
Reunión de la OEA
Pablo Neruda, 1960
Si Ud. conoce o no la diplomacia
es asunto que no interesa a nadie,
pero esta ciencia tiene sus recodos
sus selvas congeladas o infernales
y hoy debo abrir los ojos de los justos
para enseñar lo que ya todos saben
y mostrar hasta donde, reuniéndose,
pueden nuestras naciones disgregarse
y no ser sino sólo el mobiliario
para que el Tío Sam pueda sentarse.
Nuestros embajadores reunidos
le forman un cojín de seda suave
y para aquel trasero sacrosanto
la Argentina designa sus lanares,
Ecuador sus mejores guacamayos,
el Perú sus guanacos ancestrales,
Santo Domingo envía a sus sobrinos,
a sus cuñados y a otros animales.
Chile es original como ninguno
y designa para representante
una botella de vino sin vino
o un tintero sin tinta y con vinagre.
Y así preparan estos caballeros
sus largas reuniones inefables,
se equilibran el uno sobre el otro
con acrobacias muy interesantes
pelean para ser primer asiento:
”Por lo menos, a mí deben pisarme”
reclama el delegado de Colombia
escribiendo un soneto y persignándose
mientras el delegado Paraguayo
con el del Salvador, sin arañarse,
quieren ser los asientos exclusivos
y así lo expresan con motivos tales
que se conmueve todo el mundo, pero
justo en ese minuto del certamen
llega su Jefe Norteamericano:
sobre todos se sienta sin fijarse
quien correspondió la precedencia,
y sucede un silencio extravagante.
Dicta el acuerdo el Jefe apresurado,
vuelve a sus oficinas importantes,
se incorporan nuestros embajadores,
se estiran las chaquetas elegantes
y así se terminó esta reunión.
Señores, la OEA tiene defectos
pero es deliciosamente unánime.