
La Revolución Bolivariana, que es pacífica, confronta problemas teóricos y prácticos inéditos. Uno, de altísima importancia, es la sustitución del Estado Burgués heredado.
Los clásicos preveían la toma del poder por la violencia, lo que suponía la destrucción del Estado oligarca, y sobre esos escombros se edificaría el Estado Revolucionario.
Así fue la Revolución Rusa, la China, y la Cubana.
Una Revolución como la nuestra, que llega al gobierno por vías pacíficas, debe necesariamente atravesar una fase en la que tiene que funcionar dentro del estado oligarca, con sus leyes, su lógica, sus costumbres.
No hay antecedentes, el intento pacífico que tenemos más cercano es la Revolución de Allende, ya sabemos que allá el esfuerzo terminó en el fascismo de pinochet, aunque nos dejó valiosísimas enseñanzas.
¿En estas condiciones, cómo será, cómo encarar la sustitución del Estado heredado? La realidad nos va ofreciendo elementos para entender el proceso de reemplazo. Veamos.
La Revolución, para concretar sus ideas, alcanzar sus metas y también para defenderse, requiere un nuevo Estado. Así surgen las Misiones, bañando a la sociedad de salud, educación, cultura, deporte. La milicia le da una nueva dimensión a la defensa de la Patria y a la unión de lo civil y militar. Es el nuevo Estado Revolucionario que emerge de las exigencias de la realidad.
Es de resaltar, que el Estado que surge está destinado a extinguirse, esa será la medida de su éxito, su desaparecimiento como instrumento de represión de clases, en este caso de la clase antes dominante, la burguesía, indicará que en esa sociedad desaparecieron las clases y con ellas la explotación, se habrá entrado en el reino de la libertad de que tanto hablan los clásicos.
El viejo Estado capitalista se topa con el embrión de Estado que surge de sus entrañas, es manifestación del enfrentamiento ideológico que toda Revolución lleva en su seno.
Este choque no sigue los linderos de la política, los límites señalados por los partidos, no lo interpretan. Es necesario un nuevo mapa que marque las conductas frente al choque de Estados, así identificaremos los campos ideológicos. Veamos.
Los enemigos del nuevo Estado son de dos tipos principales:
Aquellos que lo cuestionan directamente: son los escuálidos capitalistas, olfatearon las posibilidades de Revolución y atacaron al gobierno con golpes y saboteos petroleros. Siguen las instrucciones de los imperios gringos y europeos, son asesorados por sus tanques pensantes y agencias de inteligencia.
Los otros enemigos están dentro de la Revolución: son sutiles, menos percibidos, y por eso más peligrosos. Ponen trabas al nacimiento del nuevo Estado de mil maneras, lo hacen intencionalmente, los guía la ideología restauradora. Obstaculizan a las Misiones, sabotean las socializaciones. Y lo más dañino, promueven formas económicas fragmentadoras, estimuladoras del egoísmo, soporte de la mentalidad capitalista, éstas hacen mucho daño, crean el piso para la restauración.
Otros, se enfrentan al gobierno con la misma lógica con la que se enfrentaban al Estado capitalista, ignoran la nueva situación de guerra entre los dos Estados.
Hasta aquí todo es fácil de percibir, pero falta por señalar uno de los más importantes obstáculos: se trata de la paradoja de que es el Estado viejo, sus instituciones, su legalidad, el soporte del nacimiento del Estado nuevo. De esta manera, los llamados a fundar el nuevo Estado son los funcionarios revolucionarios del Estado viejo, y al hacerlo quedan en un territorio de nadie. Allí todavía no hay legislación, no hay instituciones que lo normen, aún no nacen. Por tanto, se intenta enjuiciar los audaces actos de la fundación de lo nuevo con la legislación que fue construida para impedir ese parto, ignorando que precisamente la Revolución es el estallido de esa legislación.
Esta situación de incomprensión, de no entender que el surgimiento de lo nuevo es una condición de guerra, de exploración de terrenos inéditos, y pretender aplicar la lógica de lo viejo a los pioneros de esa lucha, es asesinar el embrión.
El Estado burgués, instrumento de la dominación burguesa, construido para su perpetuación, se resiste de mil maneras a ser superado. Uno de los problemas principales de la Revolución es cómo hacerlo. La respuesta es difícil, y más si la Revolución transcurre en condiciones pacíficas. La experiencia nos va señalando caminos. Veamos.
En la Revolución pacífica es vaporoso el límite entre lo viejo y lo nuevo, está envuelto en la bruma de la costumbre. Carece del impacto de la toma del poder por un acto de fuerza que inmediatamente genera una pasión, una épica, un sentimiento amoroso, de altruismo, que se hace ley y delimita con nitidez los campos.
El líder de la Revolución pacífica es el jefe del viejo Estado y simultáneamente el generador de su sustitución.
En condiciones pacíficas la comprensión del cambio es más compleja y la exigencia a los pioneros es muchísimo más sacrificada. No hay eventos heroicos, al contrario, las acciones son, con frecuencia, sordas, incomprendidas. Los sistemas de valorización de las conductas se confunden, lo que antes era ilegal, ahora adquiere la legalidad que le confiere la necesidad de hacer y preservar la Revolución. Lo que antes era legal, debe ser condenado por la nueva ética que comienza a surgir.
Estamos en una condición semejante a la Revolución de la Independencia, allá ningún patriota pretendía aplicar el “Código de Indias” a las acciones de la liberación.
Ahora la vanguardia no realiza acciones militares tradicionales, o mejor, las acciones militares se presentan de otra manera: el ejército realiza labor social, los Generales reparten alimentos, los oficiales rescatan damnificados, ahora los civiles se convierten en milicia. La producción es batalla, el ahorro eléctrico es ofensiva contra el enemigo. El trabajo voluntario entrenamiento y acción militar. Las Misiones son comparables con la Campaña Admirable, con Carabobo.
El viejo Estado debe dar lugar a lo nuevo, y debe hacerlo en condiciones pacíficas. Es necesario proteger las formas del nuevo Estado que van surgiendo, es vital amparar a los pioneros en la fundación de este nuevo mundo.
Para eso es imprescindible construir una nueva legalidad, en la que la ley fundamental sea la protección de la Revolución, donde ese sea el principal criterio de legalidad.
Es urgente que los Consejos Comunales y las Comunas dejen de ser entes aislados, fomentadores de egoísmos, y se constituyan en tejido social, soporte de la visión de sociedad y humanidad, sólo de esta manera podremos entender, sentir el espíritu altruista de la Revolución.
De este tejido social, que será esencia del nuevo Estado, se desprenderá la necesidad de nuevas instituciones y manera diferente de elegirlas.
Es imprescindible una ofensiva cultural contra los valores del capitalismo, éstos son apuntalados por todo un aparataje cultural de la dominación que debe ser, primero detectado y luego sustituido por el aparataje cultural de la Revolución. De la cultura debemos separar lo propio de la humanidad, y lo propio de los instrumentos de dominación de la clase dominante. La Revolución no debe ser cándida y pensar que en el arte, en la cultura no hay lucha de clases.
Este es el camino que la práctica y la teoría dictan para la sustitución del Estado burgués, es la manera de consolidar los avances. No hacerlo es dejar a los pioneros y a su obra a la disposición de la voracidad de un Estado capitalista, que se defiende, que aplasta desde adentro y desde afuera a las formas y acciones revolucionarias que van naciendo.