a la imagen mental del padre bueno y cariñoso, funciona como un mecanismo de defensa psicológica, que le permite superar el grado de impotencia en que se encuentra y restablecer lo más pronto posible el equilibrio roto. En el mejor de los casos, el niño logra que el padre deje de estar enojado con él, y en el peor igualmente es castigado.
Un adulto que haya aprendido este mecanismo de defensa en su niñez, tiene altas posibilidades de que, ante situaciones de peligro extremo, dado su grado de vulnerabilidad psicológica, en vez de activar formas de celo o resguardo, tratará de congraciarse con su victimario a fin de que lo perdone.
A escala social, si los dirigentes inducen el cambio de imagen en las masas de quienes son sus enemigos y los transforman en amigos, ocurrirá una especie de blanqueo ideológico.
Si hasta ayer el presidente o vocero del sistema capitalista era enemigo vital de toda la especie, y de pronto otro vocero, pero igual representante del mismo sistema, se convierte y renueva como un amigo asequible, la nueva idea o imagen quedará sustituida en cuestión de horas en la mente de las masas. En la cotidianidad esto se expresará en el relajamiento de los incipientes patrones jerárquicos que comenzaban a cimentarse dentro de la revolución, llámense organizaciones sociales, militares, etc. Todo rigor de mando encontrará un ambiente propicio para su regreso a las fuerzas conservadoras. Igualmente quedará sembrada la idea ilusoria de que el enemigo “nos ha perdonado” entorpeciendo cualquier tipo de activación ante futuras agresiones. Las masas quedarán desmovilizadas y sin razones contundentes por las cuales luchar.
Es allí en ese cuadro de desmovilización, cuando un zarpazo de las fuerzas reaccionarias nos encontraría en franca desventaja. Es justo en este momento, luego de la reunión “exitosa” de la Cumbre de las Américas, cuando un pacto con las fuerzas imperiales -aunque sea solo en las formas diplomáticas, sin su debida explicación a las masas- en que un golpe de estado, no nos encontraría en las mismas condiciones del 13 de abril del 2002. El glorioso retorno del nuestro líder a sus posiciones de poder, solo fue posible porque para el pueblo revolucionario, las fuerzas en pugna estaban claramente definidas, se trataba del rescate de PDVSA ante las fuerzas imperiales, y ese era el enemigo declarado, el imperio, su sistema, y todos sus voceros.
Hoy ante la mano extendida del encantador Obama, no está muy claro si seguimos siendo enemigos, enemigos de ese sistema, o si por el contrario vale la pena hacernos la imagen de que el sistema se volvió bueno, encarnándose en esa sonrisa perfecta, y esperar entonces a ver si nos perdona o nos vuelve a golpear.
Es necesaria la persuasión permanente de las masas revolucionarias, la explicación más allá de lo anecdótico, de lo narrativo de los hechos, de la trivialidad periodística, esto nos permitirá reforzar en la rapidez de los hechos, las referencias ideológicas establecidas hasta ahora. Si existiese la necesidad concreta de retroceder de forma táctica, de replegarse, entonces dilucidar a través del partido.
Recordemos algunas recomendaciones dadas al gobierno de Obama por la Heritage Foundation acerca de qué hacer con Hugo Chavez [ver Debate Socialista número 51, páginas 10 y 11] donde se aconsejaba explícitamente, a) no aceptar un nuevo embajador venezolano hasta tanto Chávez finalice su discurso antimperialista, b) ayudar a alcaldes de la oposición en su gestión y c) infiltrar la organización revolucionaria a través de miembros seleccionados del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).
La certeza de que el imperio está herido pero no aniquilado debe acompañarnos a toda hora. No debemos anidar falsas esperanzas, pues eso nos desmoviliza, nos desorienta, quebranta nuestras fortalezas, relaja la nueva institucionalidad y, nos dejará sorprendidos cuando veamos cabalgar las fuerzas restauradoras sobre nuestras espaldas.