
A la hora de evaluar y promover a las Misiones debemos poner énfasis en el sentimiento, en el espíritu, es allí donde está su fuerza, son la muestra del Hombre Nuevo, de la nueva relación humana, del mundo nuevo que queremos construir.
Cuando los cubanos y venezolanos van a Bolivia a erradicar la enfermedad del analfabetismo, o marchan a Haití a aliviar a las víctimas del terremoto, o se ofrecen para socorrer en cualquier parte del mundo, están dando una muestra de amor, están calificando al Socialismo.
El hecho de ir a la búsqueda del que sufre, sin pedir nada a cambio, es un acto revolucionario, de rescate del humanismo perdido en las miasmas del capitalismo. Cuando un país sale de sus fronteras a llevar salud, conocimiento, felicidad, y no a invadir, es una demostración de una sociedad movida por espíritu amoroso.
Ese sentimiento que guía a la Misiones merece el apoyo de la población, es necesario salvarlo, no es el fin, es sólo el inicio del rescate de la integración social, es la señal clara de que la Humanidad es posible, no está condenada a la extinción, de que en Venezuela estamos construyendo una armonía que sustituye al desarrollo depredador, donde las necesidades van tomando su cauce natural, en resumen, estamos construyendo una sociedad que sirva de ejemplo, de alternativa al desarrollismo y consumismo suicida que nos plantea el capitalismo.
El reto es grande, la batalla apenas comienza, la primera manifestación concreta de cambio en el sentimiento del Estado son Las Misiones, ese paso nos indica que estamos en el camino correcto, que seguiremos buscando soluciones a los problemas cotidianos, y por sobre todo a los grandes problemas que agobian a la Humanidad.
En ese camino hemos avanzado mucho, ya sabemos que la respuesta al desastre ambiental tiene que ser una respuesta social, y que la única forma de nuevamente integrar a la sociedad es sustituyendo el capitalismo por el Socialismo. También sabemos que la respuesta está en el rescate del amor por el semejante y por la naturaleza.
Falta mucho camino por recorrer, es necesario un profundo cambio cultural, cambiar la manera de vivir, las necesidades, lo que producimos, como lo producimos, lo que consumimos, la distribución de los bienes, y del trabajo. Sabemos que la respuesta no está en el pasado, pero tampoco en el desarrollo del capitalismo. Se trata de reconstruir la armonía que una vez tuvo la especie.
La Revolución es imprescindible, es asunto de vida o muerte para la especie.
Una Revolución es movida ante todo por un profundo sentimiento de amor, eso son las Misiones, el reservorio amoroso de nuestro proceso, el pilar fundamental de nuestra Revolución.
Entonces, si este pueblo pierde las Misiones, si las entrega a los enemigos de la Humanidad, no sólo estará perdiendo el módulo de Barrio Adentro, o la asistencia deportiva, o la asistencia a los que nunca tuvieron, que les brinda, por ejemplo, la Misión José Gregorio a los discapacitados, estará enterrando la posibilidad de su redención.
Ya la oposición oligarca ha decretado el fin de las Misiones, dictaron que los misioneros cubanos son una “fuerza de ocupación”, cada hora arrecia la campaña contra Cuba. Preparan el terreno para agresiones de envergadura.
Por eso es importante, decisivo, que Chávez, que la Revolución, salgan bien en las elecciones de septiembre. La época postelectoral será de profundización de la confrontación con la oligarquía y el reformismo internacional y nacional. Es necesario que la Revolución entre en esa etapa con la mayor fuerza posible.
Si de las elecciones salimos débiles, sin dudas, la oligarquía envalentonada intentará zarpazo.
Lo que se decide en las elecciones de septiembre no es simplemente la diputación de un circuito, es el destino de la sociedad, del Comandante, del camino del amor.
No podemos entregar ni un milímetro de lo ganado al enemigo oligarca, tenemos que recuperar el terreno cedido en momentos de incomprensión. Es necesario ganar. Demostrar a los oligarcas que estamos decididos a defender nuestro derecho a construir un mundo diferente al desastre en que ellos han convertido a la humanidad.
La historia cuenta de pueblos que han asesinado a sus redentores o no los han apoyado, los dejaron en las garras de los verdugos. Los casos son tan excesivos como incomprensibles.
Recordemos a Cristo, que perdió unas “primarias” frente a Barrabás. O a Bolívar saliendo a los gritos de ¡longaniza! de Bogotá, camino a su muerte. Recordemos a Marx, el teórico del Socialismo, que murió en la miseria, en medio de la humanidad a la que señaló el camino. Al Che, asesinado entre la indolencia de los pobres a los que unió su suerte.
Asimismo se han perdido esfuerzos colectivos de redención: recordemos a Miranda cuando invadió la patria y encontró pueblos vacíos de personas y de amor.
Difícil comprender estos comportamientos sin entender los fuertes mecanismos de manipulación de la clase dominante: son capaces de hacer de los pueblos, como decía el Libertador, “instrumentos ciegos de su propia destrucción”.
En septiembre vamos a una elección en la que se decide la suerte de este pueblo, de la Revolución Bolivariana y del Comandante Chávez.
Esta sociedad vive la hora en que los pueblos deciden entre la esclavitud milenaria, o erguirse para concretar los sueños. Deciden si guillotinan sus esperanzas, o pelean con fuerza por hacerlas realidad. Si será verdugo de sí mismo, o viento que rompa las cadenas que lo convierten en vileza.
En septiembre demostraremos como pueblo de qué estamos hechos: si del barro de lo intrascendente, o de la sangre de los Libertadores.
En Septiembre aflorará el sentimiento, se pondrá a prueba el amor y la gratitud. Se evidenciará si entendimos el mensaje central de la Revolución, o sólo fue una brisa fresca que nos alegró una tarde.
La Revolución es ante todo un profundo acto de amor. Es aprender a amarnos a nosotros mismos, a nuestros semejantes, a la naturaleza.
Esta Revolución, si alguna característica tiene es la de haber sido siempre “guiada por profundos sentimientos de amor”. Impregna hasta sus errores, y tiene que ser así. Una Revolución si se equivoca debe ser para el lado del amor, de esa manera la posibilidad revolucionaria se mantiene, al contrario, el camino del odio la condena.
Esta Revolución está bañada de amor, la principal muestra la ofrece cuando funda las Misiones Sociales.
No hablemos de números que sabemos extraordinarios, fijémonos en la intención amorosa: pensemos en la voluntad redentora de enseñar a leer, de sacar al pueblo de la prehistoria, sintamos la intención de llevar salud y sobre todo amor a lugares donde nunca pisó el oligarca.
Imaginemos que las Misiones mueran… De qué tamaño será el vacío en el alma del pueblo que participó en el asesinato del amor. Cómo nos explicamos a nosotros mismos que pusimos en manos de la oligarquía el patíbulo donde las sacrificaron. Sería catastrófico, sería el preámbulo de una infinita noche de aterradora miseria espiritual y material.
En septiembre el amor no morirá. San Pedro Alejandrino no se repetirá.