Mi familia y yo vivíamos en el corazón del exilio chileno, al este de La Habana. Exactamente en el departamento N° 11, tercer piso del edificio D-2, Zona 7 de Alamar. Eran dos bloques de departamentos de cinco pisos cada uno que fueron entregados completamente equipados a familias chilenas -entre ellas varias mujeres solas con sus hijos-. A la vuelta de la esquina estaban los uruguayos y más allá los argentinos y bolivianos… Los edificios de Alamar -que empezaba a ser una ciudad satélite de La Habana- los construyeron brigadas de trabajo voluntario de cubanos que carecían de viviendas. Sin embargo, fueron ellos los que resolvieron en asambleas entregar varios edificios a los exiliados que buscábamos refugio en Cuba. El nuestro fue inaugurado por Laura Allende, la hermana del presidente heroico, que tiempo después se quitaría la vida, enferma de cáncer y desesperada por la prohibición de la dictadura que le impedía ir a morir en Chile.
Alamar fue nuestro pequeño mundo mientras permanecimos en la isla. Ayudados por los vecinos cubanos, en su mayoría obreros, recuperamos la confianza en nosotros mismos. Su amistad y aliento nos hizo reencontrar la esperanza. Su alegría nos permitió salir de la amargura de la derrota. Los cubanos nos enseñaron el valor de las cosas sencillas. Nos regocijábamos con ellos por cada nueva victoria sobre el bloqueo norteamericano. Compartimos su vida de cada día, hicimos guardia en el CDR, trabajo voluntario limpiando escombros y basuras, cuidando jardines, preocupándonos por ahorrar agua y electricidad. Recolectamos potes de vidrio de uso infinito. Mantuvimos limpias las escaleras del edificio, hicimos cola en la bodega y nos encargamos de las compras de los más ancianos. Acompañamos a nuestros enfermos en el hospital y nos turnamos para llevar a los niños a la beca.
La sociedad cubana nos reeducó, aprendimos a compartir.
En la escuela “Solidaridad con Chile”, en Miramar, estaban becados los niños de nuestra comunidad. Muchos eran hijos de chilenos asesinados, o que estaban en las cárceles de la dictadura o que luchaban en la clandestinidad. Los niños permanecían en la beca de lunes a viernes, recibían alimentación, ropa, útiles escolares y atención médica, como cualquier hijo de cubano. Los chilenitos también fueron “pioneros por el comunismo” y juraron ser como el Che. Solemnes y erguidos, junto con sus compañeros cubanos formaban cada mañana luciendo las pañoletas rojas que acreditaban su condición de pioneros de la revolución.
Nunca como en Cuba he visto niños más hermosos, tan bien plantados y fuertes. Caritas limpias llenas de sol, extrovertidos y con una alegría que parece no consumirse nunca. Se adivina en ellos a los futuros maestros, soldados y obreros de una patria libre.
Los muchachos mayores, entre ellos mis hijos, fueron a la universidad y al trabajo en el campo, a la cosecha del tabaco, los cítricos y el café. Se convirtieron en médicos, ingenieros, economistas y científicos. Aunque regresaron a Chile hace años algunos no han perdido el acento cubano ni las costumbres y gustos que aprendieron en la isla. Es divertido hoy oírlos cuando se reúnen y gozan recordando esa etapa de sus vidas.
Cada mañana en la guagua 215 -el autobús Alamar-La Habana- nos encontrábamos con vecinos del exilio, cada uno a lo suyo. Mario Benedetti a Casa de las Américas, yo a tareas de apoyo a la resistencia o camino a alguna reunión en el comité chileno que funcionaba en el Vedado. A veces intercambiábamos un guiño de complicidad con jóvenes chilenos que vestían el uniforme verde olivo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Eran los futuros combatientes internacionalistas en Nicaragua y El Salvador. Muchos alcanzaron también su objetivo de retornar clandestinamente a Chile para combatir por la libertad de su patria. Eran jóvenes por cuyas venas corría sangre de héroes, sencillos y claros como los del Moncada. Algunos cayeron combatiendo o asesinados en la tortura, leales a la formación revolucionaria que recibieron en la isla. Entre ellos Mario Amigo Carrillo, un joven proletario de Coronel, un pueblo de mineros en el sur de Chile. Mario, convertido por la clandestinidad en obrero de una empresa forestal, murió en Los Angeles destrozado por un bomba. Fue el padre de dos de mis nietos.
Cuba nos dio todo lo que pedíamos para luchar contra la tiranía. Ayudó por igual a los que creíamos legítimo y necesario empuñar las armas como a los que optaron por la lucha política. Cuba jamás pretendió decirnos lo que teníamos que hacer. Su ayuda fue siempre incondicional y respetuosa de las diferencias ideológicas. Lo que hicimos, mal o bien, lo hicimos por iniciativa propia, pensando que cumplíamos nuestro deber de patriotas y de revolucionarios.
La solidaridad cubana compartió nuestro dolor y se hizo parte de nuestra esperanza.
Seríamos unos mal nacidos si no retribuyéramos hoy con nuestra propia solidaridad aquella que nos brindó Cuba.
Por eso nos sentimos parte del pueblo cubano y admiramos su valor, su espíritu revolucionario y su internacionalismo.
Queremos a Cuba y respetamos ese heroísmo que causa asombro en el mundo al desafiar a pie firme las agresiones armadas, el sabotaje y las penurias de un bloqueo inhumano condenado por casi todas las naciones del mundo, excepto el propio verdugo y un par de cómplices a sueldo.
La Revolución Cubana nos enseñó que nada importante se obtiene sin luchar, que sólo luchando se puede ser libre y que sólo hombres libres pueden sentirse hermanos.
Cuba nos mostró la dimensión humana de la acción política y con su revolución aprendimos a descubrir la grandeza en lo más humilde y pequeño.
Por eso queremos a Cuba y le declaramos nuestro amor a viva voz.
Nos preguntamos qué pasará con la Revolución Cubana en los próximos cincuenta años. No somos pitonisos pero hay hechos que permiten aproximarse al futuro. Cuba ya no está sola en América Latina. Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Paraguay, Argentina y Brasil se abren camino al Socialismo o a sistemas de mayor justicia social. La humanidad no tiene otra variable de supervivencia que no sea el Socialismo.
En medio siglo más Cuba será la más antigua y respetada de las repúblicas socialistas de América Latina y el Caribe.
Entonces se habrá cumplido el sueño liberador de Fidel.