
Los gringos declaran amenazando, acusando de “dictador”, “totalitarios”, “narcotráfico”, “apoyo a terroristas”, y a esa andanada se suman los lacayos internos. Los partidos hablan del fin de la democracia, los obispos hacen comparsa, la oea cumple su papel, insulza se pliega, pusilánime… Y la reacción nuestra es paralizarnos en la democracia oligarburguesa, encadenarnos con su lógica, llamar a la convivencia con los mantuanos de hoy, volver a creerles tantico así, caer en la trampa tantas veces conocida. Condenarnos, porque es una condena no diferenciarnos del enemigo.
Por: NEFTALÍ REYES
La razón de las Revoluciones es la sustitución de un sistema social agotado por otro superior. Y la esencia de la contrarrevolución es impedir ese reemplazo. Esta es la lógica del enfrentamiento Revolución-contrarrevolución.
Este choque presenta propiedades universales, y tiene también características propias de las circunstancias donde ocurre. Los revolucionarios deben estudiar las particularidades de su Revolución y las generalidades de la Revolución Universal.
En nuestro caso esta necesidad de estudio se multiplica, estamos empeñados en una Revolución Pacífica, vía que es inédita. Aún no se conocen casos de sustitución revolucionaria de un orden social sin el aparecimiento de la partera de la historia: la violencia. O más preciso, sin que la clase dominante apele a la violencia para impedir su desplazamiento. Cuando los revolucionarios plantean una Revolución Pacífica, lo que están diciendo, lo único que pueden garantizar es que la violencia no saldrá de sus filas. Así la condición pacífica de la Revolución no significa que no tenga capacidad de defenderse, de apelar a la violencia si las circunstancias lo ameritan. Veamos las singularidades de nuestra Revolución Pacífica.
El enemigo es internacional. Esto es muy importante porque la presión planetaria tiene gran influencia en lo que pase en lo interno. Nos enfrentamos al capitalismo hegemónico mundial dirigido por los gringos, no pasa un día sin ofensa del gobierno del norte, sus voceros son abundantes en sus ataques.
La Revolución Pacífica atraviesa un camino flanqueado por dos acantilados, dos peligros. Por un lado la violencia, la agresión brutal de una invasión, de un golpe, un magnicidio. Y, por el otro lado, corremos el riesgo de un fracaso en la legalidad burguesa que hemos heredado y donde el enemigo se mueve experto. Allende no pudo resolver este dilema.
Los dos peligros se complementan, se potencian. La amenaza de agresión es garrocha para conducirnos al brete de la legalidad oligarca. Allí nos debilitamos.
Los gringos declaran amenazando, acusando de “dictador”, “totalitarios”, “narcotráfico”, “apoyo a terroristas”, y a esa andanada se suman los lacayos internos. Los partidos hablan del fin de la democracia, los obispos hacen comparsa, la oea cumple su papel, insulza se pliega, pusilánime… Y la reacción nuestra es paralizarnos en la democracia oligarburguesa, encadenarnos con su lógica, llamar a la convivencia con los mantuanos de hoy, volver a creerles tantico así, caer en la trampa tantas veces conocida. Condenarnos, porque es una condena no diferenciarnos del enemigo.
Es un círculo diabólico que la vía pacífica debe resolver, y la única manera de hacerlo es avanzar, radicalizar. Las vacilaciones nos pierden.
La maniobra oligarburguesa está clara: amenazan, nos acusan de romper sus reglas, de no cumplir sus calificaciones, no nos certifican, y así nos obligan a entrar en el callejón de la derrota, de la conciliación.
No es la primera vez que usan esta estrategia, lo mismo hicieron con El Libertador. Cuando la Independencia entró en su fase pacífica después de Ayacucho, lo acusaron de querer ser monarca, y de esta manera lo maniataron. El Libertador respetó la legalidad que los neoligarcas habían construido y terminó en San Pedro Alejandrino.
Demostró que no tenía ambiciones de monarca, pero la Revolución de Independencia quedó trunca. Al final, la pugna que se inició en 1810, después de 20 años de guerra, la perdió la Junta Patriótica y la ganó la junta protectora de los derechos de Fernando VII. No se pudo romper el círculo diabólico.
La Revolución Pacífica es capturada en un falso dilema: Democracia o Dictadura. Las definiciones las hace el imperio capitalista.
Democracia es lo que ellos digan que es democracia. Así, Honduras hoy es democracia, y pinochet también lo fue, no importa nada, sólo la certificación del imperio.
Dictadura es lo que se salga de los parámetros impuestos por el imperio. Cuba, donde si hay respeto absoluto por los derechos humanos, la sociedad se importa de la suerte de sus hijos, ningún niño se acuesta sin comer, la atención en salud y educación es un derecho cumplido, ese país, con cualidades de libertad nunca alcanzados por ninguna otra sociedad, ese país, que debía ser ejemplo para el resto del planeta, es calificado como dictadura por los gringos.
Cuando les conviene acusan a Chávez de dictador, también a Evo y hasta Correa lleva lo suyo. Está claro que el falso dilema es una estrategia del imperio capitalista.
¿Cómo romperlo?
Lo primero es entender y difundir que la única alternativa a la hipócrita democracia capitalista, burguesa, no es la dictadura. La democracia burguesa es una ilusión que enmascara el gran robo de los capitalistas que se apropian de la riqueza que pertenece a toda la sociedad. La única democracia verdadera es la socialista, porque no puede haber verdadera liberación sin liberar a la sociedad de la apropiación del trabajo ajeno, de la riqueza social.
En otras palabras, debemos defender sin sonrojos al Socialismo frente a las formas políticas y económicas capitalistas. Dejar sentado que no puede haber verdadera democracia en el capitalismo, ni puede haber economía eficiente. La economía capitalista siempre es explotadora del humano, agresiva con el ambiente. Es así que no puede haber fábrica capitalista buena, tolerable, la “mejor” fábrica capitalista le hace más daño a la sociedad, a la humanidad, que la “peor” de las fábricas socialistas.
Desde esta base teórica clara se debe enfrentar al Enemigo Capitalista (porque en la lucha por la revolución hay enemigos) de la única manera que esto es posible: con la movilización de las masas, su educación, su organización verdadera, la que garantice su capacidad para defender y construir el Socialismo.
Es necesario consolidar la lógica del Socialismo, su legalidad, romper de raíz con el capitalismo, con su lógica, su legalidad. No es pensable hacer una Revolución y al mismo tiempo mantener, buscar la certificación de los hipócritas demócratas mundiales, de la oea, de la cúpula eclesiástica, de las elites políticas, en resumen, esperar que la canalla nos aplauda.
La conciliación, la concertación, siempre ha significado la derrota de la Revolución, así lo dice la historia, nos lo dice Miranda que firmó un armisticio con Monteverde y terminó sus días en la Carraca. No alerta El Libertador en el Manifiesto de Cartagena, cuando nos dice: “Al abrigo de esta piadosa doctrina, a cada conspiración sucedía un perdón, y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar: porque los gobiernos liberales deben distinguirse por la clemencia. ¡Clemencia criminal, que contribuyó más que nada. a derribar la máquina, que todavía no habíamos enteramente concluido”. En la Campaña Admirable reafirma con hechos y palabras la necesidad de un deslinde. Nuestra historia reciente, nos convence de los peligros de la conciliación con el enemigo burgués, recordemos Abril, que dio pie para la preparación del gran sabotaje petrolero.
El Socialismo sólo tiene una posibilidad, hacerse en contra del capitalismo y del reformismo, las concertaciones lo debilitan, confunden a la masa revolucionaria, los límites difusos disminuyen la pasión revolucionaria. Y Revolución débil es víctima fácil del patíbulo capitalista.