(Escrito por Pablo Neruda para el sexagésimo aniversario de Miguel Otero Silva el 26 de octubre de 1968).
Érase una vez un hombre que no se encerró en sí mismo sino que se desgranó como las uvas o el trigo.
Era difícil pasar por su lado sin leerlo: en su conducta tenía más palabras que los libros.
Se le veía en los ojos la conciencia luminosa, con una iluminación que sólo tienen los niños y más de una vez cambiamos de juguetes en la calle porque hasta su corazón lo llevaba en el bolsillo para no perder el tiempo si alguien lo necesitaba.
Así transplantó la dicha entre todos sus amigos. Sesenta años se pasó en este extraño negocio de gastar y no gastarse, de querer y ser querido. Cuando se lea esta prosa alguien, tal vez, creerá que estoy haciendo el retrato de algún caballero antiguo.
Y es verdad: joven poeta, antiguo y tierno guerrero es el que yo describí: se llama Miguel Otero.