Todo Es Una Sola Cosa
Una entrevista con Haydée
Originalmente publicada en la revista Santiago en 1975, esta entrevista fue retomada por los compañeros de la Casa de las Américas , en un intento por dejar constancia de los valiosos e ilustrativos recuerdos de Haydée sobre algunos de los sucesos más importantes de la Revolución Cubana : el ataque al Moncada, la formación del Movimiento 26 de Julio, y su enrolamiento en la clandestinidad. Casa volvió a publicar la entrevista en su propia revista tras la muerte de Haydée, como un “modesto intento de contribuir al homenaje de los sucesos del 26 de julio, el cual afortunadamente evocará la memoria de esa excepcional persona que, para orgullo nuestro, fue nuestra dirigente y es nuestra constante guía.”
¿Cómo se crea el Movimiento 26 de Julio? ¿Cómo los distintos grupos existentes, los Moncadistas, los del MNR (Movimiento Nacional Revolucionario), los de Oriente, van nucleándose en una sola organización y empiezan a integrar nuevos compañeros de otras procedencias?
Me resulta difícil recordar con exactitud las fechas y hasta algunos hechos. A veces hay cosas que se me unen, y no siempre sé si ocurrieron en la Sierra Maestra , en Santiago de Cuba, o en el Moncada. Se me confunden ciertas imágenes, porque todo eso no fue más que una sola cosa, una sola lucha. Para mí hay una sola fecha: antes del Moncada, y después del Moncada.
Hay que partir del momento en que salieron nuestros compañeros del presidio de Isla de Pinos, e incluso de un poquito antes, de cuando Melba y yo salimos de la cárcel de mujeres. Nosotras tuvimos siempre una orientación muy precisa de Fidel: había que saber dónde estaban todos nuestros compañeros. Algunos habían podido salir al extranjero, y debíamos averiguar en qué país estaban, y en la medida en que fuera posible hacer que se reunieran en un mismo país. No recuerdo ahora si era México o Guatemala. También debíamos localizar a los compañeros que estaban aquí y que por distintos motivos no habían podido participar en el ataque al Moncada - por falta de armas, por problemas familiares, por distintos motivos - compañeros que habían quedado muy traumatizados por aquello y que sentían profundamente todo lo que había sucedido.
A estos compañeros ni siquiera tuvimos que ir a buscarlos. Inmediatamente vinieron a vernos. Algunos se arriesgaron incluso a ir a visitarnos a la cárcel, a pesar de que siempre dijimos que no lo hicieran. Es decir, que en realidad Melba y yo no tuvimos que darnos a la tarea de buscarlos. Ellos venían solitos, porque no resistían el no haber podido ir aquel 26 de julio, y querían actuar. Así, empezó a tomar forma los que más tarde sería el Movimiento. No tenía nombre. En aquellos momentos nos decían los «moncadistas», y a Melba y a mí las «moncadistas». Va surgiendo una pequeña organización con el propósito de realizar varias tareas. La primera de ellas fue la publicación y la distribución de La historia me absolverá, que recuerdo que fue uno de los trabajos más difíciles. Tal vez fue uno de los más angustiosos, porque sólo de pensar, que podíamos fallarle a Fidel, que tanto confiaba en nosotros, y que estaba allá, en el Presidio, era tremendo. Hoy eso se ve fácil, pero en aquellos momentos de verdad fue muy difícil. Casi no teníamos recursos. A mí, que hoy todo me parece fácil, cuando recuerdo aquello me pregunto cómo se pudo. Y fue una de las cosas que siempre me dieron mucha fe, que me alentaron. Porque si se pudo realizar aquello, todo lo demás se podía realizar también.
El trabajo con La historia me absolverá fue decisivo para comenzar a formar la organización que necesitábamos. Para los compañeros de Santiago de Cuba, por ejemplo, fue la primera tarea concreta para lo que ellos también llamaban «el grupo del Moncada». Allí varios santiagueros: Frank, Vilma, María Antonia Figueroa, que pertenecían a otros grupos, prestaron una valiosa ayuda para poder distribuir ese material. Y, además, la historia me absolverá fue para ellos una revelación, porque vieron que había un programa. Un programa nada pequeño para aquellos momentos. Un programa que planteaba toda una serie de objetivos a alcanzar, y alrededor del cual nos nucleábamos.
Después nos dimos a trabajar por la amnistía, que fue otra tarea que contribuyó a ampliar y reforzar la organización. Cada vez que se iba a celebrar un acto en esos llamados «políticos» para una campaña electoral, había siempre grupos de compañeros que gritaban: «¡Amnistía/Revolución! ¡Amnistía/Revolución!» Gritar revolución estando nuestros compañeros presos no era cualquier cosa, porque repercutía sobre ellos mismos. Pero nunca tuvimos orientación de Fidel de que se dejara de hacer, a pesar de que luego eran ellos los que sufrían las consecuencias. Porque, claro, nosotros podíamos dispersarnos, escondernos, a unos los cogían y a otros no, pero ellos estaban presos, y cuando no lograban atrapar a los de la calle, los de allá pagaban las consecuencias. A Fidel le gustaba más que gritáramos revolución que amnistía.
Habíamos empezado a tener contacto también con compañeros de La Habana que pertenecían al MNR (Movimiento Nacional Revolucionario). Fueron varios, aunque a los que más recuerdo son a Armando y a Faustino. Esos compañeros empezaron a visitarnos a Melba y a mí espontáneamente, y desde el primer momento tuvieron que ver con las actividades que se realizaban. Incluso, no hacían nada por cuenta de ellos sin comunicárnoslo a nosotros. Recuerdo que una vez se propusieron rescatar a un compañero que estaba preso en un hospital, herido, y nos vinieron a plantear que ellos lo hacían «si no perjudicaba a los compañeros que estaban en Isla de Pinos». Nosotros sabíamos que a los compañeros que estaban en Isla de Pinos cualquier acción los perjudicaba, pero no íbamos a dejar de actuar por eso, no podíamos. Y lo hicieron.
Así conocimos a muchos compañeros.
Cuando los compañeros salen de Isla de Pinos ya mucho de lo mejor de nuestra juventud está muy cerca de Fidel y de los llamados «moncadistas», porque nunca dejamos de actuar, de hacer cosas, de sumar fuerzas. Al quedar en libertad Fidel, lo pusimos al corriente de todos nuestros contactos. Y le dijimos lo que pensábamos de todos nuestros compañeros, y recuerdo que contestó: «Lo que sean ellos lo va a decir el tiempo».
¿Cuándo se acuerda constituir el Movimiento 26 de Julio?
A la salida de Fidel de la cárcel. Recuerdo que todavía en el ferry en el trayecto de Isla de Pinos a Batabanó - en ese viaje que duró casi toda una noche - Fidel les dijo a los compañeros que después de que estuvieran dos o tres horas con sus familiares nos íbamos a reunir para conversar.
Ahí empezamos a intercambiar ideas y Fidel planteó que ya había que darle un nombre a la organización. Escuchó lo que cada uno opinábamos y casi estoy segura de que fue él mismo quien propuso que se llamara Movimiento 26 de Julio.
A mí me gustaba ponerle Moncada. Me había acostumbrado a que nos dijeran «moncadistas», y realmente sentíamos un orgullo muy grande cuando aquellos esbirros nos decían con desprecio: «¡estas moncadistas…!» A Melba y a mí nos detuvieron varias veces después de haber salido de la cárcel, y cada vez nos decían: «¡las moncadistas estas…!» Y sentíamos un orgullo muy grande. Entonces me había aferrado un poco a la idea de ponerle Moncada a la organización. Fidel consideró que ponerle Moncada encerraba la cosa en un marco un poco estrecho, muy de grupo, y que tenía que ser algo más amplio. Yo decía que lo de Moncada no era solamente aquel hecho, que ese cuartel llevaba un nombre, pero Fidel me hizo ver que ese nombre había sido deformado, que ya no era verdaderamente el nombre de un gran patriota santiaguero.
Era nombre de cuartel, no de patriota.
Sí. Incluso nosotros mismos hablábamos del Moncada y yo, al menos, hasta pasado un tiempo, no pensaba en ese gran luchador de nuestra Guerra de Independencia, sino en aquel cuartel sangriento. Y se aprobó el nombre de Movimiento 26 de Julio.
Es entonces que se habla por primera vez del Movimiento. Porque muchas veces, sin darnos cuenta, hemos dicho: «… no, porque el Movimiento»; se nos va, luego no rectificamos, y queda la impresión de que antes del Moncada existía algo llamado el Movimiento. Que yo recuerde, durante los preparativos del asalto al Moncada, y ni aún después del Moncada, se habló nunca del Movimiento. Hablábamos de «los muchachos», de los compañeros. A los compañeros de Artemisa les decíamos «los muchachos de Artemisa»; a los de Santos Suárez, «los muchachos de Santos Suárez». Jamás oí en la etapa anterior ni siquiera a Fidel o a Abel hablar del Movimiento. Es al salir Fidel y los compañeros de Isla de Pinos que se constituye el Movimiento 26 de Julio. Sin que quiera decir esto, que para el Moncada no existiera una organización. Fidel tiene que irse poco después a México. Prepararse aquí era, la verdad, imposible. Primero empezó a peligrar Raúl, luego Fidel, y todo podía desbaratarse. Entonces deja constituida aquí la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio, y también las Direcciones Provinciales, y sale con un grupo de compañeros a prepararse allá. Nos deja un contenido de trabajo preciso y, además, nos va mandando manifiestos desde México: el Manifiesto No. 1 , el Manifiesto No. 2… no recuerdo hasta cuál continuó.
En el caso de Santiago de Cuba se tenía como tarea central la de los preparativos para la llegada de Fidel, para el desembarco. Nosotros conocíamos bien a los compañeros de Oriente y de forma muy especial a los de Santiago de Cuba: a Frank, a María Antonia. Vilma se incorpora poco después. ¿Vilma les ha precisado esto?
Sí. Ella dice que cuando Fidel parte hacia México ella salía a estudiar a Boston y que, cuando venía de regreso pasó primero por México, y que su papel inicial fue el de ayudar a Frank; que ella «sólo era el chofer de Frank», y que no sería sino después que iba a tener responsabilidades de dirección.
Bueno, miren… Vilma se entrevista con Fidel en México y cuando regresa trae una serie de instrucciones de él para todos nosotros, y especialmente para Frank, Ella se incorpora al movimiento desde el primer momento. Se puede decir, formalmente, que lo hace en efecto como «el chofer de Frank». Pero ser «el chofer de Frank» en aquellos momentos no era sólo eso. Manejaba, sí, pero ¡imagínate! Frank era uno de los compañeros más conocidos y más perseguidos. Y al lado de Frank no podía ir cualquiera. Ese «chofer» sabía muchas cosas: los lugares, las personas, los contactos, las órdenes... así que lo de «chofer» implicaba algo muy especial. Era su mano derecha, se puede decir.