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Todo Es Una Sola Cosa

Una entrevista con Haydée Santamaría

 

Originalmente publicada en la revista Santiago en 1975, esta entrevista fue retomada por los compañeros de Casa de las Américas , en un intento por dejar constancia de los valiosos e ilustrativos recuerdos de Haydée sobre algunos de los sucesos más importantes de la Revolución Cubana : el ataque al Moncada, la formación del Movimiento 26 de Julio, y su enrolamiento en la clandestinidad.

Se dice que usted tenía una gran habilidad para disfrazarse y para pasar inadvertida a pesar de la situación.

No creo que fuera una habilidad, aunque efectivamente pasaba inadvertida la mayor parte de las veces. He tenido siempre mucha facilidad para engordar. Nada más queriendo engordar un poquito subía veinte libras. Y si quería adelgazar, adelgazaba también. Eso y un cambio de peinado, el pelo corto o largo, me hacía parecer otra persona. Tenía también bastante serenidad y creo que eso fue una de las cosas que más me ayudaron a moverme libremente por Santiago. Era asombroso que me pudiera mover con tanta facilidad...

Esa serenidad la adquirí porque me era muy necesaria. Había pasado lo del Moncada y me preocupaba que por ser una persona conocida no se me permitiera actuar en todo. Y para mí eso era fundamental. Era más que la vida. Necesitaba hacer cosas, moverme, trabajar, porque si no, qué razón podía tener haber quedado viva.

Recuerdo que una noche, estando Vilma y yo escondidas en casa de los Ruiz Bravo, vemos que viene la policía. Vilma siempre andaba con una jaba. No sé si les habrá contado eso…

No.

Pues sí, era una jaba de papel en la que guardaba la correspondencia de Frank… y después los papeles de Daniel. Y viene la policía y le digo: «¡Vilma, Vilma, corre, coge la jaba!» Vilma coge la jaba, se manda a correr, se encarama por un techo y dice: «¡Yeyé, Yeyé, corre!» y le contesto: «¡No, no, yo voy ahorita!» Entonces, cuando veo que Vilma brinca - que no sé cómo no se rompió un pie, porque se tiró de una altura bien grande - les digo a los de la casa: «Déjenme abrir la puerta a mí». Abro la puerta, recibo a los tipos: «¿Ustedes qué desean?» - «No, que nos han dicho que aquí hay gente escondida». «Bueno, entren… ¿Quieren tomar café? - les brindo café - ¿Quieren tomar algo? - les sirvo bebida».

Y la familia de la casa conmigo. Entonces empieza el registro y yo iba con ellos por todas las habitaciones: «Miren bien, miren bien para que después no tengamos esta mortificación todos los días». Si se les quedaba una habitación o un armario sin revisar, o una cama, yo les decía: «Vengan, miren». Claro, había unos lugarcitos donde había cosas escondidas, documentos, cartas, pero antes de que ellos se adelantaran a registrar, iba abriéndoles: «Miren aquí», «revisen acá». Yo tenía algunas cartas de Armando, que no recuerdo si entonces estaba preso o en la Sierra , pero sí que no estaba en Santiago. Estas cartas las había escondido en el dobladillo de una cortina y, por supuesto, nunca les dije que buscaran ahí ¿no? En fin, terminaron el registro aquel. Vuelven a pedir café, les sirvo el café, me dan la mano, y todavía les digo: «Y ya saben, no tengan pena, si tienen que volver a registrar, vuelvan».

Cuando los tipos aquellos se fueron. Esperanza, María Antonia, toda la familia, que tanto el padre como la madre y los siete u ocho hijos eran del Movimiento, se tiraron ahí medio desmayados y yo tan normal. Por fuera, naturalmente. Pero por dentro estaba…

Vilma regresó al poco rato, muy segura de que yo me había escapado a otro lugar, y cuando dijeron que había recibido a la policía, que los había atendido y todo lo que había pasado, ¡se quedó...! Y les diré que lo hice con aquella serenidad porque, además, siempre había creído que a mí nunca me iba a pasar nada. Como no me pasó nada en el Moncada y me habían salido bien todas las cosas otras veces, sentía, no sé por qué, que a mí no me podía pasar nada. Y esa sensación aumentó al no pasarme nada tampoco aquel día.

Usted debe recordar lo que sucedió con Vilma cuando, al saltar desde la tapia, del otro lado creyeron que era una aparición.

Ah, sí. Vilma llevaba un camisón de color claro, muy grande, y como ella es tan alta, con el pelo largo y suelto... Y la gente del otro lado era una gente muy religiosa, así que cuando la vieron caer de allá arriba, con ese brinco tan grande que casi cae en la cocina de la casa, aquella gente hasta se santiguó. Creyeron que se les había aparecido una virgen. Nosotros nos reíamos mucho con el cuento, y yo le decía: «Vilma, ¿ la Virgen de la Caridad o la Virgen María ?»

Usted y el compañero Hart llegaron a Santiago de Cuba tres o cuatro meses antes del 30 de Noviembre. ¿Qué tareas estaban llevando a cabo? ¿Por qué era necesaria la presencia clandestina de ustedes allí? ¿Qué responsabilidades tenían a su cargo?

Por lo menos la mía, era un deseo de estar. Fidel varias veces me había mandado el recado de que fuera para México. Él temía que yo cayera presa. Nunca le contesté que no, pero no iba, y todo se debía a que yo tenía un gran temor de que luego, por cualquier circunstancia, tuviera que quedarme fuera de Cuba. Ésa era mi preocupación, que fuera a venir Fidel aquí y que yo me tuviera que quedar en México. Porque siempre pensaba: «Estando en Cuba, dondequiera que él desembarque lo encuentro, dondequiera que él esté, es muy difícil que yo no llegue». Pero de México, ¿cómo venir? Aquello pesó tanto en mí que la primera vez que nos encontramos en la Sierra , se lo dije. «Yo nunca te hubiera dejado» me contestó; «tú nunca te hubieras quedado». Aquello fue un estímulo tremendo para mí.

Pero ustedes estuvieron realizando una serie de tareas entre tanto.

Desde luego, Armando y yo pertenecíamos a la Dirección Nacional del Movimiento. Quiere decir que siempre teníamos tareas por delante. En Santiago trabajamos muy unidos a Frank, pero él cuidó mucho en aquellos meses que Armando y yo no nos metiéramos en actividades de Acción, que era su frente. Cada vez que le planteábamos que queríamos actuar, contestaba que era imposible, que lo comprendiéramos, que debíamos reservamos para la acción decisiva (que resultó ser la del 30 de Noviembre). Pero, por supuesto, no estábamos sin hacer nada. Desde la mañana hasta la noche estábamos en casa de Vilma, la casa de la calle San Jerónimo. Allí discutíamos los planes, y Armando se dedicó además a escribir materiales ideológicos para el periódico y para otras publicaciones que se hacían circular.

En esa época dormíamos en una casa de huéspedes, ¿increíble no? A Armando lo conocían por Jacinto - profesor de la Universidad - y a mí por María - la esposa de Jacinto - . Los únicos que sabían quiénes éramos realmente eran Silvina, la dueña de la casa de huéspedes, y el doctor Martorell, vecino de la cuadra, que había seguido muy unido a Melba y a mí después que salimos de la cárcel. Pero ahí había un montón de huéspedes que no supieron, hasta tiempo después, quiénes éramos realmente. Yo, incluso, me hacía pasar por apolítica. En esa casa de huéspedes con frecuencia se comentaban las cosas que pasaban; recuerdo que decía: «Bueno, a mí mientras Jacinto esté en la Universidad y no lo molesten y pueda trabajar tranquilo... y como las cosas están así, yo me voy con él tempranito porque no quiero pensar que le pueda pasar algo». Claro, nos íbamos por la mañana temprano y regresábamos a la noche, y nunca fuimos a la Universidad , como es natural. Ellos lo que pensaban es que yo celaba mucho a Jacinto , y bromeaban con eso. En esa casa estuvimos durmiendo hasta después del 30 de Noviembre, hasta algunos meses después.

La fachada clandestina era muy buena, entonces.

Muy buena.

Recuerdo que la víspera del 30, al despedirnos de Silvina, le dijimos que esa noche no íbamos a dormir allí. Silvina tenía que saber siempre cuándo llegábamos, porque reportaba enseguida que estábamos bien. Entonces, nos preguntó qué pasaba. Le contesté que nada, que no se preocupara, que simplemente esa noche no íbamos a dormir allí. Casi en el momento de salir fui a darle un abrazo pero no me atreví, pensé que ese gesto podía dejarle la impresión de que algo malo iba a pasar, entonces cogí un rebozo que llevaba - uno de lanita muy ligera que mi hermano Aldo me había traído de México y al que yo le tenía mucho apego - , y le dije: «Mire, Silvina, se lo regalo, tome», y ella lo cogió, se quedó mirándome y sin decir palabra lo apretó contra su pecho.

Armando y yo siempre recordamos a Silvina con un cariño enorme; ella fue para nosotros una persona muy bondadosa, afectuosa en unos días que tanto necesitábamos eso. Seguro que todavía tiene aquel rebozo. Lo guardó como una cosa particularmente apreciada.

Quiero decirte que la noche del 30 de Noviembre nos aparecimos a dormir en casa de Silvina. Cuando nos vio llegar, los ojos se le dilataron, pero como había tanta gente entré diciendo: «Bueno, Silvina, ya estamos aquí». Ella no podía hablar. Ya había ocurrido todo y los huéspedes seguían un poco alborotados. Entonces, con aire muy normal digo: «Fuimos a ver a un familiar, pero, ¡figúrese!, no nos atrevíamos a regresar. ¡Cómo están las calles de Santiago! ¿Pero qué locura ha pasado en este Santiago?».

Y en casa de Silvina precisamente, Armando y yo recibimos una de las impresiones más grandes de aquella época: se esperaba por entonces el mensaje de Fidel, la contraseña mediante la cual se nos iba a avisar la llegada del desembarco... No recuerdo bien, pero me parece que se iban a recibir dos mensajes. Uno lo iba a recibir Aldo, mi hermano, en La Habana , creo, y el otro Arturo Duque de Estrada, en Santiago. Y tenían que ponerse en contacto entre ellos, si mal no recuerdo, para confirmar la contraseña; en fin… La cosa es que llega Frank a casa de Silvina preguntando por nosotros - él allí no iba muy seguido - , y entra al cuarto casi sin tocar, rápidamente…

Frank no era un muchacho muy alto, era más bajo y delgado que Armando. Lo digo porque entra precipitadamente y agarra a Armando, lo cargaba y lo levantaba, no sé cómo. Y decía: «¡Jacinto, Jacinto, ya . Jacinto, ya!» Pero ¿qué pasa, Frank? —le digo—. Y me agarra a mí: «¡María, María, ya, María, ya, ya!» Pero, Frank, que te están oyendo - y no sabíamos qué le pasaba.

Agitaba un papel y decía. «¡Ya, ya podemos!» Y yo cojo el papel, y leo el telegrama con la contraseña. El Granma había partido.

Jamás olvidaré aquella cara de Frank: era una de las caras más llenas de felicidad que he visto nunca. Y Frank no era una persona alegre. Tenía una sonrisa profundamente triste, siempre lo sentí así. Porque hay veces que uno, al faltar la persona, empieza a ver las cosas distintas, pero yo siempre lo vi así. Y unos ojos muy tristes. Y creo que uno de los pocos días que vi a Frank con una verdadera y gran sonrisa, y con unos ojos muy alegres, fue ese día.

Recuerdo mucho a Frank, mucho, y cuando pienso en lo que estaría haciendo hoy, no me cabe la menor duda de que Frank estaría en el Ejército. Yo diría - sin negar que las circunstancias muchas veces nos empujan a determinado tipo de acciones, aunque aparentemente no esté en nosotros actuar así, y no lo hayamos pensado nunca - , yo diría que a pocos compañeros he visto tan enteramente hechos para la acción como Frank, tan de acción como Frank. Él , por supuesto, hubiera ido disciplinadamente donde lo mandaran, donde fuera necesario, tenía condiciones sobradas para ir a cualquier parte. Pero a mí no me cabe la menor duda de que si le hubieran dejado escoger, Frank hubiera elegido estar en el Ejército.