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“…!NO SEA QUE DESPUÉS TENGAMOS QUE LLORAR LO QUE NO HAYAMOS SABIDO DEFENDER HOY!”

 

En 1959 ante la amenaza del fraccionamiento de la clase obrera propiciado por la reacción, los medios de difusión contra revolucionarios cubanos y algunos trabajadores confundidos, Fidel llama a su dirigencia a asumir su papel histórico, de baluarte y custodio del Socialismo. Acude a una asamblea a la que muchos le recomendaron no asistir, ya que podía correr riesgo.

Debate Socialista toma fragmentos de este discurso como ejemplo de las responsabilidades que siempre debe tener la clase obrera revolucionaria.

Fragmentos del discurso pronunciado por el Comandante Fidel Castro Ruz, Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, en la clausura del X congreso de la Central de Trabajadores Cubanos (CTC), celebrada en el teatro de la CTC , el 21 de noviembre de 1959.

Señores Delegados:

Yo estaba invitado esta noche a la clausura del congreso obrero. Cuando se aproximaba la hora en la cual teníamos que asistir a este acto de clausura, noticias un poco desalentadoras llegaron a nosotros, de que las tareas estaban retrasadas, de que una atmósfera de tensión reinaba en el congreso. Me dijeron más todavía, me dijeron que no debía venir al congreso; que yo no podía correr riesgo. Se referían a riesgos de tipo moral, se referían al riesgo de una asamblea convulsionada, al riesgo de este espectáculo vergonzoso que están dando ustedes aquí esta noche.

Porque se decía que había grupos frente a grupos, que había gritos, que en ocasiones había incluso insultos, contra ministros del Gobierno Revolucionario, y no faltó hasta la insinuación de que se habían dado gritos contra el Primer Ministro.

Compañeros, les dije: A mí no me importan las jerarquías, a mí no me importan los cargos, a mí no me importa mi situación personal. ¡A mí me importa sólo la Revolución ! Cualquier revés personal no me importa. ¿Por qué me ha de importar mi persona, si no puedo ser siquiera útil para ayudar a la Revolución ? Y estoy muy consciente de que aquí no estoy más que desempeñando una función que desempeñaré mientras lo quieran los cubanos y de algo le pueda ser útil a nuestra patria.

Era difícil aceptar siquiera la idea de que fuese una situación dura asistir a un congreso de trabajadores, porque, en definitiva, no me comprenderá un pillo, pero un trabajador verdadero , un hombre que viva del sudor de su frente, que haya sentido la pena de la miseria y de la pobreza en la carne de sus hijos, ese nos comprenderá siempre, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia que le hablemos.

El cubano que está hablando aquí es el mismo hombre, exactamente igual, sin haber cambiado absolutamente nada en sus convicciones, en sus principios morales y revolucionarios , es el mismo cubano del juicio del Moncada y de “La historia me absolverá”. Esa ha sido la única fuerza moral que nos ha alentado siempre y que nos ha estimulado siempre en cada uno de los momentos buenos y malos, fáciles y difíciles de todo este proceso, porque esa convicción íntima, esa sensación íntima de estar cumpliendo con un gran deber, de estar cumpliendo con un gran ideal, es la que no nos ha abandonado en ningún instante.

Por eso vine. Y si venir aquí había de ser para perjuicio de la Revolución sería porque esta Revolución estaría muy mal, porque este pueblo estaría muy mal, porque esta clase obrera estaría muy mal. Sencillamente habría que sacar la conclusión de que no somos capaces, ni tenemos empuje suficiente, ni tenemos traje suficiente —el pueblo de Cuba— para hacer esta Revolución. Si ello iba a ser así, mejor que fuese cuanto antes. Mejor. Porque si no somos capaces, si no somos idóneos, si no somos un pueblo con virtudes suficientes para realizar una empresa semejante, cuanto antes se supiera, mejor, porque habría llegado la hora de ir pensando que los tiempos aquellos del pasado, tan trágicos y desesperados, no tardarían mucho en regresar.

Es necesario saber que una revolución no es un juego de mesa, que una revolución no es una fiesta, que una revolución no es una obra teatral. Es preciso saber, recordar y conocer que una revolución es un proceso muy serio y muy trascendental en la vida de los pueblos; que no se pueden cometer grandes errores, no se puede ni pestañear, porque los que pestañean pierden. Para mí, para los que hemos tenido que meditar sobre las historias de las revoluciones, un proceso revolucionario está muy por encima de las pasiones personales, y está por encima de las cosas mezquinas que muchas veces constituyen el ingrediente de la vida diaria.

No puedo sino sentir verdadera tristeza cuando veo que se está invalidando a la clase obrera para poder defenderse y defender a la Revolución. Entonces pienso que hay algo que hemos olvidado, y no hago más que razonar. Y si hay un sabio, si hay un genio por estos mundos, si hay entre nosotros ese rey Salomón a quien le llevaron dos madres que se discutían una criatura. Y puesto el sabio rey en situación de tener que resolver aquel problema, propuso una solución que ustedes saben: Vamos a dividir en dos partes la criatura, y que cada una se lleve una parte. La madre verdadera no aceptó aquella solución; la madre falsa la aceptó. La verdadera dijo: no, no lo dividan. Que se lo lleve entero. Prefiero perderlo antes que lo asesinen.

y aquí, ante el espectáculo de una asamblea dividida en grupos que gritan unos de un lado y otros del otro; ante la idea de que la Revolución en sus momentos duros no pueda contar con uno de esos baluartes; y que esperan a los trabajadores largos años de guerra sin cuartel, de pugnas interminables, de competencias estériles en cada sindicato ; ante esa realidad, aquí cabría decir lo mismo: preferible es que se lo lleve otro, pero que se lleven entera a la clase trabajadora antes que repartir en pedazos la clase trabajadora.

Y es absurdo pensar que un ejército esté constituido por facciones. ¡No cabe! Claro que había que agruparse aunque ¡No hablé de pactos!

Y creo que es un derecho nuestro, ¡un derecho!, el derecho a aspirar a contar con hombres que no puedan ser traidores, a contar con hombres que estén claros, a contar con hombres que no se presten a hacerle el juego a la reacción.

Hay que sacudir no solo la mata, sino hasta las raíces de la mata. Y si por plantear esa sacudida, compañeros, tuviese el Gobierno Revolucionario que crearse incluso una situación de minorías, tengan la seguridad, compañeros, de que no nos daría ni frío ni calor. Porque, en definitiva, compañeros, estamos en la lucha frente a la contrarrevolución, y frente a la contrarrevolución vamos a luchar, aunque sean muchos los de la contrarrevolución o sean pocos, y aunque nosotros seamos muchos o seamos pocos, compañeros. Además, compañeros, porque sabemos lo que es luchar cuando somos pocos, porque están frescos todavía aquellos tiempos en que éramos pocos, ¡pero buenos!

Es decir que ustedes los trabajadores tienen en sus manos el problema. Lo difícil es que todos, absolutamente todos, estén a la altura de la responsabilidad que la hora reclama ; que todos, absolutamente todos, estén en disposición de condenar el primer grito histérico que surja de cualquier esquina; y que todos, absolutamente todos, sean capaces de pensar con sentido de responsabilidad, sin que las rencillas, los rencores, los problemas—vengan de donde vengan—, puedan en esta hora más que la responsabilidad que debe existir en cada uno de ustedes, que por algo han venido aquí en representación de los obreros, ¡y tendrán que darles cuenta a los obreros!

La experiencia histórica y la responsabilidad que tenemos todos nosotros —que no es pequeña— de ganar esta batalla por la Revolución , es decir, de ganarle la batalla a la reacción, de llevar adelante esta empresa libertadora de la patria, reivindicadora de nuestro pueblo y finalizadora de todas las injusticias —porque, como dijo Maceo, la revolución tenía que estar en marcha mientras hubiera una injusticia por reparar—, ahora que tanto se aproxima nuestro pueblo a esa posibilidad, la responsabilidad de todos nosotros es muy grande, no sea que después tengamos que llorar lo que no hayamos sabido defender hoy como verdaderos revolucionarios; no sea que mañana tengamos que lamentarnos de nuestras debilida des de hoy.