Todo Es Una Sola Cosa
Una entrevista con Haydée Santamaría
Haydée Santamaría (1922-1980), militó en la juventud del Partido Ortodoxo. Junto a su hermano Abel integró el grupo que, bajo la dirección de Fidel Castro, preparó y realizó el asalto al Cuartel Moncada el 26 de Julio de 1953, lo que le costó la prisión. A la salida de la cárcel, junto a su compañera de lucha Melba Hernández, se dedicó a tareas indicadas por Fidel desde la prisión, entre ellas la primera edición y distribución de La historia me absolverá . Al constituirse el Movimiento 26 de Julio formó parte de su dirección, organizó y participó en el alzamiento del 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba, en apoyo al desembarco del Granma. También realizó tareas clandestinas en la Sierra Maestra y en las ciudades hasta 1958 cuando Fidel le orienta viajar al extranjero. Al triunfo de la Revolución en 1959 trabajó en el Ministerio de Educación y al fundarse la Casa de las Américas ese mismo año, la presidió hasta su muerte. A continuación ofrecemos a nuestros lectores parte de la entrevista publicada originalmente en 1975 y reeditada recientemente por Ocean Sur.
¿Ésa fue la vez que luego el compañero Hart se escapó durante el juicio?
Sí. Ésa fue otra cosa… Para Armando [Hart] el lugar era bastante conocido, porque él había actuado allí varias veces como abogado de oficio. Había entrado y salido del Palacio de Justicia y conocía el lugar. Cuando comenzó el juicio yo estaba en La Habana en alguna misión. Él logra hacerme llegar una noticia pidiendo que le mande un pulóver «porque le pica mucho el traje de preso» -decía- y me recalcaba que fuera un pulóver, no una camiseta. Le hago llegar el pulóver sin sospechar siquiera qué había detrás de ese pedido. Él no se puso en contacto con el Movimiento, lo hace «por la libre», porque piensa de antemano que le van a decir que no. Afortunadamente lo hizo tan bien que se salvó.
Armando no estaba siendo enjuiciado solo. Había otros detenidos, en distintas circunstancias. Los llevaban al tribunal en grupo, cosa que hicieron varias veces. Nunca entraban por la puerta delantera del Palacio. Los conducían hasta allí en carros jaulas. Los subían a la sala por la parte de atrás, y la sala quedaba en el último piso. Él se dio cuenta de que en el segundo piso, cerca de la escalera, hay una puertecita; se da cuenta también de que cada vez que los llevan al juicio distribuyen una guardia cada quince presos. El día que se escapa, había logrado colocarse hacia el medio de uno de esos grupos de quince y cuenta con la colaboración del compañero que viene detrás de él. Cuando iban ya cerca de la puertecita, éste le dice bajito: «Armando, Armando». Ahí mismo se prepara y logra alcanzar la puertecita. Baja una escalera que había allí. Por el camino se quita la chaqueta de preso; lleva el pulóver debajo, y con ese pulóver y el pantalón de preso - que no se puede quitar pero que combinado con el pulóver se disimula bastante - sale por la puerta principal del Palacio de Justicia, mientras los guardias vigilaban la de atrás. ¡Se imaginan qué ridículo para la gente de la tiranía! Porque, además, nadie se percató de su ausencia hasta que ya en la sala lo llaman para declarar: «Armando Hart Dávalos», y no aparece.
El padre, incluso, que estaba siempre en la sala, formó tremendo escándalo porque creía que le habían hecho algo, que aquello era una farsa, hasta que se le pudo avisar:
«Despreocúpese, Armando, se escapó». Y Hart se quedó… Cuando se da la noticia por radio, fue así cómo me entero, no podía creerlo. Y después de la evasión de Armando regresamos a Santiago llamados por el propio Frank [País]. Y proseguimos la lucha clandestina.
Armando caería preso otra vez, pero ya como un año después de esto. Lo agarran bajando de la Sierra , antes de la Huelga de Abril.
Y ese año lo pasé en constante temor por Armando. Sabía que el peligro para él era mayor que nunca, que lo de la fuga iba a provocar que la persecución aumentara.
A la Sierra subimos y bajamos varias veces. Unas, juntos; otras no. Y la vez que lo agarran, yo no había…. lo que son las cosas.
Ése debe haber sido un año muy difícil, ¿no?
Ese es el año que les digo que vivía obsesionada por la seguridad de Armando, vigilando noche tras noche. Sólo me sentía tranquila cuando él estaba en la Sierra.
Es asombroso que usted lo haya visitado estando él preso.
Esto fue después de la Huelga de Abril. Cuando la Huelga yo estaba en la Sierra. Después se acordó que saliera al extranjero. Cuando bajo a Santiago, me dicen que Armando se está sintiendo bastante mal. En esos días habían asesinado a Enrique, su hermano, y había fracasado la Huelga. Casi siempre quien iba a visitarlo era Ramona Ruiz Bravo, quien además me contó que él decía que se iba a escapar, pero que lo estaban vigilando muy estrechamente debido a su fuga anterior. Estaba en la cárcel de Boniato, donde yo había estado presa cuando el Moncada. Entonces decidí ir a verlo, sin decirle nada a Daniel, porque seguramente me lo iba a prohibir, ya que ahí podían reconocerme. Dije que era su hermana, Martha Hart, y el jefe de ahí me autorizó a ir. Voy para allá. Y cuando Armando me ve, ¡ay mi madre!, fue tremenda la sorpresa. Entonces le digo a qué voy, que me han dicho cómo él está y que eso no puede ser, que no fuera a cometer un disparate. Y le digo que voy a salir al extranjero. En la cárcel nadie me reconoció. ¿Ya ven cómo a mí nunca me pasaba nada? Y yo a ellos sí los reconocía, yo vi caras allí, unas caras que ¡ah! me erizaba…
Él permaneció en prisión el resto de la guerra.
Sí. Él sale el día primero de enero. Estaba en Isla de Pinos.
Usted continuó yendo a la Sierra hasta abril del 58, ¿no?
Ya estando él preso, subí muchas veces. No estaba «quemada», aunque parezca mentira. Porque, miren, Celia [Sánchez] llega un momento en que ya no puede bajar, tiene que quedarse en la Sierra. Pero yo sigo subiendo y bajando, puedo seguir cumpliendo diversas misiones, incluso durante la Huelga de Abril.
Recuerdo que para la Huelga no había suficientes armas en la Sierra para una embestida de las tropas batistianas. Había minas, con ellas se podía detener a los tanques y vehículos del enemigo, y emboscar columnas, pero no se tenían suficientes detonadores para esas minas. Hablé con Fidel, le pedí que me dejara bajar, que yo tenía la seguridad de que conseguiría los detonadores y que regresaría, que regresaría a tiempo. Fidel se negó totalmente. Pero insistí e insistí: «No me cogen, estoy segura de que no me cogen». Y acabé logrando su autorización para bajar.
En Santiago todo nos salió bien y para el regreso volví a utilizar el recurso de la «barriga» para ocultar los detonadores. Me ayudaron a hacerla tan bien que no sólo parecía a simple vista una embarazada, sino que si se tocaba, también. Y emprendo el regreso rápidamente en una máquina acostumbrada a hacer ese viaje. Al llegar a Bueycito, detienen la máquina. Por suerte, la máquina no tenía problema y yo llevaba todo encima, con mi batica de embarazada y la apariencia de campesina que intencionalmente me había tratado de dar en Santiago. Hago ahí toda una escena:
«¿Qué pasa? ¿Pero qué pasa? Mire, yo fui a Bayamo a ver el médico porque me estaba sintiendo mal, no puedo coger ningún susto. Voy hasta el aserradero. Si hay algún problema que nos acompañen los soldados, por favor. Yo sólo confío en ustedes para poder llegar hasta allá, porque no quiero pensar que me salgan en el camino los alzados». Y la cosa sale tan bien que nos dan un soldado para que nos escolte hasta el aserradero, lo que nos salva de nuevas paradas, registros y explicaciones. Llegamos al aserradero y le digo al soldado que no se preocupe, que ya puede regresar porque ya de ahí sólo tengo que caminar un trechito para conseguir el mulo que me va a llevar hasta mi casa. Y allí me dejaron. Lo de Bueycito, la verdad, para mí fue algo... ¡Sólo de pensar que le faltaba a Fidel! ¿Se imaginan?
¿El aserradero era el punto de contacto acordado con usted?
Lo era, en efecto. La noche del día acordado para el regreso, debía bajar hasta allí un guía rebelde, sobre las doce aproximadamente... Si el guía no me encontraba, volvía a bajar la noche siguiente, hasta que yo apareciera. Pero en esos casos uno siempre trata de llegar el primer día, porque los guías se exponen mucho si tienen que bajar varias veces. Y esta vez pude llegar el día señalado y pude cumplirle mi promesa a Fidel. Cuatro días después empezó la Huelga de Abril.
¿Cuándo se decide su salida al extranjero?
Después del fracaso de la Huelga de Abril, fue ya la gran reunión con la gente de la Sierra (el Che, los compañeros y nosotros). Entonces, Fidel me lo plantea. Nunca pensé que esto iba a ocurrir. Siempre tuve temor de salir de Cuba. Tanto que no quise ir a México. Sentía siempre una gran necesidad de estar aquí en mi patria, en cualquier circunstancia que fuera. Y Fidel sabía eso. En esa fecha a Fidel se le hizo difícil hablarme, tan difícil que yo acepté fácilmente. En realidad, a ningún otro le hubiera aceptado eso. Me dijo que me iba a pedir algo muy difícil, que me escogía a mí porque yo sí conocía las condiciones de ellos en la Sierra , que me debía ir. Le dije: «Bueno, Fidel, si no queda otro remedio...» Dice: «Bueno, yo quisiera que tú lo hicieras, tengo confianza en ti, quisiera que tú lo hicieras».
Fui hacia Miami. Lo único que le pedí fue que me dejara escoger mis propias vías para llegar, y que no se preocupara, que no me iban a agarrar. No quería meterme en una Embajada, ni salir como asilada. Me daba la impresión de que eso iba a hacerme más difícil volver en un momento dado. Boberías, porque cuando uno va a cumplir una misión, qué más da, ¿no? Salí por Camagüey, bajé a Santiago, hablé con Daniel - que ya estaba al frente de Acción - y viajé con Marcia, la esposa de Léster Rodríguez, una muchacha muy jovencita pero de un dominio tremendo, con la cual ya había hecho dos o tres misiones. Yo llegaba al aeropuerto adelantada, y ella más atrás. Si algo me pasaba, ella no cogía el avión y avisaba lo sucedido; si no, montaba normalmente después que yo, y seguíamos juntas. Ahí también el pueblo fue solidario. Cuando llego y entrego el pasaporte, que traía otro nombre y otra fotografía, el muchacho me mira, mira el nombre, la foto, me mira a mí, y dice: «Quédese ahí».
Entonces yo me acerco con disimulo a Marcia y le digo: «Fíjate, creo que me han descubierto, así que ponte en lo último de la cola, para que si me pasa algo te retires». Estuve dudando si irme o no. Pero cuando la fila iba ya avanzando por un lado, aparece de nuevo el muchacho: «Óigame, venga usted para acá». Yo protesto: «Pero si ya la gente está montando en el avión...» Y él contesta. «Sí, sí, pero es que no había pasaje y ya encontramos». Me agarra, me lleva por otro lugar, y me lleva para el avión esquivando los otros controles. Marcia, que ve aquel movimiento pero no oye lo que él me dice, corre detrás y recrimina al muchacho: «¡Oiga, a mí me dijeron que no podía ir y cómo yo veo que a ésta que está más atrás que yo sí puede ir!» Se hizo la guapa: «¡Así que no había asientos!, ¿no?» Mentira, había muchísimos… pero el muchacho le dice: «A ver monte usted también, ande». Y ella todavía le decía: «¡Informales!» Entonces, cuando ya voy a subir la escalerilla del avión, me da la mano, se queda un poco cortado, y me dice: «¡Buena suerte!»
Al cabo de quince años, no hace mucho me lo encontré en Camagüey, me saludó y me dijo: «Oiga, Haydee Santamaría, usted no se acuerda de mí, ¿verdad?» Me quedé mirándolo, porque a mí los nombres se me olvidan pero de las caras me acuerdo mucho. «Usted me recuerda algo, algo muy lejano, ¿usted es de mi pueblo?, ¿usted es de Encrucijada?» Me recordaba algo como de la niñez... «Yo soy el que le dio la mano cuando usted cogía el avión para Miami. ¿Usted cree que me engañó?» «¡No, que va - le contesto - si nos despedimos y todo!» Entonces me contó que en ese aeropuerto los empleados «colaban» pasajeros, para cogerse la plata de los pasajes, y que él había usado el pretexto de que me iba a «colar» porque ésa era una forma mucho más segura de salir, porque no se pasaba por la revisión de los documentos…