En el fondo lo que se dilucida es la viabilidad de una Revolución en condiciones pacíficas, en el terreno del enemigo burgués, con sus leyes, su lógica y sus costumbres.
La historia señala que los oligarburgueses se mantienen en su legalidad mientras ésta les favorece. Así hicieron en la Chile de Allende, y así hicieron aquí en Abril y en Diciembre. Allende no se salió nunca de la legalidad que heredó de la burguesía, y la derecha, los capitalistas, lo asesinaron en desigual combate.
No hemos resuelto el problema de la legalidad en las revoluciones pacíficas. Parece ser que la legalidad está determinada por la política, ésta decide el momento oportuno para romperla, sustituirla. La oligarquía ha sido más experta en el manejo de esta situación y ha derrotado a la cándida izquierda.
Aquí en estos días se presenta el mismo fenómeno: los oligarcas, los mismos que derogaron la Constitución, ahora a su conveniencia exigen que se respete. De esta manera artera buscan debilitar al gobierno para dar un golpe, lo anuncian con el descaro del que se sabe protegido por la impunidad que les otorga el legalismo.
En Venezuela estamos en medio de una feroz lucha por la hegemonía, las diferentes clases y fracciones pugnan, la mayoría de las veces con sordina, por hacerse con la conducción de la sociedad.
Los últimos acontecimientos: las declaraciones de un General Patriota, la ira que en la derecha provocaron y el pedido de destitución y juzgamiento, pusieron de manifiesto que la pugna llega a límites definitorios. La situación reclama precisiones ideológicas. Veamos.
En el fondo lo que se dilucida es la viabilidad de una Revolución en condiciones pacíficas, en el terreno del enemigo burgués, con sus leyes, su lógica y sus costumbres.
La historia señala que los oligarburgueses se mantienen en su legalidad mientras ésta les favorece. Así hicieron en la Chile de Allende, y así hicieron aquí en Abril y en Diciembre. Allende no se salió nunca de la legalidad que heredó de la burguesía, y la derecha, los capitalistas, lo asesinaron en desigual combate.
No hemos resuelto el problema de la legalidad en las revoluciones pacíficas. Parece ser que la legalidad está determinada por la política, ésta decide el momento oportuno para romperla, sustituirla. La oligarquía ha sido más experta en el manejo de esta situación y ha derrotado a la cándida izquierda.
Aquí en estos días se presenta el mismo fenómeno: los oligarcas, los mismos que derogaron la Constitución, ahora a su conveniencia exigen que se respete. De esta manera artera buscan debilitar al gobierno para dar un golpe, lo anuncian con el descaro del que se sabe protegido por la impunidad que les otorga el legalismo.
Poleo, agente de la cia y de los terroristas de Miami, despliega el plan golpista. Ahora aparece con una receta para acumular fuerza, dice en su artículo: ¿Qué quieren los militares?:
“…positivamente sé que los militares quieren salir de Chávez y participar en la reconstrucción del país (…) lo que no quieren es regresar al sistema de privilegios palaciegos que degradó a la Cuarta República (…) y lo que no van a aceptar es que los pongan en la picota como los culpables de lo que ha pasado y está pasando.”
Poleo, con el descaro del evadido, declara abiertamente que esta conspirando: “positivamente sé que los militares quieren salir de Chávez”, es una declaración de conspiración. Lo puede decir abiertamente por estar amparado por el imperio que cobija a los más connotados terroristas de este lado del mundo, a posada carriles, por ejemplo.
El artículo, advierte poleo, tiene varias capas, invita a entender entre líneas. Es así, podemos deducir que los tanques pensantes gringos [ver páginas 6-7 de esta edición], los halcones del pentágono, están negociando adhesiones por amnistía. De pasada dejan claro que proponen un nuevo liderazgo, pero la misma estrategia subordinadora del país al imperio.
En este empeño golpista, poleo no está solo, marianela, carlosblanco, teodoro, fausto, etc, todos, unos más evidentes, otros más inteligentes, pero todos, son voceros de la intención golpista.
Parece ser que en la Revolución Pacífica, la oligarburguesía no contempla períodos de paz, sólo períodos de enfrentamientos cruentos, y de acumulación de fuerza para el choque. Ya el Libertador en el Manifiesto de Cartagena denunciaba esta actitud que contribuyó bastante para la caída de la primera república. Si los revolucionarios confunden esos períodos de acumulación, con la paz, y bajan la guardia, se dejan narcotizar con las fumaradas de una falsa democracia, entonces estarán cavando con las herramientas heredadas del enemigo, la tumba de la esperanza revolucionaria.
La situación de turbulencia amerita un análisis de las ideologías que pugnan por la dirección de la sociedad. Ya vimos que lo dominante en el bando oligarburgués es la tendencia golpista, a ella se subordinan cada día las corrientes de la falsademocracia. Veamos qué sucede en el campo bolivariano.
La pequeña burguesía no comprende la lucha de clases, o mejor, la comprende pero no puede participar en ella pues carece de proyecto propio, se distrae en objetivos subalternos, arrastra a su causa a sectores campesinos y obreros que aún no maduran para entender su papel histórico.
La pequeña burguesía ante las dificultades propias del avance revolucionario, frente a la necesidad de definiciones, se refugia en la pelea subalterna con la “burocracia”. Es una manera de no ir al fondo del asunto, de esquivar el meollo de la Lucha de Clases: la Propiedad de los Medios de Producción y la Conciencia del Deber Social.
Para los que así piensan, los problemas que confronta la Revolución tienen que ver, no con la ideología sino, por ejemplo, con el mal funcionamiento de un simple buró, entonces, como remedio se toma la casa del partido, y a esa “hazaña militar” reducen la necesaria lucha ideológica.
O se distraen en el ataque a unos burócratas fantasmagóricos, cuya definición calzaría muy bien con los que fungen de abanderados de esta propuesta extraña: ellos han sido o son ministros, diputados, sindicalistas, etc. Aquí cabría parafrasear el proverbio y decirles: “quién esté libre de burocracia que tire la primera piedra”.
Simultáneamente los campesinos agrupados en el movimiento zamorano toman posición en un comunicado, analicemos su postura.
Se preguntan:
“¿Qué sucede con los históricamente aptos para emprender la tarea de vanguardizar los cambios sociales?
“¿Es en Venezuela bolivariana la clase obrera, la llamada a liberarse a sí misma y consigo al conjunto de los explotados?
Y concluyen:
“No todos los trabajadores son obreros. Ni por ser obreros son “puros y están libres de pecado”. Dejémonos de teologismos y de paradigmas eurocentristas, de la absolutista racionalidad judeo-cristiana. La clase obrera es quizás la más complicada en estos días en el cuento de la liberación.
“Los pueblos originarios, el movimiento campesino tienen mayor facilidad de comprender el rol que ocupan en la cadena que alimenta al capital trasnacional, entre otras cosas por su ubicación geográfico-cultural. El movimiento obrero en particular y los trabajadores en general, tienen que romper una doble cadena dominadora, la de la venta de su fuerza de trabajo manual e intelectual, y la del patrón de consumo que les ahoga…”
Claramente se ve la uña de la pequeña burguesía, folklórica, anarcoide. Le temen a la Clase Obrera encontrada con su ideología, asumiendo su papel histórico de conducir a la Sociedad por los senderos de la construcción del Socialismo.
Saben, sienten que el control de la Clase Obrera le impondrá al proceso el sello del rigor teórico, de los cambios profundos necesarios, acabará con las distracciones que nos fragmentan, hará que la marcha hacia el Socialismo deje de ser un sueño utópico y se concrete en hermosa realidad. Por eso le temen, la esquivan con mil inventos inviables, con mil fantasías cuyo único resultado es distraer el camino, debilitar la posibilidad revolucionaria. Cumplen muy bien su papel divisionista de la base social de la Revolución.
En esa postura divisionista, contrarrevolucionaria, pretenden arrastrar a los campesinos, cuando lo Revolucionario es plantear una fuerte alianza obrero-campesina, esa alianza debe ser el pilar principal de la Revolución, debe ejercer la hegemonía.
En un rincón nos encontramos con los filosofastros boxeando con las sombras del hiperliderazgo y lanzando piedras a la marcha de la propiedad socialista y la conciencia socialista, les perturba el Che y Lenin.