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Todo Es Una Sola Cosa

Una entrevista con Haydée Santamaría

 

Originalmente publicada en la revista Santiago en 1975, esta entrevista fue retomada por los compañeros de la Casa de las Américas , en un intento por dejar constancia de los valiosos e ilustrativos recuerdos de Haydée sobre algunos de los sucesos más importantes de la Revolución Cubana : el ataque al Moncada, la formación del Movimiento 26 de Julio, y su enrolamiento en la clandestinidad, en la cual ocurren los acontecimientos que se narran a continuación.

¿Después de ese primer viaje, entonces, empiezan la preparación del refuerzo?

Sí, de inmediato. Se fueron mandando grupos de manera coordinada a través de Celia [Sánchez] y Guerrita Matos. Ellos estaban en Manzanillo, en las afueras, en un marabuzal que quedaba al lado de la casita de unos campesinos de confianza. Un terreno sin monte, sin nada, pero que permitía pasar con rapidez los hombres, las armas y todo lo que podíamos ir mandando, porque quedaba relativamente cerca del lugar en el que se encontraban Fidel y el resto de los compañeros. Para no levantar sospechas se metían primero los hombres, sin utilizar yipis ni otro tipo de transporte, descansaban y luego se les encaminaba hacia el lugar acordado. Las armas se fueron mandando poco a poco por la misma vía, así como las demás cosas.

Frank [País] es detenido en aquellos días, ¿no?

Frank entonces estaba preso, estaba sometido a juicio, y también estaban pendientes de juicio algunos combatientes del Granma que fueron capturados.

¿Quién sustituye a Frank para dirigir la acción del refuerzo?

No lo recuerdo, no lo recuerdo. En ese momento cada cual sabía ya qué era lo que le correspondía hacer. La misión era clara para todos. Se sabía dónde estaban las armas, quién tenía que ir a buscarlas, cómo se iban a llevar. Era una cosa totalmente planificada.

Lo que sí recuerdo es que a los primeros compañeros que se enviaron, Armando les habló de la disciplina, de lo que Frank confiaba en ellos, de lo que Fidel esperaba de ellos. Que en ese momento Frank no podía estar ahí, pero que no le podían fallar. Pero no recuerdo quién se quedó esos días al frente de Acción...

Volviendo a los refuerzos; nos dedicamos a rescatar todas las armas que habían quedado del 30 de Noviembre para llevarlas a los lugares que ofrecieran mayor segundad.

Vilma [Espín] y yo tuvimos participación en eso. Vilma como «chofer» trasladó de un lugar a otro, en una máquina, la mayoría de las armas. Se iban guardando en cajas. Recuerdo que utilizamos mucho unas cajas de refrigeradores. Luego se iban despachando en camiones. Las balas y las otras cosas más pequeñas no, para no abusar de los viajes de los camiones y «quemarlos». Lo que abultaba menos lo fuimos llevando con la ayuda de las compañeras, haciendo viajes en máquinas. A veces dormíamos en la casita, llegaba Celia, se le entregaban las cosas, y regresábamos.

¿Usted permaneció todo el tiempo en Santiago?

Hice viajes cortos a La Habana , a Las Villas. La mayor parte del tiempo estuve en Santiago. A la Sierra volví varias veces, hasta después de los sucesos de la Huelga de Abril. Luego del segundo viaje a la Sierra ya no pudimos seguir utilizando la casa de Silvina. Esa vez Celia y yo nos quedamos varias semanas en la Sierra , y unos periodistas norteamericanos nos sacaron la foto aquella en la que aparecemos portando unas cananas. Esa foto se reprodujo en la revista Bohemia en los días en que suspendieron la censura de prensa - una copia que sacaron de Life - . Imagínense la conmoción en casa de Silvina: «¡Pero si ésta es María !» Debe haber sido tremendo. Silvina, me cuentan, simulando la misma sorpresa, decía: «¡María nos engañó!» Sin embargo los huéspedes de la casa tuvieron una actitud muy solidaria. Calmaron a Silvina y le dijeron que allí ninguno se daría por enterado de que María había sido huésped de la casa, que nadie lo iba a saber. Y la cosa no pasó de ahí. Silvina no sólo no tuvo problemas, sino que siguió con la casa de huéspedes hasta el 59 y, además, continuó albergando allí a muchos compañeros, y hasta con la cooperación de los huéspedes.

¿Cómo hacía esos viajes breves?

Cuando había que hacer algo en La Habana , cogía una guagua normalmente. Resulta asombroso, ¿no? Nunca me pasó nada

El compañero Hart sí fue detenido varias veces, ¿no?

Sí. Y cuando insisto en eso de que a mí no me pasaba nada no es por gusto. Una de las veces que cogieron a Armando íbamos juntos los dos. Estábamos en La Virgen del Camino esperando la guagua para regresar a Santiago desde aquí de La Habana. Estaba con nosotros Martínez Páez. Nos había llevado hasta allí, porque desde ese punto era más seguro salir que desde la Terminal de Ómnibus. Estábamos los tres esperando. Era ya casi de noche. Mientras ellos conversaban yo daba mis paseitos . Y estaba atenta, mirando. Cuando siento varias máquinas que llegan, a una velocidad tremenda. El lugar estaba lleno de mujeres, de niños… pero con esa forma de entrar no cabía duda de qué se trataba, y enseguida grito: «¡Armando, los esbirros!» y me mando a correr sin esperar más. Entonces oigo una voz detrás de mí: «¡Por ahí va Yeyé!» - Yeyé y todo me decían ya los muy frescos - . Pero yo sigo corriendo, viro por una esquina, corro toda una cuadra, llego a la otra calle y me doy cuenta de que ahí hay un grupo de máquinas parqueadas. Entonces, me meto entre dos máquinas de aquellas y me acurruco en ese lugar. Desde ahí sentía la persecución, unos a pie y otros en máquina, pasándome por los dos lados. Pero yo, calladita, todo lo agachada que me era posible, y me les escurro y no me pueden atrapar. Sin embargo, cogieron a Armando y a Martínez Páez, ¡y estábamos juntos! ¿Se dan cuenta? A ellos se los llevan presos y yo me salvo…

¿Cómo pudo salir del lugar?

Bueno, pasado un rato de estar ahí metida entre las dos máquinas, me asomo y veo a un chofer. Salgo y le digo. «Oiga, por favor, ayúdeme. Tuve que meterme ahí porque estoy embarazada, sólo tengo dos meses pero creo que voy a perder la criatura», y enseguida me contesta que sí. «Mire, yo soy socia de la Quinta de Dependientes - una clínica mutualista - , lléveme allá». Aquello no se me ocurrió casualmente. Toda mi familia era socia de la Quinta , y yo conocía bien el lugar. Llegamos y el hombre todavía me dice, muy amablemente: «¿Quiere que la espere?» Le hice ver que no hacía falta, que estando allí me atenderían y que les avisaban a mis familiares, que se fuera tranquilo. Nada más que hace alejarse, y corro hacia uno de los teléfonos públicos que había ahí y llamo volando, primero a casa de Armando. Contestó al aparato Marina, su mamá, y le digo: «A Armando lo acaba de coger preso la gente del SIM» - porque lo mismo que ellos ya me conocían a mí hasta por Yeyé, nosotros también los distinguíamos a ellos y sabíamos cuáles eran del SIM, del Buró, de la gente de Ventura… vaya, nos conocíamos mutuamente - . Y le recalco: «Dígale a Hart que vaya para allá con todos los de la Suprema , porque lo matan si no se actúa rápido, y que no se deje engañar. Que vaya para el SIM, y si le niegan que lo tienen ahí, que diga que yo misma vi que eran ellos que lo detuvieron. Ellos saben que yo estaba y escapé». Todo esto era porque mi suegro era de la Corte Suprema de Justicia, y porque si no se intervenía de inmediato, y se anunciaba la detención, torturaban y mataban rápidamente al detenido. Si actuábamos rápido, se podía lograr un proceso y encarcelamiento más «normales».

Nada más colgar, llamo a casa de Martínez Páez. Él tenía organizada en su casa una recepción, con comida y todo, para dos periodistas que debían llegar de los Estados Unidos esa misma noche. Marcelo Fernández los tenía que recoger en el aeropuerto y llevarlos a la casa. Bueno, marco el número y pregunto por la hermana. Le digo: «Óigame, a Martínez Páez lo acaban de detener. Esa mesa que tiene ahí para la cena, quítela sin perder un minuto y llame a tal teléfono». Que le telefoneara a Marcelo que no llevara a los invitados para allá sino a casa de Luis Buch. «Pero ¿quién habla?» «Mire, despreocúpese, habla una amiga que estaba donde a él lo detuvieron, yo pude escapar pero él tuvo tiempo de pedirme que le diera este recado». Y le recalco: «Oiga, si llega a su casa un cubano con dos extranjeros dígales que no es ahí, que no es ahí, y le repito que quite la mesa inmediatamente».

De la Quinta de Dependientes salí para la casa de Luis Buch, y por suerte todo salió bien. Pudimos localizar a Marcelo en el aeropuerto y pasarle el recado. En realidad, la cosa estaba organizada de forma que Armando y yo saliéramos para Santiago, y luego nos trasladáramos a Bayamo a esperar a los periodistas para subir con ellos a la Sierra , pero con lo ocurrido, tuvo que cambiarse el plan. Marcelo y yo acordamos arrancar para Manzanillo con los periodistas lo antes posible. Además, yo tenía otra misión que cumplir simultáneamente: llevar a la Sierra cinco mil pesos (la primera vez que habíamos logrado reunir una cantidad así para llevar allá). Y cinco mil pesos en billetes de a peso, de cinco, de diez pesos, porque llevar billetes de cien a la Sierra no tenía sentido, ¿quién los iba a cambiar allá? Entonces, envuelvo el bulto en un nylon y con esparadrapo me lo pego al cuerpo, simulando una barriga - esta idea se me ocurrió producto del cuento que le había hecho al chofer que me sacó de La Virgen del Camino - . Y, efectivamente, salimos para Manzanillo, Marcelo y yo con los dos periodistas al día siguiente. Llegamos a Manzanillo pero, claro, no había nadie esperándonos allí. Ya habían dado por radio la noticia de la detención de Armando y todo. Era dar vueltas y vueltas. Y los norteamericanos preguntándole a Marcelo que si pasaba algo - él era el que hablaba inglés - , y Marcelo haciéndoles creer que las vueltas eran la contraseña. Hasta que por fin me acuerdo de un contacto seguro que teníamos en Manzanillo, vamos para allá, y se arregla todo.