
POR: NEFTALÍ REYES
Las revoluciones que llegan al poder después de una lucha armada cuentan en su acervo con una tradición de sacrificio, de renuncia, de entrega. El rigor de la lucha es crisol de voluntades.
Así acompaña a estas revoluciones un caudal épico donde se afinca el imaginario popular, la autoridad moral de los cuadros dirigentes de estas revoluciones se agiganta sobre el pedestal de sus hazañas guerreras.
La vida militar, la cercanía del peligro hace que la relación entre el equipo dirigente adquiera dimensiones de hermandad, el compartir el riesgo de vencer o morir, el vivir las mismas privaciones propias del campamento, convierte al núcleo dirigente en una cofradía forjada en altos ideales.
Las revoluciones pacíficas, no poseen esta característica, la mayoría de sus protagonistas no son legendarios, la autoridad moral del cuadro dirigente es vulnerable, debe buscarla, construirla de otra manera.
La conducta de los revolucionarios, todos, pero más los dirigentes de una Revolución Pacífica “debe ser y parecer revolucionaria” hasta el exceso, demostrar que se vive de otra manera, sólo así tendrán ascendencia sobre la masa, eso es verdad en cualquier país, pero más en un país petrolero, donde la riqueza es inmensa y la corrupción y el facilismo forma clases sociales, y talla conductas.
El enemigo oligarca conoce esta característica, esta debilidad de la Revolución pacífica, por eso tiene laboratorios exclusivamente encargados de minar la calidad moral de los dirigentes revolucionarios, de allí surgen las campañas y rumores de que aquel tiene una avioneta, el otro un edificio, el otro por allá tiene un yate, el de más allá compró una fábrica, el de acullá una hacienda, transforman así una ficción en certeza de corrupción, de debilidad revolucionaria que bastante daño hace a la Revolución.
En época de bonanza, cuando la cobija alcanza para todos, cuando la exigencia popular es poca, no percibimos la importancia de acerar la voluntad y la moral, el requerimiento ético, la necesidad del ejemplo pasa casi desapercibido.
Cuando llegan las penurias de la crisis, cuando la masa necesita ser guiada a terrenos de sacrificios, allí es cuando se ve el daño que nos hicieron con la campaña de descrédito.
En época de penurias es imperativo el sacrificio de todos, pero, ¿cómo pedirlo, quién lo solicita?, si todos hemos sido sometidos a una campaña de descrédito, desde los miembros de las misiones a los que calificaron de “chusma clientelar”, hasta los dirigentes más altos que fueron estigmatizados con la mala fama.
El primer requisito para enfrentar la situación es la unidad, la unidad significa un sólo cuerpo armónico, de allí lo que perjudique al cuerpo social nos perjudica a todos. Y tanto perjudica la calumnia, como la impunidad. Siendo así debemos combatir la corrupción tanto como a los rumores oligarcas que desacreditan sin fundamento.
Siempre teniendo la visión de que una vida austera, frugal, lejos de todo lujo y todo dispendio es la mejor garantía de honestidad revolucionaria.
Lo segundo es que el núcleo dirigente dé muestras en exceso de vocación de sacrificio por la causa revolucionaria, que sirva de paradigma, de ejemplo revolucionario, el núcleo dirigente debe construir, constituir una referencia con autoridad moral para pedir los necesarios sacrificios para enfrentar la crisis. Deben identificarse con los desposeídos, hacerse humildes y desposeídos, amarlos para ser amados por ellos.
Una Revolución es un cambio de cultura, de manera de vivir, de relacionarse los humanos, de motivaciones, es un cambio profundo comparable con el nacimiento para un niño, es el nacimiento de una nueva sociedad, viene acompañado de dolores, y delicias, es un sacrificio gozoso, un llanto de alegría, una exaltación.
Los pueblos deben prepararse para la hermosa aventura de cambiar, es difícil y traumático abrir los ojos a la luz, entrar en un nuevo mundo… Construirse nuevo.
Correr el riesgo de soltar amarras, abandonar la seguridad, las cadenas que nos atan a un puerto de dominación que nos condena a la mediocridad y navegar en mares de creación y realización humana.
Hasta ayer el cambio parecía ser una opción entre muchas, se pensaba que era posible permanecer si nos apetecía, sólo los más audaces planteaban saltar del nido que prometía seguridad, proponían volar.
Pero, hoy, cuando el planeta tiembla aterrorizado por el fracaso de todo un sistema, de toda una civilización, cuando ya es conocido por todos el peligro de extinción de la especie y de la vida planetaria, la necesidad de cambio es de vida o muerte, ya no hay opción, o cambiamos o perecemos.
En estás circunstancias es imperativo el parto que de origen al nuevo mundo, al hombre nuevo. Es urgente prepararse para el cambio, los líderes serán líderes en tanto estén preparados para guiarnos, para guiar a la masa en la travesía del cambio.
Debemos prepararnos para el sacrificio que eso significa.
El sacrificio es el cambio. Salir de una manera de vivir donde la ilusión de soluciones individuales guía la existencia. Romper con el mundo de ficción creado por los medios de deformación dominantes, un mundo donde realidad y mentira se unen en diabólica mezcla, donde los mecanismos mediáticos de deformación crean de pompas de jabón grandes murallas, miedos donde todo debería ser esperanzas, rechazo de lo que debíamos aceptar con alegría, gozo de la guadaña, ceguera en la luz, resignación en la oscuridad. El sacrificio es el dolor de parirnos a nosotros mismos.
El sacrificio es, parir con la imaginación un nuevo mundo y construirlo, establecer unas nuevas relaciones entre los humanos, o mejor rescatar las viejas relaciones de los cristianos primitivos: “de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad” rescatar el “amaos los unos a los otros”.
El día que entendamos que una sociedad basada en la espiritualidad y no en la materialidad es la que puede proporcionarnos felicidad, que sólo así podremos conquistar la armonía que nos permita darle continuidad a la especie, que solo la humanidad será viable si restituye la armonía dentro de sí y con la naturaleza.
La riqueza verdadera está en ser mejores, en ser humanos, y no en las alternativas que nos propone el capitalismo: Ser mercancía o ser excluidos de la sociedad.
Este cambio es un sacrificio, es doloroso como un parto, como un nacimiento, pero es necesario, vital, los líderes que lo propongan con audacia y eficacia serán los que en definitiva se ganen la credibilidad de las masas, los que la puedan dirigir.
Los líderes que continúen con las viejas costumbres, en las antiguas conductas, paliando crisis, driblando problemas, sin ir al fondo, sin correr riesgo, esos no tendrán soluciones que ofrecer frente a las crisis y quedarán encallados a la vera de la historia.
Sólo los pueblos que tengan alta capacidad de sacrificios, serán los pueblos destinados a construir mundos, a salvar a la humanidad, a ser esperanzas, a demostrar que el hombre no es una pasión inútil, como predicaba un filósofo.