo, cómo distribuir la renta petrolera a las mayorías sin utilizar como única vía el populismo, cómo implementar el Socialismo sin ser capitalistas de Estado, cómo saldar la deuda social lo más rápido posible, cómo darle poder al pueblo vistiendo aún el apretado corsé burocrático?
En la búsqueda, se implementaron varios mecanismos que siempre apuntaban al tema de la descentralización. Se abrieron entonces las puertas a la democratización del capital, los desarrollos endógenos, los autogobiernos comunitarios, las comisiones de descentralización y desarrollo regional, etc., para enfrentar las desigualdades económicas y caminar junto a las mayorías excluidas rumbo al Socialismo.
Esta nueva descentralización propuesta por sectores progresistas, era en principio, diferente a la propuesta por las corrientes neoliberales. El fin último de la descentralización neoliberal era el debilitamiento de los Estados Nacionales a través de la fragmentación político administrativa, mientras que la descentralización revolucionaria daría poder al pueblo y nos haría avanzar de forma inercial, natural, hacia el Socialismo.
Sin embargo, la realidad nos demuestra que no impera un «interés local» homogéneo. La idealización de lo local, entendido como expresión de «lo popular» supone la existencia de oasis humanos con expectativas socialistas uniformes por pertenecer a la misma clase social. La nueva descentralización parte de la falsa premisa de que en la sociedad venezolana existe armonía social local. Pero en el caserío más lejano de Caracas, surge el mismo egoísmo como si se tratara de los escuálidos de la parroquia Candelaria que reclaman la apertura del Sambil, en vez de una gran Universidad o gran maternidad para su localidad.
La idea de una colectividad aglutinada únicamente en torno a intereses y líderes locales no proporciona fuerzas internas suficientes para resistir los embates del entorno y de las miserias internas a largo plazo.
En cada grupo de personas, por pequeño que sea, permanecen intactas las estructuras mentales que han permitido la perpetuación del sistema capitalista y de la cultura autoritaria por cientos de años. Estas formas mentales de plantearse la existencia y el futuro arrastran muchas veces, a individuos y a grupos a ejercer la política de forma reaccionaria y cercenar cualquier esfuerzo por implementar formas económicas solidarias.
La estructura caracterológica del hombre actual se caracteriza por un mecanismo de defensa contra sí mismo y contra la miseria social que lo rodea. Este acorazamiento del carácter es la base de la soledad, del desamparo, del insaciable deseo de autoridad, del miedo a la responsabilidad, de la miseria sexual y de un sentimiento permanente de resignación. Esta especie de locura de magnitudes pandémicas tiene su origen en lo social y en lo económico. Es por ello, que la modificación profunda y auténtica de estos ámbitos, es condición necesaria para dar paso a un ser social distinto.
Los esfuerzos realizados por la nueva descentralización tienen poca posibilidad de supervivencia, tanto por las amarras mentales de los individuos depauperados, como por las estructuras económicas dominantes del poder capitalista. ¿Si a escala internacional y nacional están en permanente confrontación diversas ideologías y, por lo tanto, diversos proyectos políticos, entonces por qué debería ser diferente en el escenario local?
Las iniciativas de la nueva descentralización sólo funcionan cuando son compatibles con los grandes intereses del capital privado. Por ejemplo, las iniciativas de la descentralización funcionan en aquellas regiones fuertemente influenciadas por la renta petrolera o por la actividad de las empresas básicas, pero no logra realmente influir en las localidades más pobres y atrasadas, donde la productividad del trabajo y las tasas de ganancias son bajas. Así, la función inicial de la nueva descentralización que busca aminorar el desequilibrio económico territorial del país, se pierde en endebles autogobiernos locales aislados, embebidos en una economía fuertemente globalizada.
La nueva descentralización se convierte en un arma de doble filo: en el mejor de los casos traerá algunos beneficios para las colectividades locales, en el peor, esta asignación de recursos será percibida por la parte del pueblo que no logra participar como el financiamiento de una camada de nuevos ricos, con un alto costo político en las masas revolucionarias. Las políticas descentralizadoras bajo condiciones de país petrolero no son capaces por si solas de transformar la dinámica capitalista ni de reducir la injusticia social, mucho menos conducirnos al Socialismo.
¿Qué hacer?
Lo primero es ser honestos y reconocer que: 1) las descentralizaciones (la neoliberal y la “nueva”) tal como están planteadas, no son una alternativa que conduzca a una sociedad más justa 2) la dinámica socioeconómica capitalista no puede ser removida por la vía de una simple reorganización territorial de la administración del poder. 3) un supuesto descenso hacia lo local en una sociedad predominantemente capitalista en lo económico, no conduce a al predominio de los intereses populares.
La propuesta socialista podría tener dos vertientes: una económica y otra referida a la organización popular.
La económica se diferenciaría inmediatamente de la propuesta descentralizadora con la definición de empresa. La empresa socialista tendría como rasgo fundamental que es de Propiedad Social administrada por el Estado. Estaría conformada por la unión de fábricas que tienen una base tecnológica similar o un destino común para su producción. Por ejemplo, todas las fábricas del plástico y otras relacionadas con los plásticos serían la empresa consolidada de los plásticos.
Las empresas no tendrían fondos propios; en el banco existirían cuentas separadas para extraerlos y depositarlos. La empresa podría extraer fondos según la planificación anual del gobierno central: tendría una cuenta para gastos y otra para salarios. Al efectuarse las ventas, estos recursos serían depositados directamente al Estado. De esta forma se evitarían las deudas entre fábricas del Estado, no habría intermediarios en la comercialización que manipularan los precios y el Estado se encargaría de la distribución de las ganancias a través de estímulos de escala social: educación pública, salud pública, cultura, vivienda, etc.
En este tipo de sistema las colectividades de individuos no sentirán la compulsión desesperada de arrebatarle recursos a otros que están en el mismo ramo en el ámbito nacional. En el ámbito internacional capitalista las empresas socialistas serían más competitivas pues al no haber intermediarios los costos serían más bajos. El deber social sería el punto fundamental de impulso de los individuos para elevar la productividad e indagar en el avance tecnológico a través de una tendencia general hacia el estudio.
Por su parte, la organización popular debería conformar una red revolucionaria nacional. Los consejos comunales tendrían la posibilidad de elegir instancias organizativas superiores. Los voceros escogidos por las parroquias conformarían una comisión de consejos comunales parroquiales y estos a su vez postularían los voceros de la comisión de consejos comunales municipales, y así sucesivamente hasta llegar a una comisión revolucionaria de consejos comunales de Venezuela, cuya función sería impulsar el cumplimiento del plan económico del gobierno central como una gran fuerza humana conciente y con sentido de pertenencia social. Esta organización revolucionaria nacional de los consejos comunales podría trascender a esa democracia representativa y a proyectos económicos aislados y de pequeña escala indefensos ante las fuerzas poderosas del capital.
