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Dedico este libro y esta edición a mi padre, Abraham Isaías Kohan, porque me enseñó y me inculcó desde muy chico, en la vida cotidiana, a “tener conducta” (según sus palabras), a ser coherente entre lo que se dice y lo que se hace, a no transar, a no negociar con los principios, a priorizar siempre los valores de la ética comunista (la solidaridad, la generosidad, la amistad, la lealtad, el compañerismo, el estímulo moral, el hacer lo que se debe sin medir ni calcular)  por sobre la mugre del dinero, el interés mezquino y material, “lo que conviene”, el respeto a lo establecido, el cálculo egoísta, el acomodo personal. ¿Esa ética no es acaso el corazón del marxismo y el antídoto frente a tanta mediocridad?

Las condiciones en que se escribió esta obra son muy diferentes a las actuales. Como se explica en la presentación a la edición cubana, el libro nace de un debate en el seno de la militancia revolucionaria del cono sur a inicios de los años 90. Años de ofensiva neoliberal, posmoderna, capitalista. Una época cruel, agresiva y despiadada donde tan solo pronunciar las palabras “socialismo”, “imperialismo” o “revolución” eran, para el sentido común predominante en aquel momento, sinónimo automático de locura y disparate. La expresión “pensamiento único” no era un eufemismo. Hasta los más iconoclastas se arrodillaban ante el mercado, mientras los “grandes” académicos —esos que van siempre nadando alegremente con la onda del momento— hacían muecas irónicas, simiescas y burlescas, cada vez que escuchaban la palabra endemoniada del marxismo.

Han pasado más de quince años desde la primera redacción del texto y más de diez de su primera publicación argentina. Luego de aquella inicial, sobrevino una segunda edición en Cuba y una tercera en Colombia, mientras el libro circulaba profusamente por internet.

Gran alegría nos produce que ahora se publique en tierras venezolanas, en medio de las urgencias, las polémicas, las disputas y el torbellino imparable de la revolución bolivariana.

Bien lejos de la petulante euforia burguesa y la soberbia neoliberal de aquella nefasta década de los años 90, hoy el capitalismo está en crisis aguda. Hasta los más furiosos y fanáticos neoliberales proponen intervenir en la economía y nacionalizar empresas. Por supuesto que lo hacen para intentar salvar y remendar el capitalismo, pero ello no puede ocultar que el recetario neoliberal ha resultado un auténtico desastre para los pueblos del tercer mundo y para toda la humanidad. 

Rechazando la profundización de la barbarie capitalista, “Otro mundo es posible” fue la consigna de orden con la que se abrió el nuevo siglo. Al poco tiempo, adelantándose a muchos “teóricos” y grandes popes del mundillo académico, el presidente Chávez sugirió que ese otro mundo posible no puede ni debe ser otro que el socialismo. Y allí nomás se abrió de nuevo la polémica. ¿De qué socialismo hablamos? ¿En qué consiste concretamente, más allá de las consignas y los gritos entusiastas, la alternativa actual al capitalismo? Para intentar intervenir en ese debate abierto este libro se esfuerza por indagar en los clásicos del marxismo, leídos ahora desde un gran angular latinoamericano y tercermundista.

No somos inocentes, ingenuos ni equidistantes. Pretendemos aportar a una salida antimperialista, anticapitalista y socialista. Crítica del mercado neoliberal pero también crítica del “mercado popular”. Cuestionadora del capitalismo salvaje pero también del “capitalismo con rostro humano” y de las medias tintas rodeadas de cooperativas y keynesianismo reciclado. Opositora de las tramposas soluciones del imperialismo transmutado en tierna oveja pero también cuestionadora de los falsos profetas del socialismo mercantil y su cálculo económico disfrazado de “autogestionario”. Sin planificación democrática y centralizada de los recursos no habrá socialismo.

No lo ocultamos. Apostamos con la cabeza y el corazón, con toda nuestra energía militante y nuestros sueños al triunfo y a la radicalización de la revolución bolivariana. Dentro de nuestras pequeñas posibilidades nos proponemos aportar a la batalla por la hegemonía socialista en Venezuela, hacia el conjunto de los sectores populares pero, en particular, al interior de las filas bolivarianas de la revolución. Hegemonía que debe ser ejercida no sólo a favor del compañero Hugo Chávez y del proceso bolivariano sino también y al mismo tiempo en contra de la derecha escuálida y las corrientes políticas e ideológicas que pretenden frenar, neutralizar o desviar el rumbo del proceso de cambios radicales (socialdemocracia, socialcristianismo, vertientes burguesas o institucionalistas del proceso bolivariano, encarnadas en lo que popularmente se conoce como “boli-burguesía”, es decir, la quinta columna dentro del proceso bolivariano). La batalla es múltiple. La derecha está fuera (esa es la más visible, la más descarnada, la más bruta, la menos inteligente) pero también está dentro mismo del proceso (esa es la más lúcida, la más peligrosa, la que tiene mayor capacidad de ir adaptándose y mimetizarse como el camaleón).

No podemos ni debemos olvidar las tragedias y los fracasos de Salvador Allende en el Chile de 1973 y del sandinismo en la Nicaragua de 1990. ¡Cuánta energía y dinero invirtió la socialdemocracia internacional para frenar, neutralizar y desviar ambos procesos desde adentro... siempre apelando a los señuelos de “la radicalización de la democracia”, “el respeto a las instituciones”, “la obediencia a la constitución” y “el pluralismo”! La misma operación que habían hecho en Portugal en 1975 ante la radicalización de la revolución de los claveles.

Para dar ese combate ideológico, imprescindible e impostergable, para tener claridad en el rumbo político y firme orientación estratégica, el marxismo resulta una brújula insustituible e incomparable. El marxismo entendido como método dialéctico, teoría crítica y filosofía de la praxis que se expresa organizadamente en una estrategia política de hegemonía.

Si Marx logró acertar en el diagnóstico de la crisis no fue por leer a Nostradamus, consultar algún oráculo secreto o visitar las pirámides. Marx no acierta a ver el futuro en una bola mágica de cristal. Lo que le permite visualizar las tendencias inmanentes del capitalismo hacia la crisis es el método dialéctico. Desde la dialéctica Marx ubica el foco de su mirada en el nudo de las contradicciones antagónicas que anidan en el corazón del modo de producción capitalista. Contradicciones que sólo podrán superarse si existe un sujeto político que combata la mercantilización de la vida y acabe con el capital mediante la organización y la estrategia de su praxis revolucionaria. Sin ese sujeto las contradicciones pueden prolongar y agudizar la barbarie hasta el infinito, hasta explotar, pero nunca habrá superación del capitalismo. A años luz de distancia del antiguo determinismo economicista que depositaba todas sus esperanzas en el “derrumbe” automático del capitalismo sin intervención subjetiva, este libro intenta y se esfuerza por rastrear en el seno del marxismo la dimensión del sujeto. Como nos enseñó Lenin, la mera crisis económica, de carácter objetivo, no genera revoluciones si no hay intervención subjetiva, la gran tarea pendiente de los revolucionarios y revolucionarias de América latina.

En ese sentido, una de las principales conclusiones de esta investigación sostiene que el neoliberalismo y el reinado absoluto de las “leyes del mercado” nunca hubieran podido imponerse de manera “natural” sin los golpes de estado, la tortura, los secuestros, las desapariciones, los campos de concentración  y toda la política de guerra contrainsurgente que el imperialismo implementó a escala internacional a inicios de los años ’70.

Ya no alcanza con denunciar el neoliberalismo. Tampoco con declarar, de manera autocomplaciente y pomposa, que “otro mundo es posible” al estilo de los foros sociales o las editoriales domingueras de las grandes firmas “lúcidas y bienpensantes”. Hay que dar un pasito más. Romper con el límite estrecho del progresismo y definirse. Cuando uno se define por algo, niega al mismo tiempo otras variantes. Toda definición implica determinación y al mismo tiempo negación (algo que desde Spinoza a Hegel es bien conocido). Definirse implica polemizar. Dicho en otras palabras. Hace falta tomar partido. Romper con la comodidad de lo vago e indeterminado. No podemos ser «amigos de todo el mundo». El falso y engañoso “prestigio” de la intelectualidad progresista que habla y escribe sobre lo humano y lo divino, y queda bien con todo el mundo, pero elude con elegancia y rechaza sistemáticamente pronunciarse sobre la insurgencia y la lucha armada en América Latina hoy apesta. Sencillamente apesta. ¡Qué tremenda y gigantesca hipocresía denunciar el neoliberalismo y la violencia en abstracto pero mirar para el costado cuando la CIA y la inteligencia colombiana, a través de los monopolios de la (in)comunicación, luego de violar sistemáticamente los derechos humanos en Colombia a un nivel que haría sonrojar a los carniceros Pinochet y Videla, acusan a la insurgencia de las FARC-EP de ser “narcos” y “terroristas”! Esa indiferencia meditada y planificada de cierta intelectualidad autopostulada como “progresista” es incompatible con la ética que nos enseña el marxismo, con su teoría crítica y con su filosofía de la praxis.

Hoy la gran tarea de la juventud es incorporarse con cuerpo y alma a la lucha. Dejar de lado los falsos profetas de la resignación y la impotencia, el consumismo y la mediocre y petulante banalidad del american way of life. Hacer oídos sordos a los tramposos predicadores de la socialdemocracia, el reformismo, el pragmátismo y el “realismo”, que viven traficando con las esperanzas populares, haciendo politiquería barata y roñosa, comprando antiguos rebeldes y cooptando a los disidentes más radicales (como sucede hoy en Argentina). ¡Hay que echarlos del templo! Y echarlos con todos los medios posibles. América latina vive un nuevo tiempo. Es mentira que “no hay condiciones” —caballito de batalla de los años ’80 y ’90, esgrimido hasta el hastío por los timoratos y miedosos—. Hoy sí hay condiciones sociales, económicas y políticas para acelerar la marcha. El imperialismo está en crisis aguda, el neoliberalismo ya no goza de consenso, en política las ideas progresistas cada vez ganan más terreno, incluso en las elecciones (un terreno habitualmente dominado por nuestros enemigos y reacio a los cambios sociales). En ese contexto continental tan distinto de los años ’90 donde se renuevan condiciones para la lucha y la confrontación, la juventud revolucionaria de América latina tiene un papel fundamental que asumir en el trayecto, empujando a los indecisos, dando aliento a los temerosos, convenciendo a los incrédulos y escépticos, arrastrando a los remisos y vacilantes, denunciando a los que se dejan comprar y cooptar. El gran ideal de la revolución socialista mundial, el comunismo, la causa más noble que haya conocido la humanidad, tiene que ser un motor fundamental. ¿Las fuerzas productivas hacen andar la rueda de la historia? Pues no hay fuerza productiva más imponente que las fuerzas morales, aquello que el Che Guevara sintetizó de modo magistral como “los ideales más nobles de todos los comunistas del mundo”. Hoy Venezuela se encuentra en el ojo del huracán y puede ayudar muchísimo a que otros países también se liberen de la cadena imperialista y encaren la transición al socialismo a escala continental, única manera de alcanzar nuestra definitiva independencia por la que luchara el Libertador Simón Bolívar (y nuestro San Martín) como tantas veces ha explicado el presidente Chávez.

Se torna imprescindible recuperar el tiempo perdido, superando esa tremenda confusión ideológica y ese bochornoso desarme político que predominó en los años ’90. El pensamiento formidable de nuestro abuelo Karl Marx nos puede ayudar y mucho. Este libro, nacido en aquellos años tristes y mediocres, tiene por objetivo participar en esa batalla que, repetimos e insistimos, no puede ser solamente cultural. Ojalá sirva como granito de arena para conquistar corazones y voluntades para nuestra causa, la Revolución Socialista, en Venezuela Bolivariana y también en el resto de América Latina.

La guerra de liberación continental por nuestra segunda y definitiva independencia no  sólo no ha terminado, recién comienza. Nuestros muertos no han muerto. No se trata de qué lado se vive mejor sino de qué lado está el deber. Que cada uno cumpla con su conciencia.

Buenos Aires, abril de 2009