AQUÍ NADIE SE RINDE!…COJONES!
Alegría de Pío:
Una derrota convertida en triunfo: tres visiones, una vanguardia
Tres días después del desembarco de los 82 expedicionarios del Granma, del extenuante
viaje de7 días desde México hasta Cuba, aconteció el primer combate en Alegría de Pío.
Los revolucionarios estaban en penosas condiciones después de una larga caminata por terrenos pantanosos
donde perdieron la mayoría de sus mochilas y medicamentos. Sólo llevaban consigo armas y municiones.
Fueron detectados inmediatamente por las fuerzas bastistianas, las cuales luego del ataque aéreo
procedieron al inclemente acribillamiento.
Este combate significó la primera derrota para el nuevo movimiento revolucionario que comenzaba a gestarse.
Entre los sobrevivientes, se encontraban Fidel Castro , Juan Almeida y el Che,
quienes constituirían más tarde el Ejercito Rebelde.
A continuación presentamos las anécdotas de estos tres hombres a cerca de este hecho que representó una derrota convertida en fortalecimiento del espíritu revolucionario.
ERNESTO CHE GUEVARA
Extractos del libro Pasajes de la Guerra Revolucionaria
Alegría de Pío es un lugar de la provincia de Oriente, municipio de Niquero, cerca de Cabo Cruz, donde fuimos sorprendidos el día 5 de diciembre de 1956 por las tropas de la dictadura.
Veníamos extenuados después de una caminata no tan larga como penosa. Habíamos desembarcado el 2 de diciembre en el lugar conocido por playa de Las Coloradas, perdiendo casi todo nuestro equipo y caminando durante interminables horas por ciénagas de agua de mar, con botas nuevas; esto había provocado ulceraciones en los pies de casi toda la tropa. Pero no era nuestro único enemigo el calzado o las afecciones fúngicas. Habíamos llegado a Cuba después de siete días de marcha a través del Golfo de México y el Mar Caribe, sin alimentos, con el barco en malas condiciones, casi todo el mundo mareado por falta de costumbre de navegación, después de salir el 25 de noviembre del puerto de Tuxpan, un día de norte, en que la navegación estaba prohibida. Todo esto había dejado sus huellas en la tropa integrada por bisoños que nunca habían entrado en combate.
Ya no quedaba de nuestros equipos de guerra nada más que el fusil, la canana y algunas balas mojadas. Nuestro arsenal médico había desaparecido, nuestras mochilas se habían quedado en los pantanos, en su gran mayoría. Caminamos de noche, el día anterior, por las guardarrayas de las cañas del Central Niquero, que pertenecía a Julio Lobo en aquella época. Debido a nuestra inexperiencia, saciábamos nuestra hambre y nuestra sed comiendo cañas a la orilla del camino y dejando allí el bagazo…
…En la madrugada del día 5, eran pocos los que podían dar un paso más; la gente desmayada, caminaba pequeñas distancias para pedir descansos prolongados.
…Señales desacostumbradas empezaron a ocurrir a mediodía, cuando los aviones Biber y otros tipos de avionetas del ejército y de particulares empezaron a rondar por las cercanías. Algunos de nuestro grupo, tranquilamente, cortaban cañas mientras pasaban los avienes sin pensar en lo visibles que eran dadas la baja altura y poca velocidad a que volaban los aparatos enemigos. Mi tarea en aquella época, como médico de la tropa, era curar las llagas de los pies heridos.
El compañero Montané y yo estábamos recostados contra un tronco, hablando de nuestros respectivos hijos; comíamos la magra ración —medio chorizo y dos galletas— cuando sonó un disparo; una diferencia de segundos solamente y un huracán de balas —o al menos eso pareció a nuestro angustiado espíritu durante aquella prueba de fuego— se cernía sobre el grupo de 82 hombres. Mi fusil no era de los mejores, deliberadamente lo había pedido así porque mis condiciones físicas eran deplorables después de un largo ataque de asma soportado durante toda la travesía marítima y no quería que fuera a perder una arma buena en mis manos.
…Me acuerdo que, en medio del tiroteo, Almeida —en ese entonces capitán— vino a mi lado para preguntar las órdenes que había pero ya no había nadie allí para darlas.
… Quizá ésa fue la primera vez que tuve planteado prácticamente ante mí el dilema de mi dedicación a la medicina o a mi deber de soldado revolucionario. Tenía delante una mochila de medicamentos y una caja de balas, las dos eran mucho peso para transportarlas juntas; tomé la caja de balas, dejando la mochila para cruzar el claro que me separaba de las cañas.
…Cerca de mí un compañero llamado Arbentosa, caminaba hacia el cañaveral. Una ráfaga que no se distinguió de las demás, nos alcanzó a los dos. Sentí un fuerte golpe en el pecho y una herida en el cuello; me di a mí mismo por muerto.
…Le dije a Faustino, desde el suelo, «me fastidiaron» (pero más fuerte la palabra), Faustino me echó una mirada en medio de su tarea y me dijo que no era nada, pero en sus ojos se leía la condena que significaba mi herida.
Quedé tendido, disparé un tiro hacia el monte siguiendo el mismo oscuro impulso del herido. Inmediatamente, me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte por congelación, en las zonas heladas de Alaska. Es la única imagen que recuerdo. Alguien, de rodillas, gritaba que había que rendirse y se oyó atrás una voz, que después supe pertenecía a Camilo Cienfuegos, gritando: «Aquí no se rinde nadie...» y una palabrota después.
… Por un momento quedé solo, tendido allí esperando la muerte. Almeida llegó hasta mí y me dio ánimos para seguir ; a pesar de los dolores, lo hice y entramos en el cañaveral.
… se oían los primeros gritos: «fuego», en el cañaveral se levantaban columnas de humo y fuego; aunque esto no lo puedo asegurar, porque pensaba más en la amargura de la derrota y en la inminencia de mi muerte, que en los acontecimientos de la lucha. Caminamos hasta que la noche nos impidió avanzar y resolvimos dormir todos juntos, amontonados, atacados por los mosquitos, atenazados por la sed y el hambre. Así fue nuestro bautismo de fuego, el día 5 de diciembre de 1956, en las cercanías de Niquero. Así se inició la forja de lo que sería el Ejército Rebelde.
FIDEL CASTRO
Extractos del libro Cien Horas con Fidel, 2da edición año 2006, capitulo 8, pagina 210
¿Ésa fue una de las situaciones más dramáticas que ha vivido usted?
De las que he vivido, ésa, ésa tarde, a ésa hora, ninguna otra fue tan dramática. Ya le conté lo de Sarría cuando me capturaron después del asalto al Moncada.
Sí, pero ésta fue más dramática, ¿no?
…Cuando vi que era inevitable que me durmiera, me puse de lado y coloqué la culata del fusil entre las dos piernas y la punta del cañón debajo de la barbilla. No quería que me capturaran vivo si la exploración enemiga me sorprendía dormido…Como no podía moverme, me dormí como tres horas.
¿A pesar de ese desembarco trágico y de las bajas, usted no se desalentó?
No. Comenzamos a reorganizarnos con dos fusiles: Raúl por otra parte, dos semanas más tarde llegó a un punto con cinco fusiles. Sumados los de los dos, en total reunimos ese día siete fusiles. Ahí yo dije por primera vez: “Ahora si ganamos la guerra”. Me acordaba de la frase de Carlos Manuel Céspedes, quién respondiendo a los pesimistas, cuando tenía doce hombres en situación similar, exclamó: “Aún quedamos doce hombres! Bastan para hacer la independencia de Cuba”. Raúl y yo tuvimos siempre la misma idea, llegar a la Sierra y seguir la guerra.
JUAN ALMEIDA
Entrevista para el diario Granma en el 50 aniversario del desembarco del Granma
Su grito de "Aquí no se rinde nadie", que se escuchó en el combate de Alegría de Pío marcó la capacidad de resistencia y el sentido del deber de los cubanos. ¿Cinco décadas después sigue pensando igual, fiel a ese principio?
…Sí, pero con mucha más fuerza. Considero que las generaciones de estas cinco décadas han actuado con fidelidad a ese principio bajo la guía de Fidel, que es nuestro mejor ejemplo de que con los cubanos no hay rendición posible…