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Por: Neftalí Reyes

La situación de Honduras atrae la atención de buena parte del mundo, la OEA, el Grupo de Río, La ALBA. Todos se pronuncian. Los gringos intervienen con descaro. Todos analizan las circunstancias, los pronunciamientos abundan.

Sin duda Honduras es una importante cátedra para los pueblos del mundo. Veamos.

Una madrugada el Presidente electo de esa nación es sacado en pijama de su casa, llevado a una base militar gringa y de allí en avión al extranjero. Se rompía así la legalidad, se dio un golpe de Estado.

Inmediatamente el pueblo hondureño se movilizó, salió a la calle a protestar y a retar a las fuerzas golpistas.

De allí en adelante hubo pronunciamientos de los organismos internacionales, intentos de Zelaya de volver a su país. Hasta el día de hoy que el depuesto Presidente se encuentra en la Embajada de Brasil, desde allí negocia con los golpistas, en un tira y encoge absurdo.

Más allá de la anécdota, de Honduras podemos sacar varias enseñanzas.

La primera enseñanza es que la legalidad oligarca sirve sólo para sustentar a un sistema oligarca, es legalidad para mantener a la sociedad dentro del sistema oligarca. Al menor asomo de independencia, cuando el gobierno se sale del cauce oligarca, nacional o internacional, entonces los mismos oligarcas rompen esa legalidad. A Zelaya lo tumban por no apoyar el cerco contra Chávez, Cuba y la ALBA.

La segunda enseñanza es que cuando esa legalidad se rompe y el pueblo sale a la calle, es hora de instaurar otra legalidad, ahora revolucionaria, a partir de ese momento las masas actuantes sustituyen a las pasivas masas votantes.

La tercera gran enseñanza es que un pueblo en la calle necesita de organización y líderes dispuestos a dar el salto, a fundar una nueva legalidad. El pueblo solo, sin dirección, se desgasta, difumina sus esfuerzos, es atrapado nuevamente por la legalidad, la lógica de la oligarquía.

En resumen, un hecho revolucionario es una ruptura profunda, con la legalidad, la cultura, la psiquis, y esa ruptura deben guiarlas los dirigentes. Cuando los dirigentes se quedan luchando dentro de la lógica, la cultura oligarca, nunca pueden producir los cambios que las sociedades reclaman.

Pase lo que pase de aquí en adelante, Zelaya quedó atrapado dentro de la lógica oligarca, y refundó una nueva doctrina: el Zelayismo, el de los dirigentes que teniendo oportunidad para cambiar, que son llamados por la historia para lo grande, no dan el salto, no corre riesgos, ni se despeinan y pasan sin pena ni gloria.

Otra gran enseñanza de Zelaya es que, un líder, si pretende ser revolucionario, no puede actuar con el frío cálculo egoísta, pidiendo red de seguridad, tiene que restearse. La historia es benévola con los líderes que asumen riesgos, y no perdona, condena, a los que caminan con el salvavidas debajo del brazo.

Nuestra historia, desde Bolívar hasta Chávez, está llena de líderes que corrieron riesgos. Y también poblada de la melancolía de los que no se atrevieron.

El fenómeno Zelaya tiene la virtud de hacernos pensar en la legalidad oligarca, es un ejemplo muy claro de la hipocresía, la falsedad que la envuelve, develar su verdadera esencia es muy importante para los movimientos liberadores.

Debemos entender que no existe una legalidad por encima de la clase dominante, la legalidad se construye para sostener, perpetuar, al sistema dominante, en este caso al sistema capitalista, al servicio de esta permanencia se encuentra toda la actividad de la sociedad, desde la cultura, la economía, y por supuesto las leyes.

Cuando el sistema capitalista está en peligro todas las convenciones se fracturan, entonces, surge su verdadera esencia: lo único que le importa es mantener las posibilidades de obtener ganancias.

El sistema no tolera la más mínima disidencia, sabe detectar a sus verdaderos enemigos y los enfrenta aún en el embrión.

La historia nos enseña la realidad de la lucha, la despoja de maquillajes.  Ejemplos abundan de la oligarquía, el capitalismo irrespetando, pisoteando su misma legalidad, aquí mismo lo de Honduras es una clara muestra. Veamos.

El Presidente Zelaya derrocado, es decir violentada la legalidad ficticia, se impone la legalidad real, la de la fuerza, la que defiende los intereses capitalistas.

Entonces inmediatamente la lucha se traslada a la legalidad ficticia, al mundo de la ficción: la OEA, el Grupo de Río, hasta la ONU, se pronuncian, pero todo en la lógica ficticia, no la trascienden, y por supuesto, todo queda igual, el sistema capitalista es protegido.

Zelaya penetra, va a una embajada, parlamenta, dialoga, siempre atrapado en la legalidad ficticia. Esto se traduce en que el sistema capitalista salió ganando. Le demostró al mundo que la amistad con el ALBA, con Chávez, no es asunto trivial, significa salirse de los mandamientos del imperio, y eso tiene su precio, requiere alta dosis de coraje y de comprensión.

Se demostró que no se puede avanzar en armonía con los organismos internacionales, que son agencias de protección de la legalidad ficticia, esto es, de la defensa de los intereses capitalistas.

 Intervienen sólo para proteger, garantizar los intereses de los capitalistas, de los oligarcas, nunca van a apoyar la más mínima acción que favorezca los intereses del Socialismo.

Ahora, tenemos un ejemplo con la agresión de que somos víctimas por parte del imperio que utiliza a la hermana Colombia como instrumento. Entonces a los países “amigos” como Brasil y España, sólo se le ocurre una mediación en la frontera, no les pasa por la cabeza y menos por el bolsillo condenar las bases y la agresión solapada de los gringos, se hacen los musiues.

Mientras tanto el peligro aumenta, la agresión continúa.

Y se demuestra, en definitiva, que la Revolución debe, tiene que sustituir la legalidad capitalista, por su legalidad.

Aquí en Venezuela tenemos ejemplos, de realidad ficticia atrapando procesos y hombres: Bolívar fue víctima de la legalidad real, los intereses del naciente imperio gringo y de la oligarquía que surgía manchada en sangre de patriotas, se impusieron con su legalidad real, defendieron sus intereses, y llevaron al Libertador a San Pedro Alejandrino. Los pueblos abusados en su credulidad, y arropados con la legalidad ficticia se paralizaron frente al crimen.

Honduras es una lección clara de la legalidad real, la de Micheleti y el imperio, y la obstinación en permanecer en una legalidad ficticia, la de Zelaya.

Surge una pregunta: ¿Cómo hacer para zafarse de la trampa de la legalidad hipócrita?
La respuesta es una:

La legalidad de los oligarcas capitalistas es la defensa del capitalismo, el sistema de apropiación del trabajo y la riqueza ajena, lo que lo favorezca es legal, lo que lo perjudique es ilegal.

Entonces, la legalidad de los revolucionarios es la defensa de la Revolución, lo que la favorezca es legal, lo que la perjudique es ilegal.

Estas son las dos legalidades que se enfrentan, lo demás es ilusión.

Para la Revolución es imprescindible, vital, entender la legalidad, saber que la Revolución supone la sustitución de la legalidad burguesa, capitalista, por la legalidad revolucionaria. La Revolución es la irreverencia frente al sistema capitalista, y por tanto, la insurrección frente a su legalidad.

Para la Revolución es vital entender que la legitimación de su legalidad se la confiere el pueblo organizado, conciente, movilizado alrededor de la causa revolucionaria.