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Una información asombra y llama a reflexión. Se trata de la venta del Libertador. Leamos la nota de prensa:

“Un poema manuscrito, una carta firmada y un mechón de pelo de Simón Bolívar fueron vendidos en Londres, en el marco de la subasta de la colección privada de la viuda de un militar británico que combatió junto al libertador americano. La casa de subastas Bonhams ofreció al público la colección de Mary English, la esposa de James Towers English, un general de la Legión Británica de Bolívar.”

La noticia asombra: ¡Vendiendo al Libertador por pedazos, en Subasta! ¿En eso quieren convertir a la memoria, al espíritu de este continente? ¿En eso lo quieren convertir, en una mercancía?  El hecho es absurdo, irrespetuoso, ofensivo. Pero más grave aún es que pase desapercibido, que la afrenta se acepte como algo trivial, no levante la indignación de la América Bolivariana, que contempla imperturbable la venta de su padre. ¿Por qué esta conducta de rebaño, a qué se debe tanta indolencia? Veamos.

El capitalismo, que es una peste que acabará con la humanidad, tiene como soporte principal de su existencia la transformación de todo en mercancía, susceptible de ser vendido y comprado, desde el agua, los paisajes, el alimento, la salud, la medicina, hasta los sentimientos, las artes, los deportes, la naturaleza, el derecho a vivir, el futuro, todo se vende y todo se compra.

El dogma que rige al capitalismo es: “Si da lucro es lícito, no importan las consecuencias”.

El capitalismo ha pervertido la vida, la ha reducido a una compra y venta, a un comercio. Por eso su esencia se hace evidente en el Mercado, allí donde se efectúa la compra y venta despiadada de todo, es que percibimos con más facilidad la degradación de la humanidad capitalista.

No es extraño que en el Mercado, escenario natural capitalista, se oferten riñones, sangre, jabones de grasa humana, no es extraño que existan compañías legales especializadas en vender sangre humana, en traficar con esclavos. Leamos algunos párrafos de una noticia que detalla El Mundo de las ventas de órganos humanos:

“Pujan hasta 900 millones por un riñón y ponen a la venta un bebé. Una pareja ofrecía a su hijo que nacerá en septiembre al mejor postor. El precio mínimo: 15,6 millones de pesetas. Según el anuncio del bebé, los padres son estudiantes de Derecho en Chicago, proceden de familias sin problemas médicos serios y los exámenes demuestran que el feto goza de buena salud. El anuncio también indica que un juez presidirá la transacción. Algunos minutos más tarde de conocerse la noticia, ya no se podía acceder a la subasta”.

Es simbólico que en esa subasta londinense se venda el alma, lo más digno de un Continente, se negocie por pedacitos al Libertador, y eso sea normal, apegado a derecho, no viola ninguna norma. Y que el precio alcanzado por el fragmento del cadáver del Libertador sea un triunfo del mercado es muestra clara del carácter tenebroso del capitalismo, y del futuro de extinción que nos espera si la humanidad sigue sumergida en esa cultura.

Estamos en el deber de superar al capitalismo, de construir el Socialismo de la única manera que eso es posible, yendo a la raíz: superando la hegemonía de la propiedad nosocial de los medios de producción, soporte material de todo el andamiaje capitalista: del Mercado, donde se manifiesta la infamia del trabajo esclavo, de la cultura que justifica y perpetúa el fraude, y por sobre todo, soporte del espíritu egoísta que no deja a la humanidad percibir el fin que se acerca con la depredación capitalista de la vida.

La relación económica capitalista es la culminación de un largo proceso de sistemas sociales sustentados en el egoísmo, en la división de la humanidad: en una minoría poseedora de los medios de producción y una mayoría desposeída, entre esclavos y dueños.

Estos sistemas económicos han generado a través de siglos una cultura que los justifica, los reproduce, y simultáneamente forma al hombre para el egoísmo.

Es así, el capitalismo es la elaboración más acabada del egoísmo. En él caben las manifestaciones más absurdas de individualismo, de antisociedad, a tal punto llega la patología que nos hemos convertido en una especie suicida. Destruimos la naturaleza que nos cobija, y llegamos al absurdo de querer hacer negocios con las consecuencias del desastre: hay quien organiza tours para ver el deshielo polar, y quien piensa vender ventiladores en medio del recalentamiento global. El problema ha adquirido tal magnitud que connotados científicos declaran que ya la especie humana no tiene nada que hacer para remediar el daño. Oigamos a uno de estos científicos:

"Es demasiado tarde para salvar al planeta. Ésta es la conclusión del profesor James Lovelock, el científico británico que desarrolló la Hipótesis de Gaia, una teoría que sugiere que la Tierra es una vasta unidad cuyos componentes interactúan, manteniendo un equilibrio, que, durante miles de años, ha favorecido a la especie humana. En entrevista con la BBC, Lovelock aseguró que la única esperanza de cara a un cambio climático completamente impredecible, es que la Tierra se "haga cargo" de sí misma. "Nosotros hemos apretado el gatillo. No nos propusimos deliberadamente calentar el mundo, pero como resultado de lo que hicimos -construir civilizaciones-, iniciamos un cambio", afirmó Lovelock.”

 De aquí surge una pregunta:

¿Cómo superar al capitalismo suicida?

La guerra contra el capitalismo es cultural, se trata del enfrentamiento feroz de dos culturas, o mejor, de dos especies de seres humanos:

El humano del capitalismo, tallado por el egoísmo mercantil, que todo lo mide por el supuesto beneficio material inmediato, sin ningún tipo de autoestima, capaz de venderse por un plato de lentejas, de ofrecer su tiempo, pero también mercadear parte de su cuerpo, mutilarse por unas monedas para comprar mercancías sin sentido. Esa es la esencia del capitalismo mostrada sin ningún velo, sin ningún pudor.

La cultura comercial, en la que todo se vende y todo se compra, impregna a la humanidad. El sentimiento amoroso está rebasado, arrinconado. La cultura comercial rige nuestra conducta, y comanda nuestras decisiones, las importantes y las triviales.

El axioma que rige a la cultura capitalistas es: “Si obtengo algún beneficio material inmediato es lícito, no importan las consecuencias futuras”.

El hombre del capitalismo está tallado con ese cincel, esculpido por el egoísmo. Ha perdido la capacidad de asombro, justifica cualquier venta y cualquier compra. Importa más, es más noticia, la cantidad de euros que arrojó la subasta en Londres de un fragmento del Libertador, que el hecho brutal de la venta, la subasta de un ser humano. Nada conmueve a la especie.

Ese infiltrado que nos habita es el peor enemigo de la  humanidad, contra él luchamos, intoxica el alma de los humanos, todos portamos dosis de capitalismo. Pero es con ese humano, con nosotros, que se debe hacer la Revolución, superar al capitalismo, salvar la vida. El reto es inmenso, vencer es posible, y es imprescindible.

Nosotros, la Revolución Bolivariana, tenemos una gran responsabilidad en esta batalla. Somos una de las pocas posibilidades de cambio, de zafarnos de la lógica capitalista.

No podemos conformarnos con menos, hacerlo es suicida. Vivimos época de vencernos a nosotros mismos, de intentar lo imposible, de tomar el cielo por asalto, del Paso de Los Andes, del Cuartel Moncada, del 4 de febrero.