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Los últimos soldados de la guerra fría, libro de Fernando Morais, editado por la Compañía de las Letras (2011), habría suscitado la envidia de Iam Fleming, autor de El agente 007, si no hubiera muerto en 1964, sobre todo al comprobar que, una vez más, la realidad supera a la ficción.

Supongamos que en la esquina de su calle haya un bar donde se reúnen sospechosos de asaltar las casas del barrio. Como medida preventiva, usted intenta infiltrar un detective entre ellos, a fin de proteger a su familia. La policía, en connivencia con los maleantes, identifica al detective. Y en lugar de apresar a los maleantes, encarcela al infiltrado.

Eso fue lo que sucedió con los cinco cubanos que, monitoreados por los servicios de inteligencia de Cuba, se infiltraron en los grupos anticastristas de la Florida, responsables de 681 atentados terroristas contra Cuba, que causaron 3.478 personas asesinadas, además de daños irreparables a otras 2.099. Desde septiembre de 1998 se encuentran presos en EE.UU. los cubanos Antonio Guerrero, Fernando González, Gerardo Hernández, Ramón Labañino y el quinto, René González, condenado a quince años, obtuvo la libertad condicional el día 7 de octubre pasado, pero por tener doble nacionalidad (norteamericana y cubana) no puede abandonar el país.

Los otros cumplen penas pesadas: Hernández recibió condena de doble cadena perpetua y quince años de reclusión… Necesitaría tres vidas para cumplir tan absurda sentencia. Labañino está condenado a cadena perpetua, más otros 18 años. Guerrero a cadena perpetua, más 10 años. Y Fernando, a 19 años.

Los cinco constituían la Red Vespa, que proporcionaba a La Habana informes sobre los terroristas que, por avión o disfrazados de turistas, planificaban atentados contra Cuba, contrabandeaban armas y detonaron explosivos en hoteles de La Habana, causando heridos y muertos. Bush y Obama debieran agradecer al gobierno cubano por identificar a los terroristas que, impunes, usan el territorio estadounidense para atacar la isla socialista del Caribe. Pero sucede exactamente lo contrario, como revela el libro bien documentado de Fernando Morais. El FBI capturó a los agentes cubanos y continúa haciendo la vista gorda sobre los terroristas que promueven incursiones aéreas clandestinas sobre Cuba y entrenamientos armados en los alrededores de Miami.

En 15 capítulos, el libro de Morais relata cómo la seguridad cubana prepara a sus agentes; la saga del mercenario salvadoreño que, a sueldo de Miami, puso cinco bombas en hoteles y restaurantes de La Habana; el papel de Gabriel García Márquez, cual paloma mensajera, en el intercambio de correspondencia entre Fidel y Bill Clinton; la visita sigilosa de agentes del FBI a La Habana, y el volumen de pruebas contra la “Pequeña Habana” de Miami que le fueron ofrecidas por orden de Fidel.

Los últimos soldados de la guerra fría es fruto de exhaustivas investigaciones y entrevistas realizadas por el autor en Cuba, EE.UU. y Brasil. Escrito en un estilo ágil, desprovisto de adjetivaciones y consideraciones ideológicas, el libro comprueba por qué Cuba resiste desde hace más de 50 años como único país socialista de Occidente; la revolución y sus conquistas sociales inyectan en el pueblo un sentido de soberanía que lo induce a preservarlas como gesto de amor. En un país capitalista, a quien, gracias a la lotería biológica, nació en una familia y una clase social inmunes a la miseria y a la pobreza, le es difícil entender por qué los cubanos no se rebelan contra las autoridades que los gobiernan. Pero cuando se vive en un país bloqueado desde hace medio siglo por la mayor potencia militar, económica e ideológica de la historia, de la cual distan apenas 140 kms, es motivo de orgullo resistir por tanto tiempo e incluso merecer elogios del Papa Juan Pablo II en su visita del año 1998.

En más de 100 países hay médicos y maestros cubanos en servicios solidarios en lugares remotos. El número de desertores es ínfimo, considerada la cantidad de profesionales que, terminado el plazo de su trabajo, regresan a Cuba. Y la revolución, como sucede ahora con el gobierno de Raúl Castro, se ha actualizado para no perecer.

Tal vez este cartel caminero en las proximidades del aeropuerto José Martí de La Habana, y citado con frecuencia por Fernando Morais, ayude a entender la conciencia cívica de un pueblo que luchó para dejar de ser colonia, primero de España y luego de Estados Unidos: “Esta noche 200 millones de niños dormirán en las calles del mundo. Ninguno de ellos es cubano”.

 (Traducción de J.L.Burguet)
Publicado en “Punto Final”, edición Nº 748, 9 de diciembre, 2011
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