Editoriales

Neftalí Reyes

Manuel Cabieses

Rosa Tristán

Reflexiones de Fidel

Discursos

Entrevistas

Libros por Entrega

Poemas

Caricaturas

Artículos Especiales

Contáctanos

Ir a Página Principal

Todo Es Una Sola Cosa

Una entrevista con Haydée Santamaría

 

Originalmente publicada en la revista Santiago en 1975, esta entrevista fue retomada por los compañeros de la Casa de las Américas , en un intento por dejar constancia de los valiosos e ilustrativos recuerdos de Haydée sobre algunos de los sucesos más importantes de la Revolución Cubana : el ataque al Moncada, la formación del Movimiento 26 de Julio, y su enrolamiento en la clandestinidad. Ofrecemos a nuestros lectores las impresiones de Haydée su vida clandestina en la ciudad de Santiago de Cuba y sobre los inicios de la guerrilla de la Sierra Maestra luego del desembarco del Granma.

Otra vez Santiago solidaria…

Eso fue tremendo. La reacción que tuvieron los santiagueros el 30 de Noviembre fue tan grandiosa, tan alentadora, que ése fue uno de los días que más feliz me sentí de haber salido con vida del Moncada porque vivir esa solidaridad fue algo que nunca podré olvidar... ¡Cuántas veces Armando y yo lo recordamos!

Ya lo habíamos sentido Melba y yo cuando estuvimos en la cárcel. Ahora, cuando el mismo día 30 de Noviembre empezamos a conocer que familias y más familias dejaban abiertas las puertas de sus casas para ayudar a esconderse o escapar a gente que ni siquiera conocían, sacándolos por los tejados, ocultándolos, y que todo el que había empujado una puerta se había salvado, no había caído en manos de los esbirros... Las pocas bajas que tuvimos el 30 se debieron a eso, que si no, hubieran sido muchas más.

El plan que habíamos hecho con Frank [País] era el de retirarnos hacia la Sierra a reunimos con Fidel una vez que hubiéramos terminado las acciones de apoyo al desembarco en Santiago. Nos dimos a la tarea de preparar un camión con armas y comida - en aquella casa había una impresionante cantidad de huevos y los hervimos todos - . Montamos todo en el camión. Con nosotros en ese vehículo subiría un contingente de compañeros. Como ya se había estado combatiendo fuertemente en varios puntos de la ciudad se discutía si la salida hacia la Sierra iba a ser posible o no, pues el Ejército debía estar tomando sus medidas. Mandamos un yipi por delante para ver si los caminos estaban tomados. Ya la salida era imposible, las carreteras estaban bloqueadas por las tropas de la tiranía. Quedaba entonces luchar y luego dispersarnos dentro de la propia ciudad.

Al principio los combatientes que había en la casa eran bastante numerosos, pero cuando vimos que ya incluso nos estaban sobrevolando helicópteros, se les fueron dando diversas misiones a los compañeros, para hacerlos alejarse del lugar sin que se sintieran afectados; se sacó primero a las muchachas y luego se fue mandando a los compañeros, quedándose al final un grupo reducido. Suponíamos que la casa ya debía haber sido descubierta y podría estar siendo cercada, por algunos informes que traían compañeros que llegaban a reportar el cumplimiento de sus acciones. Frank quiso quedarse combatiendo hasta el fin allí, para darle más tiempo a Fidel y sus compañeros para desembarcar y remontarse en las lomas.

Ese día reviví con enorme fuerza la experiencia que habíamos pasado en el Hospital cuando el Moncada: esperamos allí, nos rodearon, y no pudimos salir. Me había quedado siempre pensando que si hubiéramos salido un poco antes, cuántos compañeros no hubieran quedado vivos, entre ellos, quizás, el propio Abel. También habíamos sabido que muchas manos amigas santiagueras se tendieron a los compañeros que habían participado en el Moncada, y que gracias a eso varios habían podido escapar. Me había quedado pensando desde entonces que las cosas hubieran podido ser distintas de como fueron.

Y el 30 de Noviembre, cuando Frank propone quedarnos combatiendo hasta el fin en la casa de Santa Lucía y San Félix, me asalta nuevamente el recuerdo de lo del Hospital, en otro sentido. Cuando el Moncada, había sido necesario quedarse combatiendo para garantizarle a Fidel la retirada hacia las lomas. Naturalmente que si en Santa Lucía nos hubieran rodeado enseguida, no hubiera quedado más remedio que combatir, pero yo veía enormes posibilidades de salir aún, y además me daba cuenta de que el parque que teníamos no iba a permitir sostener una acción prolongada. Era preferible combatir en la calle que en aquellas circunstancias, y morir en la calle si ésta era la alternativa.

Y es que también la historia volvía a repetirse de otros modos. Los hechos volvían a reunirse en otra forma y se entremezclaban: había otra vez un Abel, había un Boris, había una Melba. Nuevamente personas tan queridas a mi lado. No, aquello no podía repetirse. Había que salir a la calle, atacar a tiros a los esbirros, buscarlos en lugar de esperarlos. Era mil veces preferible morir así que ser acorralados vivos otra vez. Por otra parte, había posibilidades de que algunos pudieran salvarse. Estaba segura, lo sentía así.

La insistencia mía hizo que Frank tomara finalmente la decisión de salir de aquella casa. Él era el Jefe de Acción, pero me vi en la necesidad de apelar a mi condición de combatiente del Moncada para hacerle oír mi punto de vista en aquel momento. Y le dije, además, que él tenía el deber de vivir, que tenía que quedar vivo porque Fidel lo necesitaba. Acabó aceptando mi planteamiento, lo encontró lógico. Entonces nos dispersamos. Frank se fue para el Instituto, donde los muchachos aún estaban combatiendo, a ver qué había sido de un mortero que teníamos allá, y ahí se entró a tiros con los guardias - esto lo supimos después, porque estuvo dos días sin aparecer por casa de Vilma - . Armando [Hart] y yo salimos poco después con Vilma para la casa de San Jerónimo.

Muchos compañeros se salvaron gracias a aquellas puertas abiertas que dejaban las familias santiagueras. Cuántas veces en otras oportunidades Armando y yo veníamos de una misión, o se daba un tiroteo, veíamos acercarse una patrulla, entrábamos en la primera y decíamos: «¿Qué tal?»; pedíamos un poquito de agua, nos ofrecían café, y cuando ya había pasado la patrulla: «Bueno, hasta luego, gracias». Nadie preguntaba nada. Y no estoy hablando de gente que nos conociera, porque empujábamos la puerta más próxima. Cualquiera, no teníamos ni que tocar la puerta: «¿Tienen un poquito de agua?» «Cómo no, pasen, ¿quieren, un poquito de café?» Así como se lo cuento. No puedo ni recordar cada una de las casas en que entramos, ni creo que ellos nos recuerden a cada uno de nosotros, porque seguro que en esos años acogieron a muchos otros compañeros. Claro, si una patrulla nos hubiera sorprendido y atacado en la calle, y tenemos que enfrentarnos a ella, no íbamos a meternos en una casa para resistir allí, arriesgando la vida de toda una familia.

¿Cuándo se decidió la salida para la Sierra ?

Después que bajó Faustino. No recuerdo exactamente cómo fue la coordinación… Salimos hacia Manzanillo. Allí nos encontramos con Celia [Sánchez] y con Guerrita Matos, y ahí nos reunimos con Mathews, el periodista norteamericano. Recuerdo que Guerrita Matos iba manejando el yipi. Llegamos hasta un lugar, bajamos y en grupos separados empezamos a caminar. Primero iba Mathews, después nosotros, pero tuvimos que caminar relativamente poco porque Fidel y los compañeros, para que el visitante caminara lo menos posible, acordaron un lugar cercano para el encuentro. Cuando creíamos que faltaban horas de caminata, de repente nos sorprendió la posta dándonos el alto.

Y con motivo de la visita de Mathews se hicieron algunas cosas para darle a ese primer periodista la impresión de que ya había cierta amplitud y organización territorial. Y la verdad, allí estaban con Fidel ese día apenas unos cuantos... doce o quince compañeros, con poquísimas armas, casi sin zapatos, con una ropa que daba pena. Cuando venían donde estaba Mathews unos y otros tenían que pasarse la ropa y las botas más presentables, para que el hombre no se diera cuenta de la verdadera situación.

Recuerdo también que durante aquella visita se oyeron unos tiros y Fidel, que sabía que esos no eran nuestros - a mí todavía todos me parecían iguales - , dijo: «Ése es el Ejército batistiano. No se atreven a subir. Ellos saben que estamos fuertes aquí y no se atreven, esos cobardes no se atreven a subir». ¡Me dio una alegría tremenda oír eso…! En ese primer viaje a la Sierra , Frank y yo veníamos hablando por el camino de la necesidad de sacar a Fidel de la Sierra , de que había que ver de qué forma se podía ir sacando a los compañeros para reorganizarse en otro lugar y efectuar un nuevo intento que ofreciera mayor seguridad de éxito. Frank creía sinceramente que no se podía arriesgar a Fidel, que las condiciones para subsistir en aquellos momentos en la Sierra eran muy difíciles. Yo estaba de acuerdo con Frank. «Bueno, ¿tú se lo vas a plantear?» «Sí, en la primera oportunidad que tengamos». «Entonces, tú empiezas la conversación y yo te apoyo». Con aquello en la cabeza, íbamos

Pero cuando Fidel se sienta a conversar con nosotros, nos empieza a preguntar todo lo ocurrido y, después de darle toda la información necesaria, se dirige en especial a Frank y empieza a decirle que necesita tantas balas de qué se yo, tantos fusiles, que cuánto se había podido salvar del armamento del 30 de Noviembre, que cuándo y cómo se iba a mandar eso para la Sierra. Hablaba con un optimismo tremendo, con una seguridad. Que lo único que necesitaba era armar allí a cien hombres, que lo demás estaba ganado. Y luego, mirándome a mí muy fijamente: que si eso se hubiera logrado desde el Moncada, que eso es lo que él quería cuando el Moncada, que ahora poco a poco se iban a ir reuniendo armas y con aquello íbamos asaltando pequeños cuarteles, cogiendo las armas que se tomaran en ellos para fortalecer y ampliar el grupo de combatientes… Bueno, nos trasmitió tal confianza que no sólo no planteamos lo convenido, sino que, ni nos acordamos. Nos vinimos a acordar estando ya de vuelta en Santiago. ¡Y qué razón tenía! ¿Se imaginan el disparate que era salir de la Sierra , volver en otro Granma y pasar por otro Alegría del Pío?... Es esa cosa que tiene él tan extraordinaria.

Además, cómo uno se sentía seguro allí. Esa noche dormimos en un firme. Había una sola frazada y nos acostamos muy pegados uno del otro para aprovechar la frazada aquella - claro, los de los extremos llevábamos la peor parte - , pero con todo y eso, dormí tan profundamente, pero tan profundamente… que incluso estaba bajo una mata y me caía una gotica de agua, y ni aquello me impidió dormir así. Esa seguridad se la daba a uno la Sierra. La vida cotidiana allí era difícil, era muy dura, particularmente al principio: falta de comida, de abrigo, de zapatos, dormir en el suelo, sin hamacas, tener que cargar las cosas durante las caminatas. En los primeros momentos, además, todo te molestaba. No estabas acostumbrado todavía. Pero, les digo, por duro que resultara aquello, sentías una seguridad. Yo por lo menos, iba para la Sierra , estaba allá un tiempo y bajaba recuperada totalmente. Claro, la vida clandestina en la ciudad tenía sus particularidades: vivías bajo una tensión constante, sabías que te podían detener en cualquier momento, que te podían matar en cualquier momento. Tenías que dormir con un ojo abierto siempre.