
Paradójicamente, aunque en la literatura académica de las décadas de los ’80 y ’90 proliferó el relato micro —fundamentalmente a partir de los papers e informes centrados en “estudios de casos”, aislados y desconectados de las lógicas totalizantes y las explicaciones holísticas— y predominó la religión fetichista de la parte fragmentada y separada de toda lógica social global que la comprenda y le otorgue sentido, en la vida económica, política y militar el orden social del capitalismo cotidiano tomaba exactamente un sentido inverso.
Aunque desde sus mismos orígenes el capitalismo constituye un sistema mundial en constante expansión (tanto en extensión como en profundidad, generalizando las subfunciones formales y las reales, tanto a nivel geográfico como social*), nunca antes la historia asistió a semejante onda expansiva de las relaciones sociales mediadas por el equivalente general, el mercado y el capital.
En las nuevas relaciones sociales que comenzaron a gestarse tras la crisis del petróleo de comienzos de los años ’70, la crisis del dólar y el golpe de estado del general Pinochet que desde América latina inauguran el neoliberalismo a escala mundial, el ritmo del movimiento de la sociedad mercantil capitalista se acelera de una manera inédita. En menos de dos décadas el mercado mundial capitalista se engulle y fagocita el planeta completo, incorporando bajo su dominación global a millones y millones de trabajadores que hasta ese momento intentaban vivir en regímenes de transición poscapitalista. Nada ni nadie quedó al margen del mercado mundial.
A partir de entonces, el proceso de expansión imperialista norteamericano posibilitó ya no sólo en el ámbito de su tradicional competidor europeo o en su “patio trasero” latinoamericano —sus habituales ámbitos geográficos de disputa— sino a escala planetaria la imposición autoritaria del american way of life.
Según advierte Jameson: “toda esta cultura posmoderna, que podríamos llamar estadounidense, es la expresión interna y superestructural de toda una nueva ola de dominación militar y económica norteamericana de dimensiones mundiales: en este sentido, como en toda la historia de las clases sociales, el trasfondo de la cultura lo constituyen la sangre, la tortura, la muerte y el horror”**.
Esta lógica global generaliza valores e intereses, estandariza patrones de conducta, impone un único idioma para los vínculos internacionales —el inglés como lengua franca del dinero y el poder— e instala en todos los confines de la tierra una misma manera de ver y situarse en el mundo, un pensamiento único, que hasta ese momento habían sido singulares a un Estado-nación y sus dominios específicos***.
Mientras el relato posmoderno le rinde homenaje a la “Diferencia” y el liberalismo postmarxista enaltece la tolerancia hacia el “Otro” (con mayúsculas), el mercado mundial capitalista homogeneiza y aplana toda diversidad. La identidad autoritaria del mercado de capitales y la integración forzada en el sistema-mundo comienza a reinar, con bombardeos, bases militares e invasiones, por sobre todos los oponentes y disidentes, mientras en el ámbito de la teoría se legitima —encubriendo y ocultando semejante autoritarismo— en nombre de “la Diferencia” y “la tolerancia”. El pluralismo metafísico y el relativismo antropológico constituyen el barniz decorativo con que se encubren los tanques y cazabombarderos norteamericanos y las misiones del FMI y el Banco Mundial.
Durante las décadas de los ’80 y los ’90, cuando los discursos universitarios y el mercado editorial sancionaban el reinado de lo micro y el fragmento, fuera de las aulas y de las librerías sucedía exactamente todo lo opuesto: se debilitaban o disolvían las identidades particulares en aras de una perversa y nefasta lógica global. El discurso de las metafísicas “post”, enamorado ilusoriamente de la fragmentación y de la dispersión en nombre de un seudo pluralismo, invertía completamente la realidad. Tomaba una cosa por otra (quid pro quo, lo denominaba Marx en El Capital, precisamente en el pasaje “el fetichismo de la mercancía y su secreto”), encubría la explosiva transformación objetiva del mercado mundial suplantándolo discursivamente por las representaciones subjetivas de la Academia. De este modo legitimaba la dominación social del capital.
Casi al mismo tiempo que en el plano de la teoría social el posmodernismo y el posestructuralismo trataban durante los ’80 y ’90 de seducir a las distintas fracciones del campo popular con su culto al fragmento, a lo micro, al poder local y a la lucha dispersa y encerrada en sus respectivos guettos, en el terreno económico los representantes de la ideología neoliberal le recomendaban a los grandes gerentes del capital y los principales accionistas acelerar la globalización de las relaciones mercantiles a escala mundial.
Por abajo, le sugerían a los pueblos eludir o directamente abandonar la lucha por el poder; por arriba le decían a los poderosos que había que endurecer la dominación, la fuerza y el poder. Por abajo querían convencer e inocular una mirada centrada únicamente en los respectivos ombligos (los obreros únicamente al problema salarial, las mujeres a la dominación patriarcal, los ecologistas a la destrucción del ecosistema, las minorías sexuales a la imposición de un patrón único de preferencias sexuales, etc., etc.), sin poder cruzar las miradas; mientras por arriba facilitaban el camino para alcanzar una política global del mercado frente a la sociedad. De este lado, con la vista cada vez más restringida a lo micro y a la punta de los zapatos, del otro lado del muro de la dominación, cada vez más abarcadores de lo macro, pensando, haciendo estrategias y operando a escala mundial.
Entre el “abajo” y el “arriba”, entre el posmodernismo y la mundialización neoliberal del capitalismo imperialista, entre el culto de la diferencia y la estandarización implacable del mercado capitalista existe una estrecha relación. Según Fredric Jameson, ambas “parecen estar vinculadas dialécticamente, o al menos al modo de una antinomia insoluble”.
¿Cómo comprender esta coexistencia temporal, combinada pero desigual y desnivelada, entre el discurso de la teoría social y las recetas financieras, entre las metafísicas “post” y el neoliberalismo?
Esa coexistencia no es caprichosa ni una mera yuxtaposición inconexa de discursos que solamente coinciden durante la misma época cronológica o se superponen como capas geológicas. Entre la lógica del fragmento desgarrado y solitario y la lógica de la integración multinacional del mercado mundial que fagocita la totalidad de la sociedad planetaria existe una interconexión y una complementariedad íntima.
Hoy en día no alcanza con señalar únicamente esa rara convivencia. Hay que dar cuenta de ella. Pues bien, existe una posible explicación teórica de esa aparente asimetría entre los discursos legitimadores de la dominación mundial y local, global y fragmentaria. Esa explicación reside en la teoría marxista del fetichismo, leída en clave eminentemente política. Esta teoría, extrañamente “olvidada” y archivada por los discursos académicos a la moda, permite comprender ese desfase —sólo aparente— entre posmodernismo y neoliberalismo, entre racionalidad de lo micro y lógica de lo macro.
Notas
* Si bien en la Academia se suele asociar la tesis del sistema mundial con Immanuel Wallerstein, Samir Amin y la teoría latinoamericana de la dependencia, en realidad esa perspectiva fue iniciada por Karl Marx, quien desde sus primeras investigaciones siempre pensó al capitalismo como un sistema global estructurado a partir de una “cultura mundial” (así la nombra en El Manifiesto del Partido Comunista) y un “mercado mundial” (así lo denomina en los Grundrisse, en todos los planes de redacción de El Capital y en esta última obra ya publicada).
**Vease Fredric Jameson: El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado [tardío]. Barcelona, Paidos, 1995. pp.18-19. }
*** Quizás por esta razón este mismo autor afirme: “Todo ello hace que la cultura (y la teoría de la reificación de la mercancía) ocupe hoy un espacio político mucho más central que en cualquier otro momento previo del capitalismo”. Vease Fredric Jameson: “El marxismo realmente existente”. En Casa de las Américas No211, abril-junio de 1998. p. 6.